Despreciados y desechadosi.

Itinerario de la canutofobia en Chile en la primera mitad del siglo XX


The Despised And Cast Off

Itinerary of the canutophobia in Chile in the first half of the 20th century


Resumen


Este artículo analiza testimonios y relatos publicados en las Revistas Fuego de Pentecostés (RFP) sobre la discriminación e intolerancia religiosa que vivieron los pentecostales chilenos en la primera mitad del siglo XX. Se describen las formas y los espacios en que se materializaron dichas actitudes y prejuicios explicitadas en distintas metáforas ignominiosas como canutos y locos, sufridos principalmente en los templos pentecostales, predicaciones callejeras y el trabajo.


Palabras claves: revista, pentecostalismo, canutos, locura, templos, trabajo, calles y canutofobia.



Abstract


This article analyses testimonies and accounts, which have been published in the magazine called ‘Fuego de Pentecostés (RFP),’ about the discrimination and religious intolerance suffered by Chilean Pentecostals during the first half of the twentieth century. The different manifestations of prejudice and disgraceful attitudes that took shape in metaphors are described here; such as being called ‘canuto’ (a religious fanatic) or madmen in their Pentecostal sanctuaries, when preaching in the streets and at their places of work.


Key words: magazine, Pentecostalism, canutos, madness, sanctuaries, work, streets and canutophobia. (Hate towards enthusiastic Protestants.)



Introducción


Es sabido que el pentecostalismo nace en Chile en 1909, sin embargo los estudios sociológicos comienzan a finales de la década del sesenta (Lalive 1968). Por lo cual antes de esa fecha dichos estudios son inexistentes o de muy reciente data (Donoso 1996; Orellana 2006). Es la época menos documentada del pentecostalismo producto de ser considerado irrelevante como movimiento popular religioso, protesta política o propuesta social. Aunque encontramos algunas excepciones en la literatura chilena que ha incorporado el movimiento pentecostal como parte de la diversidad popular (Guzmán 1942; Rivera 1996).

Sin embargo es posible hacer una reconstrucción histórica y sociocultural del pentecostalismo chileno, recurriendo a los testimonios impresos en las revistas institucionales que comienzan a editarse en 1910 y 1928 respectivamente. Estas revistas dejan huellas indelebles sobre la concepción que la sociedad chilena tenia sobre los pentecostales desde sus comienzos. Fue un movimiento religioso popular que estuvo marcado por la estigmatización, o más específicamente, por la muerte social que se manifestaba en el trabajo, la educación, la calle y el barrio; y las armas discriminativa más utilizadas fueron el humor, el ostracismo familiar y la violencia física. Por el lado del pentecostalismo los espacios de lucha y de cruzada moral fueron los bares y las tabernas; mientras que las calles, los cites y los conventillos fueron los espacios en donde se ubicaron los templos y lugares de cultos que resultaron tan irreverentes para la naciente clase media.

Las distintas investigaciones que se han hecho sobre el pentecostalismo chileno, no han considerado como fuente de información y de análisis las revistas de publicación institucional, con excepción de algunos autores como Guerrero (2000), aunque sólo en un tiempo reducido y vinculado a la salud.

El objetivo de este artículo es analizar los distintos relatos aparecido en la Revista Fuego de Pentecostés (RFP), entre los años 1928 y 1950, que estén relacionados con la discriminación e intolerancia religiosa. Es decir seleccionar los testimonios y relatos en los cuales encontramos violencia verbal, física, material o expulsión. Dadas las características similares del pentecostalismo, tanto criollo como misionero, en la primera mitad del siglo XX se puede generalizar estas condiciones a los pentecostales en general.


Revistas Fuego de Pentecostés


El 11 de septiembre de 1909, en Concepción salió a luz el primer número de una revista titulada Chile Evangélico, naciendo como órgano de la Iglesia Presbiteriana de Concepción. Esta revista se hizo cargo de difundir las noticias del avivamiento de 1909, dando cabida a la correspondencia enviada por los mismos pentecostales. Incluía testimonios laicos, que no eran aceptados por la Revista El Cristiano, órgano oficial de la Iglesia Metodista Episcopal. El 24 de Noviembre de 1910, la revista es traspasada al movimiento pentecostal y pasa a llamarse El Chile Pentecostal, y se publica en Concepción hasta el año 1915, para luego ser editada en Valparaíso, bajo la directa supervisión y redacción del Superintendente General, Revdo. W.C. Hoover.

Esta revista fue muy importante para el movimiento pentecostal y de alto consumo. Hasta el año 1927 las revistas eran de tres mil números al mes, que llegaban a Perú, Bolivia y Argentina, en donde dicho movimiento se había extendido. Pero pronto, la Revista por su nombre chileno, comenzó a ser criticada, sobre todo en Bolivia y Perú. Se acepta el cambio de nombre, y a partir de enero de 1928, pasa a llamarse Fuego de Pentecostés. Es una revista excepcional en América Latina, por su continuidad, mes a mes, logrando sortear todas las dificultades económicas, que el mismo movimiento pentecostal tuvo.

El Pastor Hoover, quien en su calidad de Superintendente, paulatinamente le impuso una línea editorial orientada a perfilar la identidad institucional del movimiento. Era de ocho páginas, de circulación mensual y sus tres mil ejemplares se distribuían en más de 150 comunidades pentecostales. En ella Hoover incorporó diversas secciones tales como artículos doctrinales, testimonios, noticias de las Iglesias locales, notas de las Conferencias Anuales y el listado con las direcciones de los lugares de reunión. Esta última sección, constituía un verdadero mapa que permitía al fiel ubicar con facilidad una comunidad pentecostal en cualquier ciudad o pueblo del país. Hoy, gracias a esta sección se puede constatar la presencia pentecostal en la sociedad chilena. Además, incluía artículos seleccionados de revistas y publicaciones del pentecostalismo norteamericano. Estos escritos preferentemente fueron tomados de las siguientes publicaciones: “Revista Homilética”, “El Mensajero Bíblico”, “La Luz Apostólica”, “Sunday School Times”, “Word and Work”, “Pentecostal Evangel”, “Moody Monthly”, “North Westerm Advocate”, “The Witneess of God”, “S. S.Times” y “Letter Rain Evangel” . También, y como una forma de afianzar la identidad eclesiástica de las comunidades esparcidas por el país, entre 1926 y 1930 incluyó una sección especial donde él mismo narraba el origen e historia de los inicios del movimiento en Chile (Orellana 2006: 136).

La revista Fuego de Pentecostés y La Voz Pentecostalii pueden ser consideradas como parte de la memoria y el patrimonio pentecostal chileno. Son fuentes únicas para encontrar testimonios y relatos pentecostales de antaño y llenar el vacío histórico que hoy existe sobre el pentecostalismo chileno.


El pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX


Entre los años 1909 y 1950, el pentecostalismo chileno pasó por dos etapas. Según Donoso (1996) serían dos etapas que cumplieron dos funciones: Entre 1909 y 1925, el pentecostalismo desempeñó la función de asegurar su supervivencia institucional. Ello fue facilitado por el desarrollo de fuertes patrones de comunitarización capaces de enfrentar la intolerancia del entorno, fundamentalmente protagonizada por la Iglesia Católica y las iglesias protestantes "históricas" ya asentadas en el país. Entre 1925-1950, la función del crecimiento se explayó en torno a la factibilización de su consolidación institucional. En gran medida, ello se vio facilitado gracias a la herencia misionera proveniente de la Iglesia Metodista, a partir de la cual llegó a extender su presencia a todas las provincias del país. No obstante, no toda la herencia metodista fue reproducida en el seno de esta nueva iglesia: así por ejemplo, la exigencia de una preparación seminarial para asumir dosis de poder intraeclesial. Ello constituía una barrera para la puesta en práctica de una competitividad interna por el poder respecto de individuos provenientes de sectores rurales y urbano-marginales con un bajo nivel de escolaridad, quienes constituían -y constituyen- la mayoría de su membresía. Es así como en 1932 la Iglesia Metodista Pentecostal habrá de experimentar el mayor cisma de su historia, a partir del cual habrá de surgir su indeseada hija, la Iglesia Evangélica Pentecostal. Esta división cismática incrementó no sólo la competitividad intereclesial por el crecimiento estadístico dentro del campo religioso chileno, sino también la competitividad intraeclesial por la consecución de dosis de poder en su seno, abriendo con ello el riesgo latente de nuevos cismas

En cuanto a la formación de las Iglesias locales, el movimiento pudo llegar a los principales centros urbanos del país, y dar vida a pequeñas comunidades de creyentes. Su estrategia misionera por establecer la obra pentecostal dio lugar a las primeras normas no escritas, que vinieron a facilitar, orientar y estimular la acción, tanto de los nuevos como de los antiguos convertidos, rutina que inconscientemente vino a objetivizar el carisma de los laicos y pastores. A esto contribuyó las limitaciones de tipo material, el carácter de las acciones que se debían organizar y que requerían una participación disciplinada y bien organizada de sus fieles. De tal manera, el movimiento hacia 1932 terminó por definir la estructura interna de la Iglesia local. Por excelencia, este espacio se constituyó en la matriz del movimiento por su capacidad de movilizar grupos altamente motivados y obedientes, y por sobre todo, dar vida a un modelo de Iglesia popular participativa y creadora (Orellana 2006:151).

La primera mitad del siglo XX, el pentecostalismo chileno estuvo marcado un profundo periodo de estigmatización.

El estigma como un atributo “significativamente descalificativo” que posee una persona con una “diferencia no deseada”. El estigma es un medio poderoso de control social aplicado mediante la marginación, la exclusión y el ejercicio de poder sobre personas que presentan características determinadas. Es una reacción común ante una posible amenaza cuando escapar de esa amenaza, o eliminarla, es imposible. Existen tres tipos de estigmas: las deformaciones físicas; los defectos del carácter que se perciben como falta de voluntad, pasiones antinaturales, deshonestidad, etc.; y estigmas tribales de raza, nación, religión, susceptibles de ser transmitidos por herencia y contaminar a los miembros de una familia. De este modo, la etiqueta del estigma, entendido como un atributo negativo, se les coloca a las personas porque, en este caso pertenecen a un grupo social determinado, quienes a su vez y en virtud de su diferencia son valorados negativamente por la sociedad (Goffman 1998).

La noción de estigma como "atributo desacreditador" nos lleva a ocuparnos de él como si se tratara de un valor cultural, incluso individual, un rasgo o una característica relativamente estática, ya que hagan lo que hagan seguirá siendo lo mismo. Es un "disgusto ante lo distinto" que se concentró en patrones de dominio y opresión, vistos como expresiones de una lucha por el poder y el privilegio cultural y político. El estigma juega un papel esencial en la producción y reproducción de relaciones de poder y de control en todos los sistemas sociales. Hace que unos grupos sean devaluados y otros se sientan de algún modo superiores. Se vincula así al funcionamiento de la desigualdad social. Así la estigmatización se transforma en un poder que persiste y se reproducen por generaciones las significaciones y prácticas culturales que lo representan y lo diferencian y a los grupos que los favorece le interesa y se ocupan en promover estas distinciones sociales entre individuos, grupos e instituciones. El poder se sitúa entonces en el centro de la vida social, y a ello se acostumbra, pero se despliega con mayor claridad para legitimar las desigualdades de estatus dentro de la estructura social. La estigmatización juega un papel capital en la transformación de la diferencia en desigualdad. Algo más, aún más importante: la estigmatización no se da simplemente de una manera abstracta; sino que se transmite en el lenguaje, conceptualizado que se traslinea en las “metáforas ignominiosas” (Bonfil 2003).


1. Una de las formas de materializar el estigma hacia los pentecostales chilenos, fueron las metáforas ignominiosas utilizadas: canuto y locos


1.1. Los canutos.


La palabra “canuto” se vincula estrechamente a la figura de Juan Canut de Bon, un hombre de ascendencia española y que fue hermano lego en la Compañía de Jesús. Canut de Bon, se hizo presbiteriano, luego regresó brevemente al catolicismo y finalmente se incorporó a la Iglesia Metodista. Se le conoce como médico naturista. Recorre Chile predicando desde Copiapó, luego en la Serena (1890), es por un tiempo pastor y continuá hasta Concepción predicando por las esquinas de las calles. Sus sermones fuertemente emotivos entusiasman y le abren el mundo popular al protestantismo chileno. Los templos son desbordados por los conversos. Se producen los primeros choques violentos que representan la respuesta de la intolerancia. Su espíritu misionero es el antecedente de la predicación callejera y de las procesiones que caracterizarán posteriormente el estilo de los “canutos”, término habitualmente empleado en Chile para designar a los evangélicos. Sin embargo, en el siglo XX la palabra canuto se desprende de su connotación inicial, y es ligada a una “rama hueca” e incluso algunos los ligan a los fideos llamados, también, “canutos”

Esta palabra se transforma en una metáfora ignominiosa, para los pentecostales chilenos, será la lápida con la cual se cincela la canutofobiaiii en Chile, y posteriormente la contraseña para burlarse o violentar a un pentecostal, incluso apellidando la palabra canuto con otros apelativos. Así la palabra canuto será la sólida hebra del dogal que inexorablemente se ciñó alrededor de miles de pentecostales chilenos. Esto lo evidencian algunos relatos:


No hace mucho algunos voluntarios que volvían de Casablanca a Valparaíso (1928) a pie, tuvieron algún alivio del viaje en un camión por la bondad del chofer. Al saberlo después el dueño del camión, se enfadó mucho e hizo alguna cosa para limpiar y librar el camión de semejante contaminación. A los pocos días el dueño hizo viaje a Casablanca en su camión, el que en el camino dio vuelta y pasó sobre sus piernas, lastimándole gravemente. Fue llevado al hospital y allí gritó, “El Dios de los canutos me ha castigado. El Dios de los canutos me ha castigado llámelos para pedirles perdón”iv.


El hecho de incentivar la limpieza del camión en este contexto implica dos cosas, en que los pentecostales sean considerados estiércol. Por ello una de las palabras que más permanece en la memoria chilena cuando se molestan con algún evangélico es decirle “canuto de mierda”.


Nos pusimos a orar por una mujer loca en Valparaíso; pero sucedió algo curioso, mientras orábamos, se enfurecía y más gritaba. Pero nosotros como somos algo porfiados, más orábamos. Hacía como un mes y estaba peor y la gente principiaba a murmurar diciendo el Dios de los canutos no tienen poder y así en muchas direcciones la gente se burlaba de nosotros…v.



Aquí encontramos el humor satírico. Son apodos y expresiones mordaces que tienen como finalidad el reírse a costo del desprecio de otros. Estas no son meras palabras, sino que traen un acerbo mortuorio para las victimas. Para las personas que pertenecen a estos grupos no hay redentores que defiendan su causa, incluso la educación actuaba con una complicidad tácita. Fueron tiempos en que el “morirse de la risa” era una dura realidad para aquellas personas, porque siempre dieron la otra mejilla, en donde la escuela y el trabajo significaban espacios críptico y sepulcrales.

