Octubre del 2009

Somatosemiosis e identidad carismática pentecostal1(1).
Somatosemiosis Pentecostal and charismatic identity.
Rodrigo Moulian Tesmer(2)
Recibido el 02-06-09
Aceptado el 22-09-09
Resumen
La identidad pentecostal se define por la experiencia de la alteridad espiritual, lo que en el evangelismo carismático se denomina el “sello del Espíritu Santo” que bautiza con su poder. Las señales de su presencia se inscriben en el cuerpo de los fieles en la forma de sensaciones, emociones, manifestaciones sintomáticas, experiencias extáticas, de modo que, literalmente, el verbo se hace carne en los participantes del culto. En términos psicodinámicos, la ‘entrada en el espíritu’ o ‘unción espiritual’ se conceptualiza como un proceso de disociación somatomorfo, porque supone una escisión de las funciones de la conciencia –marcado por la pérdida del autocontrol y experiencias de posesión– y se presenta acompañado de manifestaciones somáticas.
En la perspectiva pentecostal, es el Espíritu Santo quien toma dominio de las acciones de los creyentes y se expresa a través de su corporalidad, llenándolos de gozo, produciéndoles una sensación de plenitud y sentido de certidumbre. Se trata, por lo mismo, de un mecanismo eficaz para enfrentar las crisis vitales. La disociación tiene efectos integradores. El éxtasis sagrado confirma la doctrina eclesial, funda una comunidad mística y ofrece un principio de identidad que abraza las diversas dimensiones de la vida del individuo. En este artículo abordamos el papel de cuerpo como materia significante de este proceso transformador.
El análisis de la somatosemiosis muestra al pentecostalismo como un caso ejemplar de construcción social de la subjetividad, donde las representaciones culturales aparecen encarnadas, articulando el sentido en los procesos de crisis, disociación y reintegración del yo.
Palabras claves: cuerpo, pentecostalismo, identidad pentecostal, música
Abstract
The pentecostal identity is defined by spiritual alterity experience, which in charismatic evangelism is called the seal of Holy Spirit, who baptises with power. The signals of the presence are registred in the worshipper’s body in form of sensations, sintomatic expressions, extatics experiences in such way that, literally, among participants of the cult, the verb becomes flesh. In psychodynamical terms, the ‘arrival of Holy’ or ‘spiritual ointment’ is conceptualized as a somatomorphic dissociation process, because it supposes a split of conscience functions -marked by the loss of selfcontrol and possession experiences- and includes somatics expressions.
In pentecostal perspective, the Holy Spirit is the one who takes control of belivers’s actions and is self expressed by their corporality, filling them whit enjoyment, fullfilment sensation and sense of certainty. For the same, it is an efficient mechanism to face life’s crises. The dissosiation has integration effects. The sacred extasis confirms church’s doctrine, founds mystical community, and offers an identity principle that embrace diverse dimenssions of individual’s life. In this paper we approach the place of body as significant of this process of change.
The analysis of semiotics of flesh shows pentecostalism as paradigmatic case of social construction of subjectivity, where cultural representations are infleshed, mediating the sense in the process of crisis, dissociation and reintegration of self.
Keywords: body, Pentecostalism, pentecostal identity, music
Cuerpo e identidad pentecostal
La identidad carismática se define, paradójicamente, a partir de la alteridad espiritual. El carisma es un don de la gracia divina, que se ofrece como bien trascendental. Esto tensiona las concepciones inmanentes de la identidad, puesto que el principio de especificación es aquí la superación de los límites naturales del sujeto. Fenomenológicamente, la identidad carismática se funda en una experiencia de comunión mística en la que la realidad divina se vive en carne propia. Se trata, al menos en términos nominales, de una experiencia enajenada, puesto que no depende de la propia voluntad, sino de la acción divina. Sus manifestaciones pueden suponer una pérdida en la capacidad del autocontrol del sujeto, en manos de una fuerza sobrenatural que lo domina; también una sensación de disolución de los límites individuales en el espacio infinito de la realidad divina. Así lo vemos en el evangelismo pentecostal, el principal movimiento carismático de nuestro país, compuesto por cientos de iglesias y ministerios que, como en el episodio del Pentecostés (Hechos 2, 1-4), buscan la presencia del Espíritu Santo. La subjetividad extática que le caracteriza se construye en su liturgia sobre la base de una religiosidad encarnada.
