Abril del 2009

 

La pentecosfobia calina

Los fragosos derroteros del pentecostalismo en Iberoamérica

Presentación

Miguel Ángel Mansilla

El siglo XIX fue el siglo de la expansión del protestantismo en América Latina, logrando ingresar a estos territorios junto con la era republicana. El siglo XX fue el siglo del pentecostalismo. El protestantismo se encontró con el monopolio religioso, mientras que el pentecostalismo con trabas sociales y culturales. La lucha por el pluralismo, la tolerancia y la igualdad religiosa ha sido diamantina.

El sueño de los "epistolarios de la tolerancia" era enfatizar la libertad de la persona, esto implicaba, necesariamente, que las creencias no pueden ser impuestas por la razón o la fuerza. El comportamiento religioso individual, está fundamentalmente definido en la base de la convicción subjetiva. En asuntos privados cada uno decide cuál es el mejor camino a seguir, así también debe suceder con temas de conciencia religiosa. El cuidado del alma, como el cuidado de lo que es propio, es algo que pertenece al individuo. Por lo cual, nadie tiene el derecho de obligar a otro a una acción, que de ser errada, no tendrá compensación alguna. Obligar a otro a creer, obligar a otro a mantenerse en una religión bajo la amenaza de perder su libertad o sus bienes y si esta obligación es sustentada por el Estado, demuestra la lasitud de los dioses que necesitan de la guardia estatal, la exclusividad constitucional y la promoción de la intolerancia para que sus devotos crean. Los dioses son considerado o imaginados como omnipotente y ubicuos: que ellos se defiendan solos; que sean ellos quienes envíen los rayos celestiales para carbonizar al herisiarca, pero de ninguna manera sean los humanos o el Estado, quienes defiendan a sus dioses, porque ello demuestra que no son dioses, sino ídolos exiguos.

La lucha de los consistorios liberales quienes buscaron resquicios legales para que los disidentes e intolerados sean reconocidos como ciudadanos tuvo que preñar a las Constituciones con sangre para que los disidentes se vistieran de pompa, cuando el alcázar de la ignominia fue derribada; los novios construyeron sus talamos con júbilo con los matrimonios civiles; los niños, jóvenes y adultos se inscribieron en el "libro de la vida" con los registros civiles; los finados fueron extraídos de los osarios para recibir "humana sepultura" y a los menos favorecidos, se les construyeron cenotafios en los cementerios generales. Fueron días en que las voces de alborozo se confundieron con el de las plañideras por la constitución de las leyes laicas.

Los beatos legisladores, enarbolaron el pendón de la tolerancia, con estas "leyes benditas" junto a un puñado de voces que clamaron en el desierto, lograron pequeños "iusmilagros", como verdaderos exvotos desde las mismas Constituciones políticas. Esta tolerancia inicialmente fue teñida de ingnominia con las exiguas concesiones de los "patios para disidentes". Los protestantes y liberales supieron lidiar con la mefistofélica intolerancia y le dieron un espacio sepulcral a los que "no tenían donde caerse muerto"; apellidar esos que "no tenían nombre"; matrimoniar aquellos que "estaban a yuras"; y sacralizar la libertad de culto, para que cada ser humano tenga el derecho de venerar a su Dios en la forma que le parezca correcta.

Como dijo Paulo Freire (el otro maestro de América), la tolerancia es la virtud que nos enseña a vivir con lo que es diferente. Aprender con lo diferente, a respetar lo diferente. Es algo que me hace ser coherente como ser histórico, inconcluso, que estoy siendo en una primera instancia, y en segundo lugar, con mi opinión político-democrática. No veo cómo podremos ser democráticos sin experimentar, como principio fundamental, la tolerancia y la convivencia con lo que nos es diferente.

El protestantismo exfolió los escarpados y fangosos vados de la intolerancia para el nacimiento del pentecostalismo. Aunque el pentecostalismo fue un vástago indeseado del protestantismo, pero heredó el espíritu del libro con el cual alfabetizó al ignaro pueblo; también heredó el espíritu mágico y místico de los indígenas en cuyos territorios levantó sus tuguriales templos; el ingenio para vehicular el hambre, la miseria y los andrajos en cooperación, confianza y reciprocidad fue propia del pueblo. Transformó la necesidad en virtud. La principal virtud fue el espíritu comunitario. Los templos pentecostales convertidos en cenáculo extasioso permitieron capear los momentos más penumbrosos.