La existencia de la canutofobia en Chile, no es sólo testimonio autobiográfico de los pentecostales, sino también periódicos y escritores seculares lo manifiestan. Entre ello aparece la crónica de un periódico de la octava región, y es muy llamativo que un periódico en esa época dijera algo elogioso a los pentecostales, cuando la prensa que se percataba de la existencia de los pentecostales era para desacreditarlos y estigmatizarlos más.

Miramos alrededor de nosotros. Estábamos frente a una cantina. Un borracho dijo estúpidamente: compañero canuto, venga a tomar un trago porque tiene seca la garganta…Lo miramos irritados, y ellos lo miraron compasivamente y como una respuesta entonaron este himno que aun resuena en nuestros oídos: “Trabajad, trabajad, somos hijos de Dios, seguiremos la senda que el maestro trazó...” Aunque no tenemos creencias determinadas, creemos un deber decir que estos hombres con su fe están haciendo un verdadero beneficio a nuestra clase trabajadora porque la prédica anti-alcohólica que hacen es de alta conveniencia para ella. Debe respetarse a esos “canutos” -como se les llama despectivamente- porque con su fe están haciendo una verdadera obra social entre sus semejantesvi.


Entre ellos La Sangre y la Esperanza de Nicomedes Guzmán, considerada una novela emblemática de la llamada Generación del 38. Su autor mostró como nadie antes la vida de los chilenos más pobres. A través de la mirada de un niño, Enrique Quilodrán, aparecen los viejos conventillos del Barrio Mapocho (Santiago), la grandeza humana y la sordidez material de sus habitantes, la conciencia de la necesidad de transformar la sociedad y conquistar una vida digna de seres humanos en una sociedad de verdadera democracia. Entre esos paisaje de sangre y esperanza aparecen los pentecostales y que frente a una sociedad irredenta y desesperanzada, cantaban al interior de los cités y conventillos que sólo Cristo Salva, pero a sus vez al igual que en el mito de la Caverna, no todos aceptaban tal salvación y la mayoría prefería responder con violencia.

-¡Canutos, canutos malditos!- rumoreaban alguien a sus espaldas-. ¡Canutos farsantes!. Pero ellos no oían. La lógica de una lucha en que tenían puesto todo su corazón y toda su conciencia los hacía enteros. Cumplían con una función en la vida: luchaban y su lucha era inútil, eran felices. -¡No, no es posible, sacrilegios! ¡no es posible! ¿Ustedes mientes, bandidos, ustedes traicionan a Dios!. Encogido bajo los cobertores de mi lecho, oía los gritos histéricos de Rita…- Ustedes, canutos, mienten…Cristo tiene si iglesia y es la iglesia católica…¡No más, no mientan más, por favor salvajes!...- ¡No mientan, no mientan, pues no mientan!- aullaba Rita, hundiendo su ánimo en las aguas espesas de la histeria. Estaba frente al cuarto de los evangélicos. Era un hábito suyo de detenerse a vociferar contar ellos en las noches de culto. Ellos sin embargo no la atendían. – Farsantes, canutos, tienen el demonio adentro! ¡ Tienen el demonio en el corazón!- Chillaba Rita, como retorciendo las palabras…- ¡Farsantes, farsantes! ¡Locos, locos!...Los evangélicos, como si nada hubieran oído, depositaban toda su fe, como en una alcancía musical, en los versos del himno…vii.


La novela el Himno del ángel parado en una pata, de Hernán Rivera Letelier al igual que Sangre y Esperanza, está contado a partir de la mirada de un adolescente, de su dura pero exultante lucha por la supervivencia, su aprendizaje del amor, la cita en los sueños y en la vigilia con una tenaz fantasmagoría: los ángeles innumerables del selvático repertorio bíblico familiar, ya que pertenecen al mundo pentecostal. En esta novela, también el autor muestra, a través de los testimonios de los personajes, el rechazo que generaban los pentecostales en la población de las oficinas salitreras, en donde los pentecostales llegaron a comienzo de la década de 1930.


En una noche de testimonio la hermana Sixta Montoya contaba lo gran pecadora que había sido, ella, antes de entrar a los caminos del Señor. Decía que, entonces, ella era tan mala, de corazón tan avieso, que cada vez que los hermanos de la iglesia se paraban a predicar la Palabra de Dios cerca de su casa, les encendía la música de la radio a todo volumen y, luego, si no se daban por aludidos, blasfemando e insultando a gritos a esos canutos locos que no tenía nada mejor que hacer que ir a


La presencia del pentecostalismo en las Oficinas Salitreras, también fue objeto de sospecha por las características marciales en sus salidas a las calles a predicar, lo que le valió la comparación con el comunismo. Aunque ambos movimiento de protesta eran complementarios, pero mutuamente intolerantes el uno del otro.


El martes 20 de octubre (1936) en la Oficina Bellavista…iban varios hermanos a una reunión con un grupo de niños que cantaban de corazón alabanzas al Señor. Tenían que pasar al frente de la casa del Subdelegado y lo hicieron cantando himnos. Le pareció muy mal y habló por teléfono a los carabineros, diciéndoles: “que un grupo de comunistas habían pasado por su casa cantando la Marsellesa”. Llegaron los carabineros y se dieron cuenta que no eran “comunistas”, sino cristianos evangélicos, llevándose algunos testamentos e himnarios para comprobar el asunto ante delegado. Un caballero, Jefe de la Tenencia para defender a los hermanosviii.


No resulta extraño que el pentecostalismo sea acusado como movimiento de protesta político y lo confundan con los comunistas. Al respecto Sabella (1997:229) en su libro escrito en 1959 señala:


estos comunistas son como los canutos…margina alguno. – Los canutos se lo pasan cantando, compañero… ¡van a entrar al cielo, con una guitarra a cuesta! Los comunistas se preocupan de la tierra. No sacamos nada con fijar los ojos en el cielo, cuando los ricos los fijan en nuestros pulmones… ¡Es muy fácil rezar de rodillas sobre un cojín de seda, cuando la barriga suena contenta!...



1.2. Locura


Los locos, siempre fueron personas despreciadas y despreciables: En ocasiones, eran azotados públicamente, y como una especie de juego, los ciudadanos los perseguían simulando una carrera, y los expulsaban de la ciudad golpeándolos con varas. Obligando a los locos a los exilios rituales, su exclusión debe recluirlo; sino puede ni debe tener como prisión más que el mismo umbral, e le retiene en los lugares de pasos. Es puesto en el interior del exterior, e inversamente. Posición altamente simbólica, que seguirá siendo suya hasta nuestros días, con sólo que admitamos que la fortaleza de antaño se ha convertido en el castillo de nuestra conciencia (Foucault 2206:24). La locura siempre es una cualidad de los pobres, pero los mismos actos en personas adineradas, no son locos, sino excéntricas.

En el pentecostalismo la locura tenía una doble connotación: el mundo inverso y la encarnación del mal.

La locura era, para los pentecostales, el mundo inverso. Es el elogio a la locura, al igual que Erasmo de Rótterdam reservada a los hombres del saber: Gramáticos, Poetas, Rectores, Escritores, Jurisconsultos, Filósofos y los Teólogos, hombres de barba y toga (De Rótterdam 1982). Los pentecostales se autopercibían como los últimos del eslabón de la locura. Pero a diferencia de los sabios anteriores, esta sabiduría es revelada por la fe, sabiduría despreciada por otros como locuras, pero una “bendita locura” para ellos.

