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Revista Cultura y
Religión, Vol. IV, Nº 2
(octubre del 2010) 225
- 240 La representación social del Diablo en el
Pentecostalismo: Un estudio de caso en Santiago de Chile. Social
representation of the devil in Pentecostalism. A case study in Santiago,
Chile Nelson Marín Alarcón[1] Universidad de Chile Recibido el 31
de agosto del 2010 Aceptado el 8 de
octubre del 2010. Resumen. En estas páginas
se intenta generar un aporte al estudio del fenómeno pentecostal en
Chile a
partir del análisis de una de sus imágenes considerada como clave
dentro de su
discurso: el Diablo. Dicho acercamiento se hace a través de un estudio
de caso
realizado en la Iglesia Evangélica Pentecostal, una de las
denominaciones con
mayor número de fieles al interior de la diversidad del pentecostalismo
chileno, a partir de herramientas teóricas como la Teoría de las
representaciones sociales, y metodológicas como la etnografía y el
método
biográfico. Palabras claves:
Pentecostalismo, Diablo, Iglesia Evangélica Pentecostal, Representación
Social. Abstract. These pages effort is a contribution to the
study of the pentecostal
phenom in Chile, from the analysis of a pivotal image in their
discourse: The
Devil. That aproach is carried out by a case study realized at the
Evangelic
Pentechostal Church, one of the religious denominations with the
largest
following whitin the pentecostalism diversity by
the use of the theoretical tools of the social representation theory,
and methodologicaly with the etnography and the biographic methods. Key words:
Pentecostalism, Devil, Pentecostal Evangelical Church, Social
Representation. Introducción[2]. Una de las representaciones más tradicionales
que existen dentro del
imaginario religioso latinoamericano es la representación del Diablo.
Insertada
desde tiempos de la conquista, el Diablo ha logrado mantenerse durante
siglos
como una creencia activa dentro de la riqueza folklórica del
continente. Buena
parte de la evidencia de esta persistencia es posible ubicarla en la
tradición
oral que se conserva especialmente en los sustratos populares de la
sociedad y
en la población rural.
Que el “cachuo” compra las almas de los ambiciosos en la noche de San
Juan o
habita en las cercanías de una mina de oro, son los cuentos más
recurrentes en
la boca de los viejos y que parecieran estar hoy en un proceso de
extinción. No
obstante, ¿significa aquello que el Diablo está en vías de desaparecer? Esta
pregunta la plantea Robert
Muchembled frente a la proyección hecha por Roger Callois acerca de la
desaparición de la imagen del Diablo producto del correr de la
modernidad
(Muchembled, 2002:19). Las afirmaciones de este último descansan en los
postulados propios de la clásica teoría de la secularización -Marx,
Freud, y en
cierta medida Weber- que apuntaban a que la modernización progresiva de
la
sociedad implicaría la introducción de lógicas racionalizadoras que
terminarían
por destruir las antiguas convicciones basadas en la tradición y la
superstición (magia y religión). Muchembled, por su parte, desestima
esta
apreciación en la medida que al observar el mundo moderno se puede
seguir
identificando la imagen del Diablo, la diferencia está en la
significación que
dicha representación ahora detenta. El Diablo de Muchembled posee las
características de su tiempo, se encuentra inserto en la cultura del
consumo y
del entretenimiento, es atractivo y tentador, ya
no produce miedo y juega con la tentación en el envase de un helado o
el vapor
de una cerveza. El Diablo en la era de lo líquido (Bauman, 2008), lo
hipermoderno (Lipovetzky, 2006) y lo desechable parece haber cambiado
de
perfil. No obstante aquello, dicha transición de
significado no es del todo
correcta en América Latina. Aquí la modernización no se ha instaurado
con la
misma fluidez con que lo hizo el discurso de la modernidad.
