Octubre del 2009

El centenario del pentecostalismo chileno (1909-2009)
Presentación
Miguel Ángel Mansilla
Director
El movimiento pentecostal representa el 75% del universo evangélico-protestante chileno. Este movimiento nació en 1909, es considerado como uno de los más antiguos del continente, y tiene marcadas diferencias del pentecostalismo europeo y estadounidense (Orellana 2006; Sepúlveda 1999). Durante su trayecto de un siglo de existencia, se ha constituido en una expresión religiosa significativa en el país, pasando a ser la segunda fuerza más importante después de la Iglesia Católica. Según datos oficiales del último Censo en Chile, el 15,14 % declara ser evangélico.
Como señala Orellana (2006)(1), la mayor parte de las iglesias pentecostales están compuestas por obreros, trabajadores independientes, microempresarios, campesinos, dueñas de casa, asesoras de hogar, empleados y un número cada vez más creciente de profesionales, lo que la hace una religión del pueblo y explica en parte su crecimiento numérico. Chile en las últimas décadas se ha caracterizado por una modernización del Estado y crecimiento de su economía. Sin embargo, estos cambios no se han traducido en una mejor calidad de vida de los más pobres, evidenciándose en una gran brecha económica entre ricos y pobres. Chile, por su mal distribución de la riqueza, ocupa uno de los primeros lugares en Latinoamérica. Esto es relevante porque las iglesias pentecostales, en su mayoría no sólo están compuestas por personas perteneciente a los estratos socioeconómicos más bajos, sino que además los templos pentecostales están situados en sectores pobres. Esto se evidencia en que las comunas más pobres es donde más crece el pentecostalismo, según el Censo 2002: Lota (57%), Coronel (52%); La Pintana y El Bosque aglutinan igualmente una cifra importante de feligreses que “ronda el 30%”. San Ramón destaca también, pues allí existen alrededor de 200 templos y sólo siete iglesias católicas.
Los pentecostales han producido una “revolución comunicacional” con un centenar de radios en cada ciudad importante de Chile. Existen experiencias de TV locales y la creación de una reciente Televisión Nacional Evangélica (TNE). El primer canal de TV evangélico con cobertura nacional puede ser sintonizado en 24 ciudades en todo el país (Mansilla 2009)(2).
Por otro lado también se ha pasado de la “huelga social” (señalado por Lalive, d´Epinay 1968)(3) a una conciencia, un compromiso social, produciendo una “responsabilidad social” religiosapor sus distintos programas de atención social, tales como comedores abiertos y repartición de alimentos a la gente indigente; hogares de rehabilitación de drogas; hogares de menores; hogares de ancianos; entre otros. Los pentecostales vienen trabajando en cárceles y hospitales desde 1930. En los hospitales tienen un voluntariado llamado las Damas de Blanco desde el año 1985. En la Penitenciaría de Santiago, de un universo de 6 mil internos, unos 1.500 profesan la religión protestante- evangélica, principalmente pentecostal. Lo sorprendente de este trabajo social es que los recursos provienen de los mismos creyentes, y sin ayuda del Estado ni de las empresas.
Los pentecostales administran distintos programas de prevención de drogas con CONACE (Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes) en distintas ciudades, por medio de formación de monitores. Poseen un centenar de colegios privados (de Educación básica y Media); programas de alfabetización dirigidos a la tercera edad; reforzamiento escolar y preuniversitario. Se ha logrado tener capellanes en cada una de las ramas de las fuerzas de orden y seguridad, y la población de suboficiales también ronda el 30%. En la sede de Gobierno (La Moneda) también hay una Capellanía Evangélica a cargo de una pastora pentecostal. Y a contar del año 2008 hay un día nacional y feriado Evangélico y Protestante: el 31 de octubre.
Por otro lado, también el pentecostalismo ha constituido una cultura religiosa propia. Ha sido y sigue siendo la religión de los pobres; pero a diferencia de lo que muchos creen, no encierra a los pobres en sus templos sólo para orar, ayunar y hacer vigilias, sino que estos ritos se han transformados en recursos simbólicos, para resistir y superar la pobreza. Así lo expresan miles de testimonios; sin embargo pocas investigaciones muestran estos aportes. Los testimonios dan cuenta de la rehabilitación de alcoholismo y drogadicción, así como un ethos pentecostal vinculado a la temperancia sobre el alcohol y abstencionismo ante la droga y el cigarro; una valoración positiva al trabajo; rechazo a la pobreza como destino o voluntad divina; y resignificación del dolor y el sufrimiento. Estos valores religiosos están presentes en el protestantismo misionero, pero el pentecostalismo los lleva a los sectores populares, los anuncia en el lenguaje del pueblo y es predicado por predicadores populares, por ello es efectivo.