La locura es aquí como lo señala Foucault (2006:55), la renuncia al mundo; el abandono total a la voluntad oscura de Dios; búsqueda de la que se desconoce el fin. En el que la razón del hombre es la verdadera locura frente a la sabiduría de Dios. Esta es la locura paulina: “porque si estamos locos, es para Dios…”; “porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden…Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”; “como si estuviera loco hablo…”. De esta manera para los pentecostales que le trataran de loco, no hacía más que confirmar sus propias creencias de sí mismos.



En este año (1918) Dios ha visitado la misma iglesia con otros avivamientos. En el mes de enero, durante una reunión en que se manifestaba toda actividad y bullicio que suelen acompañar un avivamiento semejante, llegó a la puerta un joven español que comenzó a interrumpir el servicio en alta voz, increpando a la iglesia, tratándola de una banda de locos, desafiando a discutir, lanzando burlas e insultos por largo ratoix.


La locura será el instrumento de la liberación así como Don Quijote es considerado el Caballero de la Locura. Por lo tanto para la locura no es sólo absurdo lo que ve, sino también lo que dice.

La locura como encarnación del mal era una etiquetación de la sociedad chilena expresada en los cultos pentecostales al interior de los templo.


1.2.1 Los templo pentecostales como “casa de locos”


Los templos eran concebidos por los visitantes como “nave de los locos” que determina la existencia errante de los locos. Dicha nave era como territorio inhóspito en el cual estos seres molestos se autoguardaban para no poner en riesgo el orden de los ciudadanos.



Fui una mujer mala. Fui tres veces a la Iglesia Evangélica, pero para burlar y reírme; decía que era unos locosx.


Un día fui a Quilpue y allí hice burla de los evangélicos; y en el mismo instante vino mi castigo con fuerte dolor de oído… el Señor mandó dos siervos suyos a mi lecho de dolor y me ungieron con aceite en el nombre del Señor. Me arrepentí y me entregué de todo corazón al Señor con gozo, y el mundo me cuenta entre los locos y fanáticosxi.



Los hombres dejaron anclada la lancha en aguas tranquilas y acudieron al culto, quedando fuera de la puerta ocupándose de burlas y vituperios. Adentro estaban alabando la sangre de Jesús, y uno afuera gritó: “¡la sangre de Jesucristo es buena para prietasxii”!... xiii.


En Casablanca había un hombre que por algunos años había hallado su diversión en burlarse de los evangélicos y en molestarles en sus reuniones. Frecuentaba las reuniones pentecostales, pero no con otro fin sino de divertirse y a otros burlones que lo acompañaban, aún haciéndose que le tomaba el Espíritu en danza…xiv.


Las personas no estaban habituadas a las características cúlticas, la simbología y la liturgia de los pentecostales; además los templos eran tan precarios que no inspiraban ninguna reverencia frente a los templos católicos e incluso a los templos protestantes; ya que muchas veces los templos eran las mismas casas de los feligreses pobres. Era una locura, un templo en una casa de villa miseria.


En la noche del 26 mayo (1928) en una vigilia de amanecer, con una asistencia de 160 personas. Como a las 2 de la mañana entró un grupo algo numeroso de personas extrañas al culto: que eran tres carabineros y varios particulares… algunos entraron con sombrero puesto lo que no se quitaron mientras permanecían allí, y algunos fumaban. Andaban por los pasillos, frente al altar, por todas partes, conversaban entre sí, y con los hermanos, daban órdenes, retaban, criticaban, trataban con arrogancia al pastor…después de más de media hora se retiraronxv.


El templo pentecostal se mimetiza con la calle, se erige como una unidad semiótica y simbiótica con aquella, desde donde se grita, se canta y se comparte, es un lugar propio, desacralizado y profanizado, no sólo cúltico, sino que también lúdico, convivencial y recreativo. El templo, la calle y la vivienda del pentecostal tienen casi las mismas características arquitectónicas e historiales, son autoconstrucciones, son productos de la contingencia y la impredecibilidad, en la cual todos participan o han participado, esperando lo que “Dios de”; siempre hay algo que hacer, construir, arreglar, ampliar o pagar. El templo también es una propiedad privada que pertenece a un grupo religioso, con nombres y apellidos: nombre congregacional y fecha y número de decreto pegado en los dinteles, expresando ser minoría e inferioridad religiosa.

Frente a ello los periodistas, podían entrar, acompañados de la policía, a observar los cultos pentecostales con la mayor irreverencia para tales espacios sagrados, nubados por el prejucio y la estigmatización hacia estos grupos religiosos, de las cuales nada reverente se podía desprender. Los templos eran vistos como: “establos”, “palenques”, “potreros” o “casas de Orates”, pero jamás templos.



En Quilpue un capitán retirado del ejército compró una casa que está al lado de la iglesia. En la puerta de la iglesia ultrajaba a la gente, en la hora de reuniones, y aún entraba y se hacía firme insultando y provocando, llamándoles de “fanáticos”, “imbéciles”, “salvajes”xvi.



Estas “casas templos” eran lugares muy modestos en sus inicios, que rompían con la estética sacralidad de los templos y catedrales de plazas, ajenas a la realidad callejera y popular. Muchas veces, los templos eran la misma casa del pastor o de algún hermano, construido con sus mismos recursos, o bien con las donaciones y beneficios de los mismos hermanos; todos participan: se demoraban años en terminar. Así, el templo se constituyó en el segundo hogar de las personas, que no difiere en forma y calidad, donde no hay mucho que caminar para asistir; el pastor representa la imagen paternal como “proveedor espiritual”, así como en el hogar estaba el padre como “proveedor material” (Mansilla 2005). A la precariedad se le sumaba la algarabía, lo que molestaba a los vecinos y motivara la violencia bandolera.


En Calera en 1927, desde una esquina al frente, el cantinero tiraba balazos con rifle a la iglesia, rompiendo tres vidrios… xvii



Sólo la utopía compensatoria, permitió a los pentecostales sufrir y soportar la violencia hacia ellos; porque en realidad, qué importa las características de la “casa terrenal”, “calles polvorientas” y del “templo terrenal”, cuando el predicador ofrecía un hogar celestial como la “casa diferida”, donde cada uno, por el solo hecho de ser hijo de Dios, tiene una “casa celestial”, producto de la herencia de que el padre tiene para sus hijos; este hogar está en el cielo, que es la de “Jerusalén celestial”, donde sus “calles son de oro”.


2. La concreción de las metáforas ignominiosas sobre el pentecostalismo, se daba en espacios físicos concretos, estos son el trabajo y la calle.


2.1. Trabajar para el mundo


Para los pentecostales de esta época había una clara distinción entre “trabajo para el Señor” y “trabajo para el mundo”. El trabajo es visto como castigo, similar a la concepción grecorromana, entendiendo el trabajo como algo que se opone a los valores de libertad y de ciudadano; trabajo y pobreza son sinónimos. El trabajo es considerado como una actividad denigrante, embrutecedora y servil. En esta época se enfatiza el Génesis bíblico, en donde el trabajo está asociado a la desobediencia, al pecado, la degeneración y al castigo divino. Donde aparecen imperativos como: “con el sudor de tu rostro comerás el pan”. Aquí el trabajo tiene una concepción fatigosa y bregosa que sólo termina con la muerte.