Latinoamérica aún
conserva altos índices de pobreza y la población indígena en condición
de
segregación sistémica es sumamente considerable. Bajo estas condiciones
la
modernización presenta particularidades en todas las esferas de lo
cultural,
incluyendo la religiosa. Es la otra lógica que los intelectuales han
percibido,
y que los ha llevado a desechar -o al menos repensar- los modelos
explicativos
elaborados bajo realidades europeas y norteamericanas (Parker, 1993).
Ante el
paradigma secularizador se levanta una América Latina sincrética y
contradictoria que choca con los discursos de modernización, desde la
esfera de
lo tradicional.
Entonces, ¿existe todavía ese Diablo
que infundio temor y respeto a los hombres durante siglos tanto en
Europa como
en América Latina? A través de este artículo intentaremos probar que
ese Diablo
no solo sigue vivo sino que además se encuentra en pleno auge y
expansión a
través del movimiento pentecostal. “Satanás”, “El Perdedor”, “El
Enemigo” o “El
Mentiroso”, salta una y otra vez dentro del discurso pentecostal y
filtra su
presencia al interior de la vida de los fieles, interpretando el mundo
en el
que se encuentran y combaten. Determinar la significación que posee la
imagen
del Diablo dentro del discurso pentecostal y qué sentido tiene para la
comunidad religiosa será el objetivo que persiga este escrito. Dicha
investigación está aplicada en la Iglesia Evangélica Pentecostal (IEP)
en la
comuna de San Bernardo de Santiago de Chile por pertenecer a una de las
denominaciones más antiguas y numerosas del país. Como metodología se
utilizo
un seguimiento de campo (trabajo etnográfico), entrevistas abiertas a
representantes de las distintas divisiones de participación (jóvenes,
señoritas, dorcas, oficiales, etc.) cuyo criterio de selección numérica
fue la
saturación, y un ejercicio de asociación libre de términos con término
inductor
“diablo”. La información recolectada se contrastó con fuentes
provenientes de
la Revista Fuego de Pentecostés publicadas entre el año 2000-2009, y la
obtenida del himnario oficial de la IEP. El pentecostalismo y la construcción de la
representación del Diablo. La religión evangélica en la actualidad, de
acuerdo con el último CENSO
del año 2002[3],
es la segunda orientación religiosa mayoritaria al interior del país
(15,14%)
por detrás del tradicional catolicismo (69,95%). Dentro del variado
mundo
evangélico –iglesias adventistas, iglesias bautistas, asambleas de
Dios, entre
otras- las iglesias pentecostales corresponden a las denominaciones
mayoritarias, y a la vez, entre estas, la Iglesia Metodista Pentecostal
y la
Iglesia Evangélica Pentecostal priman por sobre el resto (Fontaine y
Beyer,
1991:5)[4].
Si bien el movimiento pentecostal posee como características la
heterogeneidad
y atomización de sus denominaciones producto de las fuertes y volubles
relaciones sociales en su propio seno, ha sufrido un crecimiento
sostenido
desde su origen en el avivamiento en Valparaíso en 1909, donde solo lo
componía
un sacerdote norteamericano junto con sus feligreses, hasta hoy donde
es
posible ver una fuerte masificación en las últimas décadas. En otras
palabras,
aunque se puede afirmar que el pentecostalismo chileno es un fenómeno
relativamente reciente –en septiembre de 2009 cumplió 100 años- posee
una
proyección de crecimiento tan amplia que se ha transformado en producto
de
exportación original en el mercado internacional de bienes simbólicos
(Bastián,
2004). En
palabras de Manuela Cantón, por
Pentecostales se entiende “[…] un sistema de creencias y prácticas
pertenecientes a la gran familia cristiana protestante, derivado del
metodismo,
y convertido en la actualidad en la denominación evangélica más
extendida,
dinámica y de mayor diversidad interna. El eje de los cultos es la
“posesión”
por el Espíritu Santo, lo que suele manifestarse a través de los
“dones” o
“carismas”: glosolalia (don de lenguas), visiones, profecías y
sanaciones por
imposición de manos”. De acuerdo con lo
planteado por Cantón, este movimiento
carismático se basa en la negación de la predestinación calvinista,
abogando
por la responsabilidad individual en la salvación, por medio de la
promoción “[…]
de un estilo de vida ético y práctico de carácter ascético, los que les