Estigmatizado, poseído, restaurado, ungido, el cuerpo tiene un lugar central en el culto, como escenario de una disputa sobrenatural de alcances cosmológicos. Para los pentecostales, la corporeidad es espacio predilecto de intervención de las fuerzas malignas, que seducen los sentidos ofreciendo placer o los perturban por medio de la enfermedad y dolor. También es campo ministerial donde actúa el Espíritu Santo, quien administra su gracia y distribuye dones sobrenaturales. La cosmovisión dualista que caracteriza al pentecostalismo se presenta en la antinomia de la carne y el espíritu, que en su perspectiva está correlacionada con los planos del mundo (lo mundano) y la temporalidad, opuesto a lo trascendente y eterno. Estos elementos aparecen como caminos que se bifurcan, conduciendo el primero y más ancho hacia la perdición y el segundo, más angosto y difícil de recorrer, hacia la salvación. Porque, como predica la doctrina, aun existiendo en un cuerpo carnal, los pentecostales no viven para la carne sino para el espíritu y esperan hacer del suyo un cuerpo espiritual. Quienes eligen esta opción deben superar numerosas pruebas que dispone Dios y obstáculos y tentaciones que siembra el Diablo. La confrontación entre los principios universales del bien y el mal, personificada en estas figuras, hace de la corporalidad un campo de batalla, cuyos embates se representan dramáticamente en el culto. Las manifestaciones somáticas que experimentan los fieles se emplean como materia significante en procesos semióticos con los que se significa la experiencia, desde una perspectiva religiosa. Su práctica interpretante es lo que llamamos la ‘somatosemiosis’.
Los síntomas, las sensaciones, las emociones constituyen signos indexales que refieren a las entidades sobrenaturales. El cuerpo es pieza fundamental de la ‘retórica de la presencia’ en el culto pentecostal (Moulian 2007), como denominamos al conjunto de los procedimientos comunicativos a través de los que las fuerzas numinosas entran en la escena litúrgica. Poewe (1989) llama a esto la estructura metonímica de la experiencia carismática, porque la identidad sagrada se revela por sus efectos. Así, la vivencia somática nos lleva hacia el interpretante que se tiene como causa. Los ‘estigmas de posesión’ y el ‘éxtasis del don’ son dos de sus expresiones polares. El primero de estos conceptos alude a las señales de la acción de los espíritus malignos en el cuerpo. La presentación de malestares, afecciones y dolencias, que pueden incluir la pérdida del autocontrol, y cambios en la personalidad correlacionados a conductas antisociales, escatológicas, sexuales y la pérdida del juicio ético son considerados signos de la acción del Diablo. Éste puede llegar a tomar dominio de los cuerpos.
El segundo concepto designa a los episodios de trance místico, estados de goce interior por el contacto con el Espíritu Santo y el despliegue de capacidades paranormales entre los fieles, que se tienen como signos de la presencia de Dios. En la trasformación de las percepciones físicas y anímicas de los participantes se representa la dialéctica espiritual. El rito pentecostal es una instancia catártica que ofrece una experiencia restauradora, conduciendo a los participantes desde las sensaciones de enfermedad y dolor al gozo divino y bienestar. El bien y el mal se muestran así como principios opuestos, pero complementarios, cuya especificidad se define en su contrastación, formando parte de un mismo sistema de valores, en el sentido saussuriano del término (Saussure 1986)
El cuerpo en búsqueda de sentido
El pentecostalismo se caracteriza por la búsqueda de la experiencia enteógena, donde Dios se presenta en la vivencia propioceptiva de los fieles. La capacidad de participar de su gracia y poder distingue a la identidad carismática. Es lo que sucede, de manera paradigmática, en el día del Pentecostés, del que este movimiento toma su nombre, cuando se posaron llamas sobre las cabezas de los apóstoles y éstos hablaron en lenguas extrañas. La imagen flamígera del fuego transformador representa metafóricamente al Espíritu Santo, por su carácter portentoso, que quema, purifica y renueva. El culto es, por lo tanto, espacio de estremecimiento y quebranto, pero también de sanación. Dios, igualmente, es concebido como un ‘río de agua viva’, que viene a saciar la sed y satisfacer la necesidad. Anunciado como el ‘doctor de doctores’ y ‘médico celestial’, que todo lo puede, calificado como ‘gran consolador’ su intercesión se propone como vía de solución de problemas físicos, anímicos y sociales. “Dios está aquí, pide lo que quieras. Él te lo dará”, es una de las ideas fuerza de su discurso ritual, entonada en los himnos, retomada en sus prédicas, confirmada en los testimonios.