Los héroes pentecostales han sido desdeñados y execrado por el álgido mundo del silencio y la indiferencia. Incluso los sabios honorables que escribieron sobre los otros olvidados como los campesinos, obreros o indígenas no vieron las hazañas pentecostales, porque el velo del prejucio y la neblina de la indiferencia confabularon para ser confinados en las mazmorras de la ausencia en los libros de historias nacionales. En otras oportunidades, cuando fueron vistos, fue para realzar su anormalidad, construyendo baluartes de lodo, que sólo profundizó la invisibilización pentecostal para transformarlos en los "abanderados en derrotas", como los Ilotas de nuestro siglo. Sólo los predicadores pentecostales lucharon desde las calles, como yaravíes que cantaban plañideramente una utopía que algún día se rompería el báculo de los asechadores y asediadores de la libertad de creencias y bullir el cetro de los indiferentes y arrojadores al silencio. Soñaban con conquistar el alcázar de los purpurados, el Leviatán tortuoso y pedir honra para los moradores del polvo y los que habitan en tierras del olvido, aún en plenas democracias, para que sean vistos como ciudadanos, aún cuando sean de segunda clase.

La invisibilización del pentecostalismo fue otro tipo de violencia, tan cruel y perniciosa como las otras, porque está vinculada al látigo y al hielo de la indiferencia que huellan la identidad de los grupos olvidados y excluidos. En esta lucha por el reconocimiento, optaron por la "noviolencia", a pesar que pregonaba la revolución espiritual. Ante un mundo donde el más violento se hace escuchar y es más visible, el "noviolento" parece ser un héroe, que lucha de la iconografía hercúlea, pero como dice el proverbio "hay caminos (la violencia) que al hombre le parecen derecho pero su fin es la muerte". Los pentecostales desafiantes al igual que Thoreau, declararon en silencio la guerra al Estado Confesional a su manera, haciendo uso y consiguiendo ventajas políticas en algunos momentos históricos. En algunos países de América Latina como Ecuador, Brasil o Chile, el pentecostalismo ha logrado salir del sórdido y espeluznante mundo de la sombra donde nacieron arrojados y silenciados, por ser considerados inferiores o irrelevantes para las historias nacionales.

Los grupos pentecostales se enfrentaron a una triple rémora. El purpurado católico lo etiquetó de herejes y sectas; la sociedad en general de aleluyas, locos o canutos; y las ciencias sociales, no lo hicieron mejor, los etiquetó de sectas. Fue su lápida sepulcral, ya que un concepto sociológico se transformó en un estigma que favoreció a los jerarcas católicos, quienes utilizaron y siguen utilizando, el mismo concepto para hacer una diatriba hacia el pentecostalismo como secta perseguible, pero nunca como cultura religiosa.

El pentecostalismo es una cultura religiosa que se caracteriza por el énfasis soteriológico, la domesticación masculina, los cultos extáticos, el milenarismo- mesianismo, el marianicidio, la diabología y las creencias en espacios míticos como el cielo y el infierno. Estas creencias y prácticas religiosas no son valores nominales, sino normas que rigen la vida pentecostal, transversados por la pneumatología y la escatología. Estos elementos son parte de la cultura pentecostal y son fuertemente rechazados, que se transformaron en pentecosfobia.

La pentecosfobia contiene elementos culturales y sociales. Cultural porque el pentecostalismo es considerado como fanatismo extático, creencias anacrónicas y prácticas intolerantes; y social porque tiene implicancias clasistas. El movimiento pentecostal es un movimiento popular que alberga conversos pobres, marginales, indígenas e inmigrantes pobres. Por lo tanto, implícitamente se concibe, que estas personas nunca eligen ser parte del movimiento, sino que son engañados y seducidos con "caramelos celestes".

Sin embargo el pentecostalismo no ha sido un azazel, porque su postura proselitista, iconoclasta y comunitarista le ha traído muchas críticas de las ciencias sociales. Entre los distintos marbetes encontramos algunos como: huelga social, opio, escapistas o etnocidas. Por ello hubo propuestas de expulsión de los pentecostales para evitar el holocausto cultural. En el pentecostalismo, existe un síndrome martiriológico que lo hace crecer allí donde es discriminado, perseguido e intolerado. La fustigación lo transforma en un recurso mesiánico- milenarista, cuya ilusión consiste en la inversión de realidad presente. Por ello el discurso pentecostal crece entre los sectores pobres, indígenas, inmigrantes y grupos étnicos discriminados. El pentecostalismo es una religión de los desechados. Frente a esto este movimiento religioso seguirá creciendo en el siglo XXI, no sólo por tener un mercado de consumidores in crescendo, sino que además las crisis económicas, políticas y climatológicas alimentan los vestigios apocalípticos que potencia su discurso escatológico.

Chile es uno de los primeros países de Iberoamérica que contó con un pentecostalismo criollo y este año 2009 cumple su primer centenario y frente a ello nuestra Revista Cultura y Religión ha querido hacer un número temático dedicado al pentecostalismo. Frente a ello presentamos ocho artículos dedicados a pentecostalismo, dos al catolicismo y uno de carácter general

Michael Bergunder señala que la teología pentecostal se expresa por sí misma. En el centro de su atención se encuentran cinco textos (Self, Sepúlveda, Petersen, Johns, Villafañe) referentes a la recepción teológico-liberadora de la Teología de la Liberación latinoamericana. También incluye dos conferencias que son más de principios (Spittler, Robeck), las cuales ayudan a determinar la posición de la Teología de la Liberación latinoamericana al interior de la teología pentecostal moderna.