De esto y otros aspectos más, no tratado hasta ahora en otras publicaciones, es lo que hemos querido hacer en este N° dedicado al Centenario Pentecostal Chileno:
El artículo de Leonildo Silveira presenta un trabajo inédito dedicado a Emilio Willems quien realizó un trabajo pionero del pentecostalismo brasileño y chileno en el año 1967. Silveira, señala que el trabajo de Willem se centra en el impacto del tránsito que vivió Brasil, de lo rural a lo urbano, que posibilitó la aparición de un pluralismo religioso y de una religión interiorizada. El crecimiento del número de protestantes, especialmente de pentecostales, estaría ligado al proceso de modernización de la sociedad latinoamericana. Este artículo resulta muy significativo, ya que Willems es muy conocido y citado, pero sus trabajos son desconocidos en Chile.
Miguel Ángel Mansilla hace un análisis de los cuarentas años de investigación socioantropológica del pentecostalismo chileno englobado bajo tres grandes modelos teóricos, que caracteriza como teorías apocalípticas; culturalistas y de la secularización. Estos modelos teóricos, señala Mansilla, han abordado al pentecostalismo, tanto positiva como negativamente, como un grupo religioso de transformación individual y social. Los cuarentas años de investigaciones del pentecostalismo han derivado en una clara disminución de las investigaciones, sobre todo a partir de la segunda mitad de la década de 1990 y que se estanca a contar de los años 2000.
Evguenia Fediakova y Cristian Parker señalan que desde el restablecimiento de la democracia en Chile la presencia de evangélicos en la sociedad es cada vez más notoria. Los hábitos cívicos que forman comunidades religiosas en sus participantes, junto con un eventual aumento de su nivel socioeconómico y educacional, transformarían a los evangélicos en una “ciudadanía cultural”, es decir, en una minoría reconocida, completamente insertada en la sociedad democrática y pluralista.
Oscar Corvalán hace un balance del crecimiento de los evangélicos en Chile sobre la base de los datos censales. El estudio realizado se pregunta sobre cuáles serían las características socio-demográficas de los pentecostales y los factores limitantes al crecimiento histórico, durante un siglo, de los pentecostales chilenos, ofreciendo hipótesis sobre la relación de pentecostalismo y sectores socialmente desfavorecidos.
Martin Lindhardt explora la complejidad de la política del género femenino y masculino dentro de los Pentecostales, basado en el contexto etnográfico de una iglesia que categoriza como iglesia Pentecostal “tradicional”. Este artículo argumenta que una de las contribuciones más significantes del Pentecostalismo en relación a los procesos culturales tanto en Chile como en América Latina, es producir transformaciones de género en las esferas privadas, redefiniendo así prioridades económicas y las relaciones entre los géneros.
Zicri Orellana ofrece una reflexión sobre la participación de las mujeres en el mundo pentecostal, haciendo una lectura desde la teoría de género, fundamentalmente en la relación masculino/público-femenino/privado que propone la idea de que los espacios se jerarquizan, otorgando mayor prestigio a lo masculino. Ofrece un análisis sobre la participación femenina pentecostal, la que destaca significativamente por sobre la masculina, no obstante estas son excluídas de la toma de decisiones. Sin embargo, a pesar de esta exclusión, este espacio comunitario-femenino, pareciera servirles a las mujeres para tolerar la difícil realidad que significa vivir en zonas de pobreza y marginalidad.
Cristian Guerra señala que el canto de la comunidad pentecostal en Chile constituye una instancia de articulación de la temporalidad en términos de un tiempo relatado o narrado, conforme a las ideas de Paul Ricoeur. Pero al mismo tiempo, expone una diferencia en esta articulación entre la época del avivamiento de 1909 y los años posteriores a éste, una diferencia que se relaciona tanto con distintos tipos de canto pentecostal, principalmente el canto glosolálico y el canto de himnos, como con el cambio de la creencia en un fin inminente a un fin inmanente del tiempo.
Angélica Barrio estudia los cánticos denominados “coritos” como elemento que pertenecen a la liturgia pentecostal clásica. Etas construcciones musicales y poéticas poseen una autoría anónima y representan al imaginario de la colectividad religiosa de las primeras generaciones pentecostales del país. En el propósito de analizar los elementos imageneológicos que subyacen en el contenido de sus letras, señala Barrios, que los coritos son signos de una comunidad profesante que expresa sus experiencias vitales y la relación con la divinidad a través de un discurso que interpreta, reordena las vivencias y elementos de la memoria, otorgando sentido e identidad al grupo religioso.