lleva
frecuentemente a afirmar que, aunque están “en” el mundo, no son “del”
mundo”
(Cantón, 2002:109). Esta visión particular del mundo ha llevado a
caracterizaciones psicológicas del movimiento que se centran en la
“parcialidad” –fijación obsesiva en la glosolalia y profecías-, el
“fanatismo”
–delirios de grandeza que incurren en errores de juicio racional-, y el
“espíritu de cuerpo” –preocupados de promover un espíritu de familia a
fin de
atraer más miembros y someterlo a prácticas rígidas en su forma y
cumplimiento-
(Muñoz, 1984:158-159). Otra
característica central del
pentecostalismo es el rol central que cumple el proceso de conversión y
la
creación del testimonio de fe. De acuerdo con José Watanabe, este
proceso de
aculturizacion –incorporación de una cultura a expensas de la propia-
de la
cosmovisión del pentecostal se da en cuatro etapas bien definidas:
primera
fase, caracterizada por un “nuevo proyecto” de fiel que asiste al culto
y
participa; una segunda fase, en la cual se muestra interesado a seguir
asistiendo de manera regular y comenzará a crear lazos asociativos,
manejar la
terminología y los ritos; tercera fase, en la cual se produce la
preparación en
el conocimiento espiritual formal y acaba con el ritual del bautismo y
la
incorporación definitiva ; y cuarto, el miembro ya integrado comparte
responsabilidades al interior de la iglesia y se convierte en un
reproductor
del sistema religioso evangélico pentecostal. (Watanabe, 2009). Dentro
de esta
misma lógica, Manuel Ossa afirma la existencia de dos niveles de
pertenencia en
la formación de la identidad pentecostal: el primer nivel, en el cual
el grupo
pequeño –la congregación- logra generar un sentimiento de pertenencia
más
fuerte que el de otros sistemas grupales con los cuales el pentecostal
está
vinculado necesariamente; y segundo nivel, a la formación de una
memoria
pentecostal de carácter individual marcada por el proceso de conversión
que une
la experiencia personal con la memoria histórica del grupo (Ossa,
1991:147). Todos
estos conceptos y clasificaciones
apuntan a un tipo de “cosmovisión” religiosa pentecostal que se
encuentra
sustentada en un repertorio bastante amplio de representaciones
sociales,
entendidas estas últimas como constructos intersubjetivamente
compartidos
dentro de la vida cotidiana (Berger y Luckmann, 1999). Estas
representaciones
no son simples ideas o nociones aisladas dentro del mundo social, sino
que,
como afirma Roger Chartier, “[…] tienden a hacer reconocer una
identidad
social, a exhibir una manera propia de ser en el mundo, significar en
forma
simbólica un estatus y un rango” (Chartier, 2002:57), por ende, hablar
de lo
que significa “ser” pentecostal implica necesariamente internarse en el
universo de las representaciones sociales. Tal como afirma Watanabe,
“esta
cosmovisión, como hemos dicho anteriormente, influye en el
comportamiento
social y cotidiano del pentecostal o la pentecostal –el ethos-. Para
los y las
pentecostales la relación con Dios, el Señor Jesucristo o el Espíritu
Santo
está ligada con el bienestar, la salud, la prosperidad” (Watanabe,
2009:156). Tal
como afirma Rober Muchembled, “toda
sociedad humana se plantea el problema del Mal e intenta resolverlo”
(Muchembled,
2002:19). En el caso del mundo pentecostal dicho problema se transforma
en un
eje central del discurso y se materializa en la imagen del Diablo. Para
poder
obtener la significación de la imagen del Diablo hemos utilizado el
ejercicio
metodológico de asociación libre de términos[5] el cual luego de ser aplicado arrojó una serie
de
conceptos que apuntan a los diferentes niveles que posee la
representación. Es
posible distinguir, siguiendo la lógica de Jean Claude Abric, un
“núcleo” de la
representación que varía con más dificultad que los conceptos
“periféricos”
asociados a circunstancias puntuales (Abric, 2001), situación que se ve
corroborada en gran medida con lo establecido por el resto de las
fuentes. En primer lugar, la imagen del Diablo fue
relacionada con el “Engaño” o
la “Mentira” (13 veces asociados). Acerca de esto hay que tomar en
consideración que el pentecostalismo se caracteriza por una constante y
literal
lectura del texto bíblico con el fin de aplicarlo dentro de la vida
cotidiana.