Como dos meses atrás, un joven de dieciocho años estaba en el trabajo y entreteniéndose con burlarse de sus compañeros convertidos…este joven sigue constantemente con las burlas, cantando “Aleluya”, y burlándose del Evangelio…xviii



Como trabajo/obrero y pobreza eran sinónimos. Por lo tanto, no es de negar que la actividad espiritual este por encima de la actividad material; aparezca la expresión tan notoria entre los pentecostales “trabajo espiritual”/ “trabajo material”, “trabajar para el Señor”/ “trabajar para el mundo”. Lo que representa que el trabajo no implica realización, sino deber y necesidad, dada la eclipsada situación denigrante, fatigosa y esclavizada del trabajo. El trabajo era un tiempo y un espacio violento y agresivo


El que está a cargo de la obra, naturalmente ha sido el blanco de las burlas y persecuciones que han emanado no solamente de los canteros, sino de la empresa del ferrocarril, donde está empleado. Este hermano se enfermó y se le concedió 15 días de permiso para medicinarse y vino a Chillan. Comenzó a correr la voz de que había sido despedido del empleo. Una mujer oyendo esto, celebró en su casa un culto de burla una noche en la que daba gracias a Dios porque le habían botado…xix.



El trabajo bajo esas condiciones es un castigo de Dios, en donde el creyente tiene que “cargar la cruz”, pero la ayuda del Espíritu Santo permite que esa cruz sea más liviana y ligera. Ante esto, el ir al culto implica buscar nuevas fuerzas, para seguir el destino cotidiano, en donde el canto, el hablar en lengua y orar, permite levantar alas como de águilas, para remontarse hacia el cielo y renovarse, para salir enfrentar el otro día de trabajo, visto como prueba y castigo.


Un joven vino a la iglesia y permaneció por algún tiempo en el servicio del Señor juntamente con su esposa que fue bautizada con el Espíritu Santo. El se hizo el indiferente y se volvió al mundo, y en compañía con los mundanos se burlaba de los hermanos, invitándoles al malxx.


Algunos no soportaban la presión social de los familiares y compañeros de trabajo que desertaban de las filas del pentecostalismo y se transformaban en los peores burladores, ya que utilizaban los mismo símbolos pentecostales para la ignominia. Estos eran tiempo que convertirse al pentecostalismo significaba una muerte social, porque cuando ellos decían “morir al mundo” significaba algo real, porque tenían que alejarse de su familia, vecinos y soportar los compañeros de trabajo, debido al rechazo social que generaban. Dichas conversiones significaba ostracismo y exclusión.



En cambio en Río Blanco hay una fuerte persecución. Amenazas y prohibiciones para los hermanos de seguir en las reuniones. Rogamos las oraciones de las iglesias por este campo para que el Señor nos de la victoriaxxi.


En la Caleta Horcón (Valparaíso), hubo una violenta persecución, instigada por el cura y algunos otros personajes que propusieron echar fuera de la caleta a todos los evangélicos. Tuvo que intervenir la justicia; pero después de algunos trámites y viajes trabajos del Pastor Becerra, los dos principales malhechores, que instigaban, pidieron perdón al Pastor Becerra, en presencia de juez y ahora hay tranquilidad, y los enemigos han visto fracasar su intentoxxii.


Los pentecostales eran los pobres despreciables, aquellos relacionados con los “huachos”, las “chinas” y los “rotos”. Estos eran los pauperizados; categorizados, no sólo por la situación económica que se vivía en aquel entonces, es la asociación negativa entre trabajador y pobreza, representan el segmento inmovilizado de la sociedad chilena, son un grupo peligroso, que viven en regiones de escuálidos deseos y malvada miseria. Esta pobreza transita entre el abandono y la inferioridad de una sociedad que se avergüenza de sus orígenes y condición, por lo cual quiere vivir como europeos; mira a los pobres como aquellos que no los quiere, pero los necesita, así que están ahí, pero son negados; son mantenidos en miseria y migajas como perrillos, para que nunca se independicen, aunque lo quieran no lo pueden, así el patrón es amo. Es la época donde el patrón era la ley en la fábrica; el sacerdote en el barrio; y el profesor en la escuela.


En la ciudad de Salamanca en el invierno de 1928…Fuí donde los evangélicos y ellos me enseñaron a clamar a Dios. Y Él me sanó. La gente decía, pero esa religión es mala, porque dicen que azotan a Cristo y aborrecen a la virgen, le respondían: si es mala yo no lo sé, pero una cosa sé que cuando fui donde esos hombres evangélicos, ellos me ayudaron a creer en Jesús y Él me sanó. Los enemigos del Evangelio emprendieron una tenaz campaña en su contra. Sus vecinos le apredeaban su casa, poniendo en peligro su vida., la de su esposa e hijosxxiii.


Varios relatos señalan que el rechazo y la persecución hacia los pentecostales no sólo se daba en el trabajo, la calle y en los templos, sino también se extendía a los hogares de los pentecostales conversos, en donde sus casas eran apedreadas o insultados.


Los pocos hermanos que recibieron el Espíritu Santo desde un principio, se les vejaba, como malhechores, dándoles el apodo de “Profeta”, “Los santificados”, etc. Como otros le llaman, no hemos tenido templo, y nos hemos reunidos por cuatro largos meses y estrechan pero el Dios de los cielos, ha mirado con misericordia dándonos. En menos de cuatro meses el Espíritu Santo ha tomado la lengua a varios hermanos, y entre ellos el pastor, y cuando esto ha sucedido, muchos de sus amigos han perdido la esperanza que volviera al rebaño y no pocos cristianos sinceros nos toda, viendo que las vidas transformadas recibisteisxxiv.


El rechazo hacia los pentecostales, no sólo venía del lado del catolicismo, sino también del protestantismo histórico y misionero, aunque su rechazo era menor, sin embargo los apodos no dejaban de ser violentos como: “profetas”, “los santificados”, “los iluminados”, “hermanos desordenados”, etc.

Ante tal situación que más se podía decir frente al mundo: la escuela signo de muerte y locura (la letra mata el espíritu), pero obligatoria; el trabajo, el “diablo acecha”, que se materializa en los compañeros de trabajo; la política, es un lugar de perdición y el catolicismo, una prostitución religiosa. Este rechazo del mundo se manifiesta justamente, porque el mundo rechazaba los pentecostales.


Hoy cuenta con 25 años de vida! (la obra pentecostal). Una mirada retrospectiva y cuántas lecciones encontramos en el camino recio…¡muchas! Sus enemigos fueron numerosos y fuertes. Los había dentro de sus filas y fueras de ellas. Persecuciones, vejámenes, desprecios, cárceles, etc, fue su pan cotidiano. Pero era necesario sufrir, porque el llamado espiritual que recibió tenía ese sello…¿no eran suficientes esos sufrimientos que le daba el enemigo de fuera?. No. Esos servían para afianzar más la vida espiritual de la obra. Pero había que recibir la prueba de fuego y por eso Satanás, al ver la obra poderosa, promovió la guerra adentro, la que ha sido más cruelxxv.


Unos pocos días después que se había bautizado en un río a algunas personas, un joven tomó a una oveja y levándola al mismo sitio, con violentas maldiciones, dijo que él también podía bautizar tan bien como el predicador…tres de sus compañeros estaban parados en la ribera y eran testigos de su blasfemia. Llevando la oveja dentro del río, la tomó por las manos y pronunciando sobre ella palabras bíblicas para este sacramento, se inclinó para meter la oveja debajo del aguaxxvi.