Ana Guevara reflexiona sobre la presencia de las Iglesias pentecostales en territorio mapuche utilizando testimonios de dos dirigentes, que habitan la zona rural. Propone además a la Iglesia evangélica como un nuevo centro de formación de dirigentes políticos y religiosos, espacio eclesiástico desde el cual se construye un “Universo de verdad pentecostal”, desde el cual se vive e interpreta el entorno cercano. El ritual del Nguillatún se presenta como el espacio por excelencia de la definición y construcción de “lo mapuche” y como un espacio de tensiones entre los evangélicos y no-evangélicos.
Rodrigo Moulian señala que la identidad pentecostal se inscribe en el cuerpo de los fieles en la forma de sensaciones, emociones, manifestaciones sintomáticas, experiencias extáticas, de modo que, literalmente, el verbo se hace carne en los participantes del culto. En términos psicodinámicos, la “entrada en el espíritu” o “unción espiritual” se conceptualiza como un proceso de disociación somatomorfo, porque supone una escisión de las funciones de la conciencia –marcado por la pérdida del autocontrol y experiencias de posesión– y se presenta acompañado de manifestaciones somáticas.
Deisy De La Luz presenta un estudio de caso del pentecostalismo clásico mexicano ubicado en las primeras cuatro décadas del siglo XX. A través del estudio de la Iglesia de Dios en la República Mexicana, da a conocer el impacto social que este movimiento religioso tuvo en la sociedad del momento. Explica la inserción, el surgimiento y desarrollo del movimiento pentecostal como parte del protestantismo en México en función del sentido y práctica social de su prédica. También identifican a los individuos que impulsaron el pentecostalismo en México, así como su ideario social, moral, espiritual y ético.
Pablo Garcías aborda sobre el fenómeno religioso de la Fiesta de La Tirana. Desde fines del siglo XIX la fiesta de Tirana, puede ser definida como: una compleja red de relaciones, de distintos orden y grados de interés; entre los que destacan el económico, el fiscal y el religioso, firmemente establecidas y cimentadas, lo que nos permite suponer que detrás de la fiesta ya operaba una compleja organización o industria cultural, en este caso religiosa.
Fabián Bustamante aborda, desde el ámbito historiográfico, la experiencia de una comunidad de base carismática católica durante la dictadura militar en la población Manuel Rodríguez, entre los años 1973 a 1983; además de pesquisar cómo esta pequeña comunidad eclesial carismática de base enfrentó a la dictadura mediante un nuevo tipo de convivencia que articuló a los pobladores de la Villa Manuel Rodríguez entre los períodos señalados.
Samuel Silva habla sobre la problemática del celibato en la Iglesia Católica hoy, debido a la existencia de los sacerdotes casados organizados en federaciones a través del mundo, la existencia de movimientos de monjas y teólogas católicas que demandan la ordenación de la mujer al sacerdocio, el problema gigantesco de la pedofilia en el clero y la creciente presencia del homosexualismo entre el clero. Silva hace uso de testimonios y documentación de las autoridades de la iglesia y los especialistas católicos sobre estos asuntos para presentarlos y se añade una bibliografía comentada para el continuo estudio e investigación de estos.
Luis Cruz-Villalobos vincula Poesía, Sufrimiento y Misión, en donde brevemente intenta articularlas, o más bien, descubrir su articulación existente, ver su interrelación profunda, la danza que ha surgido entre ellas en la existencia humana. Cruz- Vilalobos, comienza con la experiencia del dolor personal, para luego vincularlo con la relevante expresión poética.
Adam Barkman explora la idea de lo espiritual en la cultura otaku, en primer lugar, dilucida el eros de Platón y lo numinoso de Rudol Otto, y luego, en segundo lugar, mediante el examen de algunos ejemplos de anime y manga, dos de los objetos más sagrados de la cultura Otaku, vinculado desde una experiencia personal y el atractivo religioso descrito desde lo misterioso, irreductible y espiritual.
(1) Orellana, Luis (2006). El Fuego y la Nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile 1909-1932. Ceep Ediciones. Concepción- Chile.
(2) Mansilla, Miguel (2009). “De la caja del diablo a la caja de Dios: El neopentecostalismo chileno como iglesia electrónica”. En Revista PentecoStudies, vol. 8, no. 1. European Research Network on Global Pentecostalism (GloPent), pp 1-36.
(3) Lalive, Cristian. 1968. El refugio de las masas: estudio sociológico del protestantismo chileno. Santiago de Chile: Editorial Pacífico.
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