Octubre del 2009 La Cruz y La Esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX. Miguel Ángel Mansilla. Sociólogo. Magister en Ciencias Sociales. D© en Antropología, Universidad de Tarapacá de Arica y Universidad Católica del Norte, Antofagasta. Docente de Sociología de la Universidad Arturo Prat. Director de la Revista Cultura y Religión e Investigador del Pentecostalismo Chileno, con más de una veintena de artículos tanto en Chile como en el exterior y además miembros de Red de Latinoamericana de Estudios Pentecostales (RELEP) y Asociación de Cientistas Sociales de la Religión del Mercosur (ACSRM). El rol y la importancia que en la sociedad latinoamericana tiene tanto los movimientos religiosos como las instituciones eclesiales es algo que difícilmente se puede discutir. Las ciencias sociales a menudo privilegian otros temas en sus investigaciones, y a veces también dan por hecho un proceso de secularización insuperable que supone la disminución de la importancia de la religión y las iglesias en la construcción de la esfera pública de la sociedad. La religión se subentiende relegada a la esfera privada de la vida y, por lo tanto, con poco protagonismo en lo social. El sociólogo Miguel Ángel Mansilla nos aclara en su libro que el pentecostalismo es un movimiento religioso que combina el cambio social con la espiritualidad, pues va más allá de una pertenencia exclusiva, y se presenta como una acción divina dentro de la historia a través de diversas prácticas socioculturales y carismáticas; es un movimiento sociorreligioso porque prima la protesta, la propuesta y la historicidad. Como movimiento donde prima la espiritualidad, el pentecostalismo no presenta fronteras ideológicas, geográficas ni de confesión. También es un movimiento popular, el pentecostalismo se ha distinguido por su arraigo popular, los pentecostales organizan verdaderas iglesias populares con un campo simbólico singular e identitario, por tener su base social en el pueblo y por establecer una identidad orgánica donde los actores funcionan como agentes de cambio sociocultural. Según los censos de la población, en 1920 en Chile, había 54.800 evangélicos, 1,44% de la población, en 1940, su cantidad aumenta a 63.400 2,34% y en 1960 alcanza a 424.700 5.58%. La influencia del pentecostalismo en la sociedad latinoamericana está directamente relacionada con su impresionante crecimiento e inclusión de las capas marginadas a la sociedad. Estos indicadores ha sido foco de interés de muchos investigadores sociales en los últimos 50 años, los cuales desde su disciplina han estudiado estos fenómenos. Esta inserción del pentecostalismo es vista desde varias perspectivas, en primer lugar el historiador Walter Hollenweger, lo califica como un fenómeno que corresponde a las clases populares, siendo una religión oral, que se expresa en símbolos. Otra propuesta es la de los sociólogos Emilio Willems y Cristian Lalive d`Epinay que siguen un esquema weberiano, para ellos el pentecostalismo funciona como una salida o una manera de responder a la crisis personal y colectiva desencadenada por el paso de una cultura rural a una urbana. Una tercera perspectiva de análisis es la de Francisco Cartaxo Rolim, el cual establece que el pentecostalismo es, a saber un movimiento religioso y por lo tanto impostado en el plano de lo simbólico, en búsqueda de sentido. Conviene recordar que todos estos estudios miran al pentecostalismo desde fuera estableciendo amplias limitaciones a sus investigaciones. Sin embargo el trabajo que nos presenta el profesor Mansilla es un estudio con una excelente metodología científica, con una visible ruptura epistemológica pero con una visión privilegiada que carecieron los otros ensayos, una mirada desde dentro, esta obra se construye desde un equilibrio teórico y desde una experiencia pentecostal matizada con la rigurosidad científica. En este ensayo se aprecia una labor de cartografía cultural que siempre tiene mucho de ideal. Se trata de destacar aquellos tipos ideales de tendencias socioculturales que acompañaron la historia y formación del movimiento pentecostal en Chile. Como todo mapa, tiene mucho de convencional, de lo que entre los estudiosos sociales culturales se van aceptando, no sin polémica, como hechos sociales. Los esfuerzos del profesor Masilla de delimitar y dibujar el mapa de las tendencias identitaria del movimiento, tiene como objetivo introducir un poco de orden y claridad en la realidad siempre más compleja que abarca este periodo. Esto lo hace desde una variante que él conceptualiza como pentecosfobia dando cuenta de una intolerancia religiosa, que el pentecostalismo en sus inicios tuvo que soportar. Este es uno de los conceptos más significativos y aportador del libro, que no se trata sólo de canutofobia, es decir un rechazo a todos los grupos protestantes populares, incluyendo a los Testigos del Jehová y Mormones, es una pentecosfobia porque implica un rechazo a la