Pero los pentecostales, tal como ellos los reconocen, no sólo han sido victima de estigmatización, sino que también han luchado entre ellos mismo producto de la lucha de poder en la pregunta constante quién mantiene más puro el carisma original. En 1923 y 1925 se desprende un grupo de feligreses de Valparaíso y Santiago consecutivamente, dando origen a la Iglesia Evangélica de los Hermanos; en 1932 la Misión Evangélica Nacional (Orellana 2006: 94).

En este contexto el discurso pentecostal su “opción era los pobres”, ¿le quedó otra? cuando ellos mismo lo eran; “el hambre de pan” se tradujo en “hambre de vida eterna” y la pobreza, económica e intelectual, resultaba ser una herramienta y un medio para que las personas llegaran a conocer a Dios: en donde los pobres resultaban ser los “bienaventurados porque de ellos eran el reino de los cielos”, pero el reino de los cielos no sólo le pertenecían por tener hambre de pan, sino también sed de justicia. Y ante el énfasis individual de la lectura bíblica y la Escuela Dominical (heredada del Metodismo), aprendían a leer sin conocer las letras, sólo como “milagro de Dios”, así quién necesitaba la escuela, en donde el ser pentecostal era “peor que nada”: por ello por mucho tiempo los pentecostales señalaban en sus predicaciones “la letra mata” y el “conocimiento enloquece”.


2.2. La calle


El catolicismo tradicional que al principio ignoró al movimiento pentecostal por su espontaneidad y tamaño, posteriormente en los años veinte desató contra él, una fuerte crítica y oposición. A su vez, el pentecostalismo asumió una postura antagónica frente a las fiestas de religiosidad popular católicas, porque a su parecer éstas mantenían un carácter idolátrico y daban lugar a desordenes en la vía pública e ingesta desmedida de alcohol. Además, cierta prensa escrita vinculada a sectores tradicionales, tuvo una actitud despectiva y tendiente a ridiculizar el movimiento. En consecuencia, y para afianzar su identidad, las comunidades pentecostales se vieron obligadas a promover y estimular una práctica disciplinada en torno a sus carismáticos líderes. El medio religioso era hostil. Predominaba sin contrapeso en la sociedad el catolicismo tradicional y en un grado menor el protestantismo. Por esa razón, los pentecostales que se caracterizaban por su espontaneidad religiosa y ética fueron vistos en forma despectiva y estigmatizados. No obstante, cada ataque hizo más fuerte y aleccionado al movimiento y por ende aumentar su inserción en la marginalidad urbana y rural (Orellana 2006: 150).

La forma de insertarse en los sectores marginales, de los pentecostales, fue demonizando el alcohol. El pasado de un pentecostal converso estaba en los bares y tabernas, por lo tanto esos eran los molinos de viento que tenía que derribar; les recordaba su pasado infeliz y los denunciaba como antro de Satanás, puerta del infierno en donde dejaban los escasos recursos que ganaba en el trabajo, y en vez de llevarlo al hogar los entregaba en los bares, sin embargo un día salió de ahí, gracias a que escuchó el mensaje de algún predicador callejero, pero allí se encuentran otros al igual que él, a los que hay que liberar.


un domingo de Julio de este año (1934), unos hermanos estaban predicando frente al restaurant y cantina que es de su familia, cuando un hombre salió con ademanes de amenaza al que predicaba, renegando y diciendo: “¿De donde conoces tú a Dios?”xxvii.



Para lo pentecostales esta fue una lucha cosmológica entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás y que había que confrontar directamente con el poder de la palabra y las más solicitas en esta lucha fueron las mujeres que como heroínas quijotescas confrontaban el alcohol en las plazas, calles y bares. En esta lucha redentora, más bien recibieron el odio de los sectores populares.


En 1918, estábamos en el cerro Mariposa un grupo de voluntarias predicando en la calle. Un hombre empezó a protestar, y se cubría con las manos como impidiendo que la Palabra de Dios le alcanzase. Como no podía impedir la predicación, fue a su casa y trajo un recipiente con orines y otras inmundicias y lo lanzó sobre las hermanas. Las hermanas no se movieron, ni se sacudieron, sino que siguieron la predicación. Cuando terminó de predicar, una hermana se volvió hacia el hombre y en presencia de todos le amonestó de que se arrepintiese, o que la mano de Dios vendría sobre él, y el grupo se retiró para predicar en otra partexxviii.

Las cantinas, para los pentecostales son como el mito de la caverna de Platón, en el que se relata la existencia de unos hombres cautivos desde su nacimiento en el interior de una oscura caverna. Prisioneros de las sombras oscuras propias de los habitáculos subterráneos; además, atados de piernas y cuello, de manera que tienen que mirar siempre adelante debido a las cadenas sin poder nunca girar la cabeza.

La respuesta por parte de los hombres era tirarles orines y estiércol humano, porque consideraban a estas personas como letrinas o sitio eriazos que podían enlodar.


En el año 1925 en Villa Alemana, en una ocasión que se predicaba al aire libre, un hombre entró en medio del grupo para interrumpir. Traía un litro de vino y quería obligar a los hermanos a que tomaran el vino. Como se negaran de hacerlo les amenazó de tirar el vino por la cabeza. Como no le hicieran caso, cumplió su amenaza tirando el vino por la cabeza y por la ropa y se fue. Después volvió y quedando fuera del grupo hizo lo mismo otra vez, y al fin se retiró, y entró en una cantina cercanaxxix.


El vino era el ofrecimiento más ignominioso para un pentecostal converso; como es la porcofobia para los judíos (Harris 1998: 117)xxx o La Madre Vaca para los hindúes. Al igual que María (Madre de Jesús) es para los cristianos católicos, la vaca es para los hindúes la madre de la vida. Así, no hay mayor sacrilegio para un hindú que matar a una vaca. Ni siquiera el homicidio tiene ese significado simbólico de profanación indecible que evoca el sacrificio de las vacas.

El vino para el pentecostal significaba el pasado mortífero. El pentecostalismo prohibió el vino concebido como “bebida maléfica” como un espíritu báquico que representaba el nacimiento original de la vid en el mito griego la alegría, la fuerza y la estupidez pasajera pero con daños permanente en la familia, que instaba a los hombres a gastar todo el dinero ganado para el sustento de su familia, momentos en que el hombre era el único proveedor del hogar.

El vino fue excluido de los ritos religioso como la Santa Cena (pan y vino), en el que el vino es suplantado por agua o jugo; en los hogares no debía haber ninguna gota de vino, ni siquiera en las festividades importante como Fiestas Patrias o Año Nuevo, así el vino fue demonizado y satanizado como la fuente de todos los males, algunas predicaciones evidencia que Dios creo la uva y Satanás el vino, de esta manera el vino era el “cordón umbilical del infierno” y los bares eran su antesalas. Para los pentecostales convertidos esto no era sólo una metáfora sino una realidad, sus testimonios lo señalan el alcohol transformó su hogar en un infierno: miseria, hambre, desnudez, enfermedad, desempleo, etc., todo como causa el alcoholismo, la conversión implicaba todo o nada, vida o muerte, es decir Salvación del alcoholismo.


En otra ocasión, en 1925, predicamos en Quilpue en un crucero donde un carnicero tenía un puesto en la esquina. El carnicero dijo a un guardián: “lleve preso a esos burros que están rebuznando”; y el guardián nos impidió seguir predicandoxxxi.


Burro viene a ser sinónimo de la ignorancia y la brutalidad que implicaba el desprecio que despertaba a los oyentes. Aunque la asignación de metáforas fáunicas (“chanchos”, “burros” o “llamos” también eran asignados a los indígenas), siempre han sido utilizadas como ofensas a grupos despreciados y despreciables.