Dentro de esta lógica, el constructo social del Diablo se percibe como
aquel
que a través del engaño cataliza el mal y genera la destrucción del
hombre. La
mentira y el
engaño son los principales mecanismos para perturbar al hombre desde
los
inicios de los tiempos hasta el día de hoy. El pastor
Gabino Cortés (IEP de San Bernardo, Santiago),
nos dice al respecto del engaño a Eva en el paraíso, “[…] el Diablo con mentira la engaña, esa es la
primera
mentira hecha por el Diablo, la mujer cree y come y que hace Dios
cuando los ve
y ahí Dios los sentenció y a la serpiente que se arrastraría toda su
vida, ya
el Diablo nunca se ha quedado tranquilo y no se va a quedar tranquilo,
porque
todo eso, todos los crímenes que hay los hace el Diablo”[6].
Desde el momento del pecado original que el Diablo de una u otra manera
se
encuentra detrás del resto de los pecados por medio del engaño, y la
variedad
que abarca el pecado es sumamente amplia. La noción del engaño y la
mentira es
de esta manera sumamente importante al interior de la IEP en tanto
permiten
establecer la calidad negativa de las cosas que parecen atractivas al
creyente
pero ponen en peligro a la comunidad, lo alejan de la iglesia y no le
permiten
surgir. El pastor Cortés nos dice al respecto, “Yo no te puedo hablar
del
mundo, de lo que tiene el Diablo y como tiene engañada a la gente, y
como tiene
engañado el cerebro de gente que podría ser grandes profesionales, un
gran
aporte para el país, para la nación, para la sociedad, para liberar
gente que
se está perdiendo”[7].
Detrás
de cada hombre que no se acerca a Dios, detrás de cada hermano que deja
de ir a
la iglesia por preferir realizar otras actividades, está el Diablo
mintiendo y
engañando, alejándolo de la verdad, de la comunidad, o sea, de Dios. En segundo lugar, el Diablo es asociado de
manera muy poderosa con la
noción del “Enemigo” (12 veces mencionado). Probablemente esta sea una
de las
nociones más consistentes y elaboradas dentro del mundo pentecostal, se
articula sobre un discurso teológico sólido y no concede mucho espacio
a
interpretaciones posteriores. El pentecostal no solo identifica el mal
en la
figura de Satanás sino que además siente la responsabilidad de
combatirlo al
estilo de una perpetua “guerra santa”, de ahí el nombre de “Guerra
Espiritual”.
El sentido de “Guerra” no es antojadizo dentro de la doctrina
pentecostal puesto
que al igual que el concepto del “Engaño” puede ser localizado dentro
de la
tradición bíblica cristiana. Esta se entiende de la misma manera que un
conflicto armado tradicional, pero contra fuerzas de tipo espiritual,
en
palabras del Pastor Colque, “¡La
lucha puede ser intensa! El Diablo sabe que un
soldado sin experiencia es más fácil de ser derrotado que el guerrero
habituado, él pondrá pensamientos en su mente y entonces te hará pecar
y te
acusará por pensar en ellos…, él tratará de hacerte recordar la antigua
vida
como atractiva… él no se detendrá ante nada en tratar de separarte de
Dios”[8].