El culto se considera una instancia de ‘administración espiritual’, como se denomina a la intervención divina sobre los requerimientos individualizados de los fieles. El ritual asume, por lo tanto, una orientación pragmática. Por lo mismo aparece como una alternativa para enfrentar las crisis vitales. La noticia de manifestaciones sobrenaturales, hechos milagrosos y prodigios divinos atrae a quienes padecen situaciones que escapan a su control. Entre las motivaciones predominantes de los neófitos se encuentran manifestaciones sintomáticas, y la percepción de enfermedad. La experiencia de sanidad, en tanto, aparece en los testimonios como principal causa de conversión. La presencia de malestares persistentes, síntomas crónicos o intensos a los que los médicos no encuentran explicación ni ofrecen respuesta, el diagnóstico de males graves o incurables lleva al culto a quienes los padecen, en búsqueda de alternativas de sanación. El culto se vuelve así receptáculo natural de situaciones o trastornos de somatización.
La liturgia pentecostal constituye un texto ritual encarnado (Moulian 2008). En ella los cuerpos son medios de enunciación –a través de los que se revela la presencia de las entidades sagradas– a la vez que destinatarios de la acción simbólica, que busca su transformación. En el proceso de comunicación ritual podemos ver un doble emplazamiento de la corporalidad: la inscripción del cuerpo en el rito, en un procedimiento que podemos llamar de ‘incorporación’, y la inscripción del texto en el cuerpo, en un movimiento que proponemos llamar de ‘encarnación’. En el culto presenciamos el enunciado de la acción ritual desde unos cuerpos que coadyuvan a la modificación de otros o los propios cuerpos. Desde el comienzo del servicio religioso, los encargados apelan a las necesidades de los asistentes y cifran sus expectativas: “Usted que ha venido enfermo, cansado, abatido o compungido, usted que se encuentra sufriente y adolorido, aquí encontrará a un Dios de poder, un Dios vivo para quien nada es imposible”.
Desde el púlpito, los oficiantes invitan a presentarle sus angustias y dejar en las manos del Todopoderoso sus problemas. Los desequilibrios físicos ponen en escena de manera manifiesta o latente los síntomas. Las necesidades imperiosas, las frustraciones personales, los conflictos psíquicos o relacionales traen de la mano sus correlatos afectivos. En los testimonios que hemos escuchado se repiten las referencias a sentimientos como la soledad, la pérdida del sentido de la vida, la desesperanza y tristeza. El culto se ofrece como un espacio de administración de las emociones.
Dios se considera aquí como un padre todopoderoso protector, pero a la vez severo. Los pastores llaman a los asistentes a humillarse frente a él e invitan al ‘quebrantamiento’. Lo primero implica la adopción de una actitud de sumisión frente a al Señor, con la que se reconoce un carácter dependiente y subordinado del hombre frente a la sobrenaturaleza creadora, a la que éste se debe. Lo segundo, supone el debilitamiento de los mecanismos de defensa del yo, para dar lugar a la libre expresión de las emociones, en las que se dejan ver los estados afectivos que los concurrentes llevan al culto. A su entrada al templo, los fieles acostumbran a postrarse frente al púlpito en señal de veneración y sometimiento a la autoridad divina, a la que se entregan; para ello se arrodillan e inclinan el tronco hasta que su rostro queda enfrentado al suelo. Los devotos quedan, literalmente, tendidos ‘a los pies de Dios’, sumidos en una comunicación íntima con aquél. El gesto sirve como mecanismo de demarcación, que señala la disposición de los participantes y marca su incorporación a la trama litúrgica.