En Septiembre, en Piftrufquén se estaba predicando la Palabra de Dios al aire libre. Un hombre, tal vez instado por otros, vino amenazando a toda costa castigar a los que predicaban, y hablando con violencia contra ellos. Era un hombre grande y recio en su trato y tenía en temor a todos los que estaban en esos contornosxxxii.


Estaba ocupado haciendo unas compras en cierto lugar cuando un hombre grande y robusto me atacó sin motivo y me dejó con un ojo morado. El sabía que yo era cristiano (evangélico) y no me defendería. Cuando mi esposa lo supo quiso buscar la venganza; pero, aconsejada por un hermano resolvió dejar la causa en manos del Señor…xxxiii.


Los pentecostales son vistos y tenidos como los “ilotasxxxiv latinos”, aldeanos que vivían en cabañas miserables y vestían malamente; ciudadanos de tercera clases, pobres entre los pobres. Los trataban con menosprecios, le prohibían entonar cantos bélicos. Muchas veces les pegaban sin motivos, en ocasiones le obligaban a beber sólo para divertirse. Los comparaban con los burros que se doblegaban a palos.


El martes 20 de octubre (1936), iban varios hermanos a una reunión con un grupo de niños que cantaban de corazón las alabanzas al Señor. Tenían que pasar frente a la casa del Subdelegado y lo hicieron cantando himnos. Le pareció muy mal y hablo por teléfono a los carabineros, diciéndoles: “un grupo de comunistas habían pasado por su casa cantando la Marsellesa”. Llegaron los carabineros y se dieron cuenta que no eran comunistas, sino cristianos que alababan a Dios, llevándose algunos testamentos e himnarios para comprobar el asunto ante el Delegadoxxxv.



El pentecostal como antiguo prisionero del alcohol, no puede volver al interior de la taberna para que dé la buena noticia a aquella gente prisionera de la oscuridad y esclavizada, para hacerle partícipes del gran descubrimiento que acaba de hacer; sólo puede gritarle desde la entrada, desde la calle y procurar convencerles de que viven en un engaño, en la más abrumadora falsedad. Infructuoso intento, aquellos pobres enajenados desde la infancia le toman por un loco y se ríen de él. Incluso, si alguien intentase desatarlos y hacerlos subir por la empinada ascensión hacia la entrada de la caverna, si pudiesen prenderlo con sus propias manos y matarlo, le matarían; así son los prisioneros: ignorantes, incultos y violentos. Pero se había trazado el imperioso deber de liberar aquellos aunque no quisieran, porque una vez que vieran la luz lo iban a agradecer.



Conclusión


La intolerancia hacia los evangélicos en la primera mitad del siglo XX en Chile, que se puede considerar como canutofobia, se manifiesta en marcas y lapidadas con metáforas ignominiosas, evidenciando una sociedad que no soporta la existencia de la gente diferente. Estos grupos, hagan lo que hagan nunca son vistos, sus héroes son desdeñados y execrado por el álgido mundo del silencio y la indiferencia. Son olvidados, sus hazañas no son vistas, porque el velo del prejucio y la neblina de la indiferencia confabulan para ser confinados en las mazmorras de la ausencia en los libros de historias nacionales. En otras oportunidades, cuando son visto es para realzar su anormalidad, construyendo un baluarte de lodo, que sólo profundiza la invisibilización.

Durante el siglo XX, fueron vistos como ciudadanos de segunda clase, aunque en la escuela se cantaba que “que tus libres coronen las artes, la industrias y la paz, y de triunfos…y que la patria sería la tumba de los libres”, pero estas promesas no han sido reales para los pentecostales, porque el estigma de pobres, locos, canutos y fanáticos, se hizo parte de la sociedad chilena y ha permanecido hasta hoy.




Bibliografía


Bonfil, Carlos (2003). “El estigma y sus efectos discapacitadotes”. En Revista Espejo N° 21. Buenos Aíres. Argentina: en http://www.sigla.org.ar/revista%20ESPEJO.htm


De Rótterdam, Erasmo (1982). Elogio a la locura. Ediciones Orbis. Barcelona.


Donoso, Francisco (1996). “Comunitarizacion competitiva: nuevas dimensiones analíticas para las actuales facetas de un viejo pentecostalismo. el caso de la iglesia metodista pentecostal de Chile”. En Centro Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos. Universidad de la Serena. En pagina web, visitado el 30 de Julio del 2007. http://www.fh.userena.cl/ciel/Comunitarizacion_competitiva.html


Focault, Michael (2006). Historia de la Locura en la Época Clásica I. FCE. México, pp 24


Goffman, Irving. (1998). Estigma, la identidad deteriorada. Argentina: Amorrortu Ediciones.


Guererro, Bernardo (2000). “Cantos e himnos en la religiosidad popular: la búsqueda de salud”. Revista de ciencias sociales. N° 10.


Guzmán, Nicomedes (1944). La sangre y la esperanza. “La Palabra de Dios”. Editorial Lom. Chile 1999, pp 68- 83


Harris Marvin (1998). Vacas, Cerdos, Guerras y Brujas. Editorial Alianza, España. 1998


Mansilla, Miguel (2005). “La canutofobia en la educación chilena”. En Revista Reflexiones Educacionales Año 5 N° 5. Departamento de Educación y Humanidades de la Universidad Arturo Prat Chile


Mansilla, Miguel (2005). “A la memoria de los expatriados de la tierra”. En Revista Si somos Americanos del Instituto de Estudios Americanos. Inte. Universidad Arturo Prat. Iquique. Chile.


Mansilla, Miguel (2007). “La canutofobia en Chile. Factores socioculturales de la discriminación evangélica en Chile”. Revista Gazeta de Antropología Nº 23, 2007, España (http://www.ugr.es/~pwlac/G23_11MiguelAngel_Mansilla_Aguero.html ). Y Revista de Ciencias Sociales de la Universidad de Viña del Mar, Vol. IV, No. 1, Chile (http://www.uvm.cl/csonline/2007_1/pdf/canutofobia.pdf ).


Orellana, Luis (2006). El Fuego y la Nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile 1909-1932. Ceep Ediciones. Concepción- Chile.


Rivera, Hernán (1996). Himno del ángel parado en una pata. Editorial Planeta. Santiago. Chile.