Esta visión se ve absolutamente corroborada en el himno número 323 que
dice: Oh
soldados de la cruz, salgamos a la guerra, Sin
temor rendid loor a Cristo Rey divino. No
podemos descansar, miles pereciendo están, Avanzad
sin vacilar y dad a Dios la Gloria. Coro:
Adelante todos a la lid, Luchad
con gran valor Por
nuestro salvador, de Satanás las fuerzas
derrotar. Gloria
sea a nuestro salvador, Alabanzas
dad en su honor; Honra,
gloria y dominio sea a nuestro salvador. Las
legiones de maldad, tretas mil emplean, Para
derrotar el bien, nuestro mal desea, No
podemos descansar, miles pereciendo están, Avanzad
sin vacilar y dad a Dios la gloria. Cuando
es ruda la lis cedan nuestras fuerzas, Y
sugiere Satanás que estáis vencidos, Un
esfuerzo más tentad, con Jesús perseverad, Avanzad
sin vacilar y dad a Dios la gloria[9].
Para Bernardo Campos –ministro
pentecostal en Perú- la guerra espiritual debe ser entendida como “[…] una articulación teológica sobre
"demonología"
aplicada a la doctrina y práctica de la misión de la iglesia o
misiología. Se trata, por tanto, de un con junto de creencias
acerca de
cómo está constituído el universo, quiénes lo pueblan y qué entidades
lo
dominan. A este conjunto de creencias la antropología la conoce como
«cosmogonías» y forman parte de los "sistemas de creencias"
estudiados antropológicamente como «ideología», no en el sentido de
"falsa
conciencia", como quiere la escuela dialéctica, sino en el de
"sistema de ideas o de creencias"”(Campos, sin fecha). El caso de la
IEP de San Bernardo no es excluyente de estas premisas, entiende el
universo en
el que está inserto a partir de una construcción simbólica, en la cual
da un
orden y valoración de los distintos elementos que se encuentran
insertos, esto
le permite construir su propia identidad y a la vez la de alteridad,
sus
enemigos. El Hno. Hidalgo afirma que aquellos que luchan en la guerra
espiritual contra Satanás pasan luego a la “Iglesia Triunfante” a
diferencia de
los cristianos que son derrotados. Por su parte, Campos reconoce que
esta
teoría es bastante difundida entre el pentecostalismo a nivel
internacional y
ha sido desarrollada con gran profundidad por teólogos. No obstante, en
la IEP
de San Bernardo, y en general el pentecostalismo chileno, el estudio
teológico
acucioso no es muy generalizado y se opta más por la lectura literal de
la
Biblia basada en el sentido común. Esto no quiere decir que no se
desarrolle
por algunos centros o personas puntuales, pero en general, la “guerra”
o
“lucha” espiritual es declamada y entendida de acuerdo a preceptos
conservados
a través del tiempo en forma de tradición.
De acuerdo con el Hno. Hidalgo, la
iglesia al estar en este permanente estado de conflicto contra las
fuerzas de
Satanás se transforma en una especie de “legión” que lleva por nombre
“Iglesia
Militante”. Según él, la iglesia militante “Es como una lucha que llevamos, dice vamos
luchando y algunos de los
nuestros caen, son derrotados por uno de estos enemigos entonces uno
tiene que
entrar a orar, a animarlos y decirle: Hermano, levántate y sigue
adelante. Es
una verdadera guerra, una verdadera guerra, lo único es que esta es en
un
sentido espiritual, cuando estamos más en oración, mas en ayuno, somos
más
poderosos, no fácilmente caemos. Pero cuando nosotros dejamos de
congregarnos,
dejamos de leer la palabra de Dios ahí es cuando nosotros sufrimos las
derrotas”[10]. De aquí que se desprenda
que por una parte,
la lucha espiritual debe ser entendida como un conflicto cotidiano
entre las
fuerzas de Dios contra las de Satanás. Campos llama a este tipo de
enfrentamiento “lucha espiritual a ras de suelo” distinguiéndola de la
“lucha
espiritual estratégica” que es la que se libra para contener y reprimir
a los
demonios (Campos, sin fecha).