La oración comporta, igualmente, una actitud de recogimiento mental y corporal. Los concurrentes se hincan frente a sus bancas, inclinan su cabeza y cierran sus ojos para concentrase en la plegaria. Para los pentecostales, ésta es la ocasión para presentarse ante Dios y entregarle sus problemas. Expuesto en sus términos, ‘van a dejar las cargas’. La plegaria asume la forma de clamor público. Se trata de una manifestación colectiva, pero de ejecución personalizada, en la que cada cual ora –habitualmente en voz alta y de manera vehemente– por sus necesidades. La experiencia suele asumir un efecto catártico, liberador de las emociones. En ella es habitual el llanto, que en la perspectiva carismática es señal de quebrantamiento e indicador de la presencia del Espíritu Santo, que ha tocado los corazones de los participantes. Las emociones actúan como instancias mediadoras donde se articulan los estados corporales, las representaciones sociocognitivas y la expresividad, permitiendo desplazamientos bidireccionales entre estas múltiples dimensiones.
La memoria somática se puede activar a partir de la evocación de las situaciones que disparan la emoción o del enunciado de los gestos que la expresan. De esta forma, en los cultos suelen actualizarse los estados angustiosos propios de las crisis o conflictos vitales que enfrentan los concurrentes, asociados al derramamiento de lágrimas, que es la respuesta fisiológica natural para su administración. Se suele ver a los participantes llorando de manera profunda, siguiendo a la tipología elaborada por Palchik (2007), con gemidos, respiración entrecortada, pérdida de la sensación corporal y contracción muscular. Ello conduce a los dolientes a un estado de relajación, interpretado como obra del Señor.
El cuerpo en trance: poiéticas del significante
No obstante, lo distintivo de la identidad carismática es la capacidad de gestionar estados disociados y/o ampliados de conciencia, que conducen a una experiencia transpersonal (González Garza 2005). El concepto de disociación designa a la alteración de la percepción, memoria y/o identidad (Seligman y Kirmayer 2008), y –por lo tanto- del acceso y procesamiento de la información, que puede presentarse asociado a fenómenos somatomorfos (Nijenhuis 2004), caracterizados por la pérdida del control corporal. La disociación es una escisión de la conciencia. Estos estados se producen como mecanismos de defensa ante situaciones traumáticas que resultan dolorosas de recordar; en instancias rituales como la de culto pentecostal, programadas culturalmente, donde proveen una vía de acceso a lo numinoso; y se dan de modo habitual en la vida cotidiana en actividades donde se focaliza la conciencia. Cuando se expresan en forma intensa y duradera pueden configurar cuadros psicopatológicos; no obstante, resulta normal su manifestación episódica en el estado de vigilia, característico –por ejemplo– en la absorción de la atención en tareas que exigen concentración. Así ocurre en la oración pentecostal, en la que se recogen los fieles, quienes se postran en el suelo con los ojos cerrados y dirigen su reflexión a Dios. La plegaria supone un repliegue de los sentidos al interior y una focalización intelectiva en la enunciación del discurso. Este vuelco sobre sí mismos, favorece la activación de las emociones que constituyen formas de percepción dirigidas internamente (Solms y Turnbull 2005).
Entre los fenómenos vinculados a la rogativa se encuentra la automatización de la oración. Algunos testimonios dan cuenta de la pérdida del control del propio discurso, que tiende a ejecutarse de un modo autónomo, como si existiera un programa de control externo. “Es como si la oración tomara control de uno”, señala un fiel. Otros informan la proyección de una luz blanca interna en la zona visual y prefrontal. Es lo que los pentecostales llaman ‘el manto divino’. Es interesante señalar que la presencia de destellos luminosos se encuentra entre los síntomas distintivos de la epilepsia temporal que se vincula, igualmente a sentimientos de hiperreligiosidad (Rubia 2007).
La presencia de movimientos espasmódicos en los fieles, es otro síntoma que nos recuerda a esta enfermedad. Las actividades involuntarias en la expresividad kinésica y lingüística pueden ser comprendidas como manifestaciones de disociación somatomorfa, toda vez que ellas escapan al control volitivo. Dado que estos fenómenos se alejan de los estados de conciencia habitual, se prestan para una lectura desde una lógica alterna. Su carácter para–normal incita la búsqueda de explicaciones. Su potencial heurístico es lo que denominamos poiética del significante, que nos mueve a la búsqueda de sentido. En la perspectiva pentecostal, esta evidencia sintomática es señal inequívoca de que el Espíritu Santo comienza a actuar en sus vidas.