Sabella, Andrés (1997) Norte Grande.Editorial LOM. Santiago. Chile.



i Agradezco los comentarios realizados a este trabajo, a la antropóloga Renee De La Torre. Investigadora del CIESAS. México

ii Frente a la separación de la Iglesia Evangélica Pentecostal de la Iglesia Metodista Pentecostal, esta última continúa con el nombre inicial de la revista, así ambas revistas tienen una raíz común. La revista Chile Pentecostal, cuya impresión y origen fue en la ciudad de Concepción fundada en 1910 y cambiara de nombre, a partir de 1928, pero reeditada en 1933 la revista se empieza a editar en la ciudad de Rancagua y en 1936 en la ciudad de Chillán, pasando en 1937 y hasta 1964 a publicarse en la ciudad de Santiago, bajo la dirección del Superintendente General y luego Obispo, Revdo. Manuel Umaña Salinas. Luego de asumir el Revdo. Mamerto Mancilla Tapia, segundo Obispo de la Iglesia, la revista se edita en la ciudad de Temuco. Posteriormente se nombra un administrador especial que la edite en la ciudad de Santiago, lo que se mantiene hasta hoy. Con el correr del tiempo, y debido a la expansión de la Iglesia Metodista Pentecostal a los países vecinos, la revista cambia de nombre en el año 1979, ya que por intemacionalizarse la Obra hacía aconsejable que tuviera un nombre que representase a todas las iglesias filiales, constituyéndose con el nombre "La Voz Pentecostal".

iii La cautofobia se refiere al rechazo a la cultura religiosa evangélica en Chile, que tiene que ver con factores sociales, culturales y económicos y que luego se reproducen en lo político y jurídico. Es decir los evangélicos están asociados a la pobreza (aporofobia), la baja escolaridad, al fanatismo y su mayor presencia a la cultura indígena (mapuche e aymara). Es un “rechazo de piel”, que se transforma en una discriminación fenotípica. En otra dimensión este rechazo, no es epidérmico sino valórico; porque el discurso evangélico se torna matricida, patrifílico y marianicida, frente a una sociedad marianista; donde predomina la reproducción del mito del padre ausente y la deificación de la madre. Por lo cual el discurso evangélico se torna iconoclasta. Así la canutofobia implica un doble rechazo clasista y valórico. Al respecto ver Mansilla (2005 y 2007).

iv Revista Fuego Pentecostés N° 6, pp 6. Junio de 1928.

v Revista Fuego de Pentecostes Nº 92, mayo de 1936, pp 11

vi Instantánea. El Ideal. Mulchen. 1º de Diciembre de 1928. Ver también en: Revista Fuego Pentecostés N° 14, pp 6.Febrero de 1929; y El Fuego y la Nieve: Luis Orellana (2006). Historia del Movimiento Pentecostal en Chile 1909-1932, pp 114. Ceep Ediciones. Concepción- Chile.

vii Nicomedes Guzmán (1944). La sangre y la esperanza. “La Palabra de Dios”, pp 68- 83. Editorial Lom. Chile 1999.

viii RFP, N° 98, mes de noviembre de 1936, pp 7

ix Revista Fuego de Pentecostés Nº 78, marzo de 1935, pp 11

x Revista Fuego Pentecostés N° 4, pp 6. Septiembre de 1928.

xi Revista Fuego Pentecostés N° 9, pp 3. Septiembre de 1928.

xii Las prietas, también llamado morcillas. Existen muchas diferencias, pero son embutido elaborado con sangre cocida, principalmente, de cerdo condimentada con diversos aderezos como: cebollas, pimienta, arroz, comino y repollo luego se hierve, para comérsele frío (fiambre). Es por ello que esta burla, una humillación, una ignominia para el pentecostalismo, porque al no entender la simbología pentecostal, comparaba a Cristo con un cerdo.

xiii Revista Fuego de Pentecostés Nº 65, febrero de 1935, pp 5

xiv Revista Fuego de Pentecostés Nº 72, Septiembre de 1934, pp 8.

xv Revista Fuego Pentecostés N° 4, pp 7. julio de 1928.

xvi Revista Fuego Pentecostés N° 4, pp 6. Septiembre de 1928.

xvii Revista Fuego Pentecostés N° 4, pp 6. Septiembre de 1928.

xviii Revista Fuego de Pentecostés Nº 78, marzo de 1935, pp 9.

xix Revista Fuego de Pentecostés Nº 78, marzo de 1935, pp 10

xx Revista Fuego Pentecostés N° 4, pp 6. Septiembre de 1928.

xxi Revista Fuego de Pentecostés Nº 85, octubre de 1935, pp 11

xxii Revista Fuego de Pentecostés Nº 60, Septiembre de 1933, pp 6

xxiii Revista Fuego de Pentecostés Nº 58, Julio de 1933, pp 5

xxiv Revista Fuego de Pentecostés Nº 48, Diciembre de 1931, pp 4

xxv Revista Fuego de Pentecostés Nº 72, Septiembre de 1934, pp 2.

xxvi Revista Fuego de Pentecostés Nº 78, Marzo de 1935, pp 8.

xxvii Revista Fuego de Pentecostés Nº 72, Septiembre de 1934, pp 8.

xxviii Revista Fuego Pentecostés N° 12, pp 5. Septiembre de 1928.

xxix Revista Fuego Pentecostés N° 4, pp 4. Abril de 1928.

xxx Marvin Harris, señala que: Dentro de este complejo mixto de agricultura y pastoreo, la prohibición divina de la carne de cerdo constituyó una estrategia ecológica acertada. Los israelitas nómadas no podían criar cerdos en sus hábitats áridos, mientras que los cerdos constituían más una amenaza que una ventaja para las poblaciones agrícolas aldeanas y semi-sedentarias. Los animales domésticos mejor adaptados a estas zonas son los rumiantes: ganado vacuno, ovejas y cabras (1998: 46). Sin embargo, el cerdo es ante todo una criatura de los bosques y de las riberas umbrosas de los ríos. Aunque es omnívoro, se nutre perfectamente de alimentos pobres en celulosa, como nueces, frutas, tubérculos y sobre todo granos, lo que le convierte en un competidor directo del hombre. No puede subsistir sólo a base de hierba, y en ningún lugar del mundo los pastores totalmente nómadas crían cerdos en cantidades importantes. Además el cerdo tiene el inconveniente de no ser una fuente práctica de leche y es muy difícil conducirle a largas distancias. El Oriente Medio es un lugar inadecuado para criar cerdos, pero su carne constituye un placer suculento. La gente siempre encuentra difícil resistir por sí sola a estas tentaciones. Por eso se oyó decir a Yahvéh que tanto comer el cerdo como tocarlo era fuente de impureza. Se oyó repetir a Alá el mismo mensaje y por la misma razón: tratar de criar cerdos en cantidades importantes era una mala adaptación ecológica. Los cerdos eran sabrosos, pero resultaba demasiado costoso alimentarlos y refrigerarlos (1998: 117).

xxxiRevista Fuego Pentecostés N° 4, pp 6. Septiembre de 1928.

xxxiiRevista Fuego Pentecostés N° 4, pp 6. Septiembre de 1928.

xxxiii Revista Fuego Pentecostés N° 12, pp 5. Septiembre de 1928.

xxxiv Los ilotas, eran los esclavo de los lacedemonios espartanos, desposeídos de los derechos de ciudadano, a quienes los espartanos le incentivaban todo tipo de vicios, como el uso del alcohol. Los ilotas vivían borrachos, en la más abyecta promiscuidad sexual, etc., incentivado todo esto por los espartanos esclavistas para envilecerlos e inhabilitarlos, de tal manera que no pudiesen organizarse y luchar; y a la vez que se esforzaban por mantener a los esclavos en la sumisión y el embrutecimiento mediante el terror y la embriaguez, los ponían de ejemplo a sus jóvenes ciudadanos para que rechazaran todas esas prácticas, pues esos vicios los habían privado a tal grado de la dignidad humana, que el sólo verlos provocaba repulsión.Los ilotas era la clase social más baja. Sin ser esclavos, por no tener un dueño particular, lo que les impedía ser objeto de intercambio comercial, pertenecían al estado, sin contar con derechos, revistiendo la calidad de siervos públicos. El estado, entregaba a los ilotas, a los ciudadanos, para utilizarlos como mano de obra en sus campos, recibiendo éstos una ínfima compensación. Esta precaria condición social se adquiría por pertenecer a comunidades conquistadas por los espartanos, que se opusieron a la dominación.

xxxv Revista Fuego de Pentecostes Nº 98, Noviembre de 1936, pp 7