Al igual que un conflicto armado, la
guerra es posible ganarla solo con planificación y buenas armas. Para
el
pentecostal, las principales armas que tiene para vencer a Satanás y
sus
secuaces son “La oración, la oración y la comunión, ir a la
casa
del Señor a escuchar la palabra de Dios”[11].
De esto es posible desprender que la lucha se hace a dos niveles: a
nivel de
hermandad, tal como explicaba el Hno. Hidalgo en relación a animar y
orar por
sus soldados, y a nivel personal, como afirma el Hno. Daniel “Se
supone que
uno tiene la batalla y es personal, la batalla que uno tiene es
personal”[12].
No obstante, y a partir de la lectura del libro de Efesios 6: 10-24, el
pentecostal de la IEP se entiende a sí mismo como protegido por la “armadura de la fe” que
sintetizaría de
manera más apegada a la Biblia las armas y protecciones que posee para
enfrentar al “Enemigo”. En esta línea, el Hno. Daniel nos dice “[…] las
armas
que Dios nos da,
bueno nosotros somos
guerreros y hay armaduras en la fe, que sale en Efesios no estoy seguro
y sale
por ejemplo el escudo de la fe y por ejemplo yo lo entiendo como que si
uno
tiene harta fe digan lo que le digan uno no va a tambalear. Entonces
uno más
grande tenga el escudo menos daño te pueden hacer los enemigos,
¿entendis o
no?, esta la espada que es la Biblia,
con ella tu podís atacar al enemigo y que se puede representar en
distintas
formas. […] Entonces te dicen tu tenís la espada de la fe, claro po’,
porque la
leo siempre entonces la domino, entonces si me dicen algo probablemente
yo sepa
otra referencia y la voy a poder utilizar. […] bueno son cinco
armaduras, bueno
se supone que esas son armas que Dios nos da para combatir al enemigo y
cada
una se logra de distinta manera, oración y ayuno y leer la palabra.
Esas son
una de las tres cosas, que uno puede hacer como para aumentar la gracia
que uno
puede tener y así disminuir la posibilidad de pecar y de caer y de
perder una
batalla, como la gran batalla que uno tiene todos los días[13]”.
De esta manera entiende y codifica el pentecostal de la IEP de San
Bernardo la
realidad en la que se encuentra inserto, que por lo general, y dado el
carácter
actual de modernidad, tiende a desatar todos los deseos y anhelos que
van en
contra de un código tan moralista como el pentecostal. Un
cuarto concepto relacionado a la
representación del Diablo es el de “Maldad” (12 referencias). Esto es
evidente
dentro de la lógica cristiana tradicional puesto que desde el momento en que Satanás toma una
actitud soberbia frente a Dios
y se revela, deja de ser el elemento luminoso que era y pasa a
convertirse en
antónimo de la bondad del todopoderoso. De ahí se establece la
dicotomía de
reinos a los cuales se puede pertenecer, “el reino del bien y el reino
del mal.
En este ultimo nos hallábamos antes de conocer a Cristo nuestro
salvador”[14].
En esta calidad, si la iglesia pentecostal representa la bondad de Dios
–lo
bueno que puede hacer Dios en el hombre-, la acción del Diablo se
representa en
“[…] cuando tú haces las cosas malas, y hacer las cosas malas se podría
dar
desde mentir y robar, hasta matar y violar una persona”[15].