Así sucede, por ejemplo, con el ‘don de lenguas’ o glosolalia (hablar oscuro), cuyo modelo es el episodio del Pentecostés. Éste constituye uno de los emblemas de identidad del pentecostalismo y, en nuestro país, se presenta como uno de los dones espirituales mas extendidos. Goodman (1974) circunscribe a ésta en el campo de los estados alterados de conciencia y la califica como una forma de disociación hiperactiva. En contraste, Kavan (2004) plantea que se trata de un comportamiento voluntario adecuado al contexto y discute que implique la alteración de la conciencia. A nuestro entender, si bien en ocasiones ésta aparece como una conducta intencionada, en otras se inscribe dentro de la experiencia extática. Cuando así sucede, habitualmente se encuentra precedida del ejercicio sostenido de la oración, acompañada de una intensa actividad kinésica, rodeada de expresiones emotivas, entre las que irrumpe las lenguas extrañas, asociadas a sensaciones somáticas como las de aumento de temperatura corporal, traspiración, ardor de garganta, lo que para los pentecostales es el fuego del Espíritu.
La glosolalia se puede presentar en forma de frases ininteligibles intercaladas en medio de oraciones o alocuciones rituales; puede constituir un discurso extenso, presentarse en forma de canto o diálogo. El carácter conspicuo de la expresión y el extrañamiento del sentido, destacan su carácter paranormal. La opacidad del discurso sitúa la atención en el plano del significante y hace que el significado se quede en el propio acto de enunciación. Los galimatías verbales se consideran lenguas angélicas o un don y manifestación del Espíritu Santo. Son significantes de poder, señales de la presencia divina. Por lo mismo, suelen ser empleadas por pastores y evangelistas como argumento que añade fuerza ilocutiva a sus intervenciones, favoreciendo la eficacia simbólica. La incongruencia lingüística es una forma económica de señalar la alteridad espiritual, pero la sustancia fonética supone también una presencia somática. La fenomenología de la experiencia y la expresividad kinésica son elementos coadyuvantes que potencian la capacidad comunicativa de la enunciación. Con ellas desde el teatro del cuerpo nos desplazamos hacia el escenario del templo, donde se hace pública la presencia sobrenatural.
La música es otra de las formas de avivamiento del espíritu, pero que transita un camino inverso, desde el espacio sociocomunicativo a lo íntimo. Ésta constituye uno de los principales componentes de la liturgia. Los pentecostales practican la música coral, animada por un grupo de instrumentistas, pero acompañada en el canto por el conjunto de los asistentes. La ‘administración musical’ se considera en algunas iglesias un don divino y se trata de una cualidad necesaria para los administradores del coro. Por ésta se entiende la capacidad de adecuar la interpretación a las situaciones emergentes en el culto, de modo de generar el ambiente sonoro propicio a los momentos de adoración, presentación de testimonios, formulación de llamados, activación de dones y derramamiento espiritual. El ambiente sonoro marca el pulso de la acción y juega un papel central en la gestión de los estados de ánimo individuales y colectivos. Su efecto es envolvente. De ella no es posible sustraerse. La iglesia se muestra aquí como un cuerpo social vibrante y emotivo. Las líneas melódicas y los patrones rítmicos conducen al pueblo de Dios desde los sentimientos de intimidad e interioridad a la expresividad y extroversión de la fe; desde la quietud de la adoración a la exaltación del avivamiento.
La música es un medio de adoración colectivo que contribuye a la encarnación de lo sagrado. Si bien se trata de un ejercicio de expresión corporativo, su enunciación es una actividad corporizada. Cantar es un ejercicio físico que supone un compromiso toráxico y abdominal para el control de la columna de aire, y suele envolver al conjunto del cuerpo en un movimiento acompasado. El uso predominante de líneas melódicas rápidas y ritmos marcados genera un ambiente sonoro vivificante, contagia energía. Por momentos los cultos se vuelven una fiesta. La música contribuye a la producción de endorfinas que generan sensaciones de bienestar y placer. Esto es considerado por los pentecostales una manifestación del gozo espiritual. En tanto, el entusiasmo que los fieles ponen en la interpretación del canto es leído como una señal de avivamiento. De acuerdo a su enseñanza, además que con entendimiento, el canto debe ser ‘con espíritu’, puesto que se trata de una forma de comunicación que busca agradar a Dios. Por ello asumen el ejercicio coral con pasión, marcada por la intensidad sonora, un fuerte despliegue gestual y demostraciones de emotividad. En este ambiente de efervescencia, algunos fieles irrumpen en llantos, otros claman a Dios y comienzan a hablar en lenguas.