Otto Maduro, expone que los nuevos inmigrantes latinos en Estados Unidos, encuentran en el Pentecostalismo un juego de "herramientas" socio-religiosas extremadamente útiles para enfrentar y vencer creativamente los obstáculos inherentes a la experiencia de la migración. Esto parece ser especialmente verdadero en el caso de individuos solos y en el de pequeños grupos que se mueven en ambientes donde se encuentran a sí mismos en una situación desafiante o de desventaja, sea ésta económica, cultural, lingüística, legal y/o educacional. Este ensayo describe algunas de las dinámicas desencadenadas a través de tales encuentros entre inmigrantes latinoamericanos e iglesias pentecostales, especialmente en Newark (NJ).

Ignacio Mena, expone que la experiencia de una comunicación directa con el Espíritu Santo constituye un aspecto fundamental de las creencias y prácticas pentecostales gitanas. La circulación y posesión de carismas es fundamental en los contextos de conversión y en la dinámica congregacional. Este breve trabajo se detiene y analiza la apropiación y distribución de uno de los dones carismáticos: el don profético.

Felipe Vázquez intenta relacionar los diferentes modos de morir con las distintas formas de vivir que han percibidos los creyentes pentecostales. Los modelos se construyen con base en las circunstancias y situaciones en que el morir se presenta y de acuerdo con los testimonios que los familiares, hermanos en la fe, amigos y vecinos ofrecen de la vida del ahora difunto.

Manuela Cantón explora la dimensión política inscrita en las prácticas pentecostales que se articulan en torno a la simbólica del Mal. El contexto etnográfico de observación se reparte entre diversas congregaciones cristiano-pentecostales del occidente de Guatemala, cuyo campo religioso se ha visto drásticamente transformado en el último medio siglo debido a la entrada de organizaciones protestantes mayoritariamente afines al pentecostalismo carismático.

Ana Rizo alude a la influencia y atracción que ha ido ejerciendo la Iglesia Evangélica de Filadelfia sobre los gitanos españoles a lo largo de las últimas décadas, profundizando en el caso de los gitanos onubenses. Habla de los orígenes pentecostales y cómo han conseguido modificar, en algunos casos, costumbres romaníes ancestrales mientras han acentuados otras de ellas. Todo ello ha supuesto una pérdida de fieles por parte de la Iglesia Católica, que no dedicó una pastoral específica al mundo gitano hasta los años sesenta del siglo pasado.

Juan Watanabe expone, desde la Teología Pentecostal, la ética del Reino de Dios en el campo social, económico y político como base para la formación de una nueva sociedad o una sociedad alterna más justa. El reino del mundo se caracteriza por la desigualdad social tanto económica y política; exclusión, opresión; competencia tanto económica, religiosa, política; una sociedad consumista, depredadora tanto humana como ecológica, violenta, etc. A este mundo se opone el Reino de Dios, que no es de este mundo, sino es santo, esto es, es totalmente otro.

Verónica Pérez trata de la desvalorización, invisibilidad y negación de la dignidad de la mujer en muchas esferas de la vida social, pero para el caso de la mujer Pentecostal, su trabajo es fundamental para la articulación y crecimiento de las iglesias. Es importante y necesario, señala Pérez, rescatar el quehacer Pentecostal desde lo pequeño, lo cotidiano con sus implicaciones y valor. La mujer explora todas las posibilidades de ejercer sus dones y su liderazgo; se apropia de la fe Pentecostal y ocupa los espacios sagrados dentro de la iglesia: con entusiasmo, creatividad y dignidad, porque se siente hija de Dios.

Bernardo Congote propone la hipótesis de que la concepción básica del laicismo basada en la separación funcional entre Iglesia y Estado, resultaría inválida en el caso del catolicismo merced a su vocación política enredada en los múltiples pliegues de su aparato estatal vaticano. Comienza con una argumentación teórica básica a partir de algunos fundamentos antropológicos sobre lo religioso y profundiza mostrando la conexión entre la catolicidad y los elementos políticos de la estructura del Estado moderno. A manera de caso, el artículo muestra las diversas formas en que opera este fenómeno en la vida política de Colombia dada su importancia entre las naciones catolizadas del concierto ibero americano.

Fabián Bustamante muestra el rol que cumplieron las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) en el proceso de reconstrucción de la sociedad civil ante la violencia política de las dictaduras militares. Para ello, se enfoca en los casos de Chile y Brasil; dos países en la cual estas comunidades generaron espacios para nuevas prácticas de sociabilidad entre los sectores populares, transformándose en un movimiento social de importancia para el retorno a la democracia.

Alexis Sossa, por último, lleva a cabo una exploración sobre las observaciones que realizaron al cuerpo, como fenómeno sociológico, Marx, Durkheim y Weber, asume que es un tema particularmente poco trabajado por estos autores. Luego de abordar estas concepciones, busca señalar los diversos alcances que estos análisis han tenido en la teoría sociológica posterior.