cultura pentecostal en particular y que se extiende por todo América Latina. El desarrollo del pentecostalismo en Chile estaría relacionado, con la mutación social, vinculándose directamente con las condiciones estructurales en las que se constituye el sector popular. Es en este ámbito, donde las conversiones pentecostales les brindaría a las personas partes de una sociedad, a raíz de los procesos de cambio, una forma de adscripción a otra comunidad. Esta investigación nos permite comprender por qué toda colectividad humana produce un discurso, un relato que explica a sus miembros el sentido de su vida en sociedad, el sentido de las soluciones adoptadas, ahí y entonces, para resolver los problemas vitales de su vida personal y de la vida colectiva y, en consecuencia, el sentido de los apremios sociales a los cuales se le invita a someterse. Este relato es lo que el profesor Mansilla llama cultura pentecostal, es el conjunto de los principios últimos de sentido invocados por una comunidad humana para fundar la legitimidad de las conductas esperadas de sus miembros. Los hombres han inventado, así, millares de modelos culturales, de relatos concretos con los cuales han orientado su existencia. Es evidentemente imposible dar cuenta globalmente de esta multitud de historias, la sociología no puede analizar sino casos particulares. De esta manera el pentecostalismo es más que un movimiento religioso que se vincula a momentos históricos particulares; es más que, el trasnochado concepto, una secta; es una cultura religiosas en su triple dimensión es producto, es un institución relativamente autónoma y actúa sobre la sociedad. El libro se centra en el último aspecto, es decir los aportes que hace el pentecostalismo a la sociedad chilena como cultura religiosa. Pero no por ello debemos resignarnos a perdernos en el bosque del sentido, infinitamente rico y variado, sin poder descubrir cómo comprender lo que ocurrió ayer y lo que pasa hoy, sin poder servirnos del pasado para iluminar el presente. El objetivo del libro es doble, teórico y analítico. Es teórico porque presupone conceptos sociológicos y antropológicos, instrumentos de análisis que permiten hacer inteligible el sentido de la vida de la comunidad pentecostal en la primera mitad del siglo XX y analítico porque busca luego mostrar la pertenecía de esos conceptos para analizar los cambios sociales y culturales que atraviesa hasta nuestros días el movimiento pentecostal. Este libro es una compilación de artículos como dice su autor, pero que posee unidad y una línea de desarrollo. En el primer capitulo a través de un análisis socio-histórico nos muestra el nacimiento del pentecostalismo y su lucha por un reconocimiento, en un ambiente donde la iglesia protestante ya consolidada ha lidiado con diversas problemáticas, judiciales y sociales en la época republicana. El segundo capitulo analiza la discriminación y la intolerancia que sufrió el movimiento por medio de el análisis de discurso, basado en las fuentes de difusión del movimiento pentecostal Revista Fuego de Pentecostés y Revista Chile Pentecostal. En el tercer capitulo nos presenta una método socio-antropológico de la construcción de los tipos ideales de la masculinidad pentecostal, teniendo como base dos tipos “el hombre mundano” y el “hombre pentecostal”. El cuarto capitulo nos introduce a una visión tanatológica, las distintas formas de cómo el pentecostalismo se explico el concepto de la muerte y cuáles fueron sus convicciones frente a este evento. El quinto capitulo nos habla de la oferta del pentecostalismo chileno sobre la sanidad, pues desde sus inicios el moviendo integra a su discurso la oferta de la sanidad divina y también como un medio soteriológico. El capitulo seis nos traslada a una visión más existencial, donde la vida es una constante lucha para el creyente donde diariamente se ve obligado a decidir entre Dios y el diablo, entre la fe y la duda entre la voluntad y la tentación. Por último el capitulo final nos explica las bases que establecieron el nacimiento y desarrollo del movimiento pentecostal en Chile, el más significativo pero también el que ha sido más incomprendido, es el de la predicación a la calle. Este ha sido tal como lo dice el autor el espacio de conflicto entre la heteronimia y la autonomía, la ahistoricidad y la historicidad del evangelio, la ortodoxia y la heterodoxia del evangelio. Esta importante investigación viene a llenar un espacio que por mucho tiempo estuvo vacío en las exploraciones de las ciencias sociales sobre los movimientos religiosos, y que es muy bien recibida por todos, en especial por los que se interesan por la historia y cultura del movimiento pentecostal. Como expresara José María Mardones “El creyente es un hombre que vive en una sociedad determinada situada en una cultura y momento histórico. Esta situación no es externa ni a él ni a su fe”. Claudio Colombo
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