La adoración musical también es el espacio de activación de la danza, como significante del poder divino. Si bien en algunas iglesias se considera que ésta no es más que un adorno del culto, otras la aprecian como don sobrenatural, que conduce a los fieles al gozo, y un medio por el que se manifiesta el Espíritu Santo. Durante nuestra experiencia de campo, numerosas veces hemos sido testigos de este tipo de episodios, donde la danza se presenta bajo una forma extática, cuyos protagonistas informan de experiencias disociadas. De acuerdo a sus testimonios, la dirección del movimiento se encuentra más allá de su voluntad, en una fuerza externa que se apodera de ellos y los guía. Sus cuerpos saltan y se desplazan al ritmo de las alabanzas y los coros de avivamiento, describiendo una coreografía de pasos regulares y movimientos armónicos, en el marco de un equilibrio aeróbico. No obstante, en ocasiones la energía desplegada y la dificultad de los movimientos superan los parámetros normales, en un impulso que parece incontenible y se extiende más allá de los límites de la música. Los cuerpos continúan oscilando en medio del silencio. Es interesante señalar que entregarse al baile supone la focalización en la conciencia corporal –una forma de experiencia disociada–, volcada al interior, para alcanzar el equilibrio y armonía entre los movimientos y la música. La danza es aquí una vía de textualización del cuerpo, que se hace señal de la presencia de Dios, que se mueve en el templo, para regocijo de los ejecutantes y admiración de los presentes.
De la vivencia significante al cuerpo significado
La trama de la liturgia pentecostal consiste en la propiciación, invocación y avivamiento del Espíritu Santo para que éste obre en el culto. Las manifestaciones de los dones espirituales preparan el ambiente para que la tercera persona divina actúe sobre la vida de los hombres. Desde la corporización de las representaciones sagradas nos desplazamos hacia la encarnación textual. Si bien la lectura de la palabra, tiene una posición central en el culto, el clímax se encuentra en la imposición de manos a los enfermos y necesitados, a través de los que se produce la ‘unción espiritual’ o ‘administración del Espíritu Santo’. Quienes concurren ante el llamado de pastores y evangelistas, habitualmente han agotado los medios humanos para hacer frente a sus carencias y angustias, y se entregan a las manos de Dios en busca de ayuda.
El sólo hecho de dar un paso al frente de la asamblea para recibir la unción ante el estrado, señala su situación, define la disposición afectiva y horizonte de expectativas de los participantes. La acción ritual se plantea aquí como una confrontación contra los espíritus malignos que dañan el cuerpo y afectan la vida de los requirentes. La estructura de la intervención es dramática. Los oficiantes obran en el nombre de Dios y a través de la gracia divina, de modo que ellos sólo son sus ‘instrumentos’. El Espíritu Santo actúa por medio de sus manos. Las sensaciones que los destinatarios experimentan al momento de la imposición, son interpretadas como señales de la obra sobrenatural en sus cuerpos. Se da aquí lo que Csordas (2002) denomina los estados de ‘atención somática’, que en este caso supone la búsqueda, en el campo propioceptivo, de las evidencias que confirman las propias expectativas.
La entrada de una corriente de calor en el organismo, una sensación de escalofrío que recoge el cuerpo, una pequeña descarga de corriente eléctrica sobre la piel son algunas de las expresiones perceptivas confirmatorias de la acción divina, de las que dan testimonio los fieles. Su análisis lo podemos hacer en primera persona, porque la compresión del papel que juegan estas manifestaciones somáticas en la lectura del culto se encuentra anclada en la propia experiencia de la sanidad pentecostal. Hace algunos años atrás, mientras investigaba las mediaciones rituales del culto pentecostal comencé a experimentar agudos dolores de cabeza y episodios de insomnio, asociados a un exceso de carga de trabajo. Temí verme afectado por un derrame cerebral, pero este nunca llegó y un dolor punzante en el cerebro fue mi compañía durante buena parte del trabajo de observación participante. Entonces pude vivenciar los mecanismos de implicación ritual de su liturgia.
Al escuchar el discurso de los oficiantes, en alusión a la enfermedad y necesidad, quien se encuentra en una situación de vulnerabilidad inevitablemente se pregunta: ¿será a mí a quien le hablan? La latencia del síntoma, el sentir la epidermis tomando la forma de piel de gallina como respuesta a esta interpelación, el verse orando por la propia vida, por el destino de las hijas pequeñas en caso de desgracia, el sentir en medio de la plegaria que algo sale de la cabeza y luego una sensación de alivio, iluminaron mi comprensión del proceso de sanidad. En diversas ocasiones experimenté cambio en las manifestaciones sintomáticas en el contexto ritual, lo que para el creyente constituiría una obra de sanidad. En mi caso, el síntoma reaparecía, hasta que finalmente llegó el milagro pero de un modo mucho más prosaico: la constatación vía escáner de que no existía ningún problema neurológico hizo desaparecer de modo inmediato y definitivo mi dolencia, que de acuerdo al especialista se originaba en la presión de los numerosos músculos que se ubican en el cuero cabelludo, producto del estrés.
Para los asistentes a los servicios pentecostales, que generalmente no tienen posibilidad de acceder a especialistas ni costosos exámenes, la experiencia del culto resulta una eficiente alternativa terapéutica para los problemas de somatización. En nuestra estrategia investigadora, la propia experiencia fenomenológica se ha vuelto a partir de entonces una herramienta de indagación. Junto a la observación participante, el registro fotográfico y audiovisual de rituales, las entrevistas en profundidad, empleamos la técnica de la inmersión total, intentando vivir –por momentos– directamente la experiencia religiosa carismática. En este proceso, hemos vivenciado la oración automática, la imagen de una luz interna, que se nos ha aparecido como una puerta hacia otra dimensión, asociada a sensaciones de paz y gozo interior, que casi nos lleva al llanto de felicidad.
En términos neurofisiológicos esto se explica por una baja de la actividad de ciertas zonas del lóbulo parietal (Newberg, d'Aquili y Rause 2001) que controlan la percepción somatosensorial, haciendo que la sensación de los límites del cuerpo desaparezca. El resultado es un sentido de integración a una fuerza universal. Denominamos ‘poiética de la corporalidad’ a este tipo actividad somática que suscita interrogantes y estimula la elaboración de interpretaciones culturales. Para los pentecostales, el cuerpo extático constituye la evidencia de la presencia del Espíritu Santo, que confirma y da consistencia al credo. Su eficacia simbólica es argumento da fuerza y valida el programa ético de esta alternativa religiosa. De este modo se funda un capítulo que denominamos la ‘política de la corporalidad pentecostal’, que trata de las prescripciones encargadas de controlar el cuerpo de los fieles en su dimensión social.
El cuerpo disociado, poseído, quebrantado o gozoso, convertido en polo propioceptivo, expresivo y sensorio, sumido en trance ritual, es un cuerpo sagrado, instrumento significante de la realidad espiritual. El cuerpo cotidiano del pentecostal, en tanto, es un cuerpo significado, que ha vivido y conocido la realidad divina y actúa en consecuencia; es, por lo mismo, un cuerpo contenido, templado, prudente, que hace del dominio de las pulsiones de la carne un medio para trascender a la vida espiritual. De uno y otro lado, la corporalidad se muestra aquí un como espacio primario en la construcción social de la subjetividad.
Bibliografía
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1) Esta articulo expone avances del proyecto Fondecyt 1090443, “Éxtasis del don y estigmas de posesión en el culto pentecostal: poiética y política de la corporalidad desde la perspectiva de la mediación” y del proyecto DID S-2008-24, “Retórica de la presencia, emocionalidad y modelación ritual de la experiencia en el culto pentecostal: variantes de la somatización del Espíritu Santo desde el gozo interior a los milagros de sanidad”.
2) El autor es académico de la Universidad Austral de Chile, su dirección electrónica es rmoulian@hotmail.com
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