Con respecto a esto último, es necesario señalar que la “maldad”
atribuible al
Diablo es percibida de variadas formas. Por una parte, el Diablo es
entendido
como intrínsecamente malo (el Diablo es la maldad), mientras que por
otra
parte, es quien por lo general gesta el mal y el pecado en el mundo y
el
hombre. Como dice la Hna. Sandra, “[…] Así que en eso actúa el Diablo,
en las
cosas grandes que están pasando ahora en la tierra, de que hay tanta
maldad ya
po’, ya el Diablo está haciendo de las suyas en la tierra ya po”[16].
Sin embargo, si bien el mal procede de Satanás, es posible en la medida
que
Dios es quien lo permite a fin de castigar al hombre y de esa manera
acercarlo
a buscar su misericordia. Un ejemplo de esto es la convicción política
que
menciona el Hno. Hidalgo de que “[…] Si Dios quiere afligir a Chile, a
lo mejor
va a poner un hombre malo ahí que reprima al pueblo y a través de esa
represión
buscan a Dios”[17].
Esta visión explica porque el pentecostal tradicional se abstiene de
manera
férrea de involucrarse de manera más directa con la política, hacerlo
“[…]
sería desconfiar del poder de Dios, nuestra confianza estaría en un
candidato”[18].
Esta situación ha sido percibida por Manuela Cantón en el caso del
pentecostalismo guatemalteco en el cual “Todos los conversos, sin
distinción de
clase social, atribuyen los males (incluida la pobreza, incluido el
discurso de
los más pobres) a la falta de fe y vida de pecado” (Cantón, 2006:361).
En ambos
casos es responsabilidad del fiel mejorar las cosas ya que es la falta
de fe lo
que lo mantiene en una situación adversa, en otras palabras, no solo se
siente
culpable, sino que también, inclinado a fortalecer su vínculo con la
religión a
la vez. La diferencia está en que el caso de la IEP, y en general del
pentecostalismo tradicional chileno, actúan desde sus reductos privados
evadiendo la participación política pública, en contraposición del
pentecostalismo guatemalteco que entiende a su nación y sus problemas
como
cosas atingentes a un “pueblo elegido”. El pentecostalismo de la IEP
aún
funciona de acuerdo a los intereses individuales de su localidad y de
su
iglesia, por lo que tiende a ser mucho más apolítico y menos
nacionalista en la
práctica. Por otra parte, el Diablo pentecostal
representa para los hermanos la
imagen del que destruye, el “destructor” (12 veces mencionado). Esta
noción
también hay que entenderla originalmente como resultado de una fuerte
lectura
literal del texto bíblico. La palabra Diablo deriva del griego diábolos
que
significa el calumniador, el separador. En Job 1: 8-12, el Diablo
calumnia la
fe de Job, “varón perfecto y recio”, ante Dios a fin de generar una
separación
entre ellos. De la misma manera, el pentecostalismo entiende el
accionar del
Diablo quien “[…] lo que quiere hacer -Satanás, el Diablo, y los
ángeles caídos
que son los demonios, que son miles-, tratan de destruir el cuerpo de
Cristo, o
sea la Iglesia”[19].
Satanás destruye al cuerpo de cristianos por medio de la destrucción
del
individuo a través de la inducción del pecado, “[…]
que quiere
destruir al hombre, al género humano”[20].
No obstante, la única manera de evitar la separación es por medio del
fortalecimiento de los lazos con Dios y, por ende, con la comunidad. En
este
sentido, de acuerdo con René Girard, “Lo demoniaco hace justicia por
una parte
a todas las tendencias al conflicto en las relaciones humanas, a
cualquier
fuerza centrifuga en el seno de la comunidad, y por otra a la fuerza
centrípeta
que congrega a los hombres, el cimiento misterioso de esta misma
comunidad” (Girard,
2002:255). A partir de lo planteado por Girard, podemos afirmar que el
Diablo
posee una doble función desde su dimensión destructora: Por una parte,
es quien
trata de quebrar espiritualmente a la comunidad, y por el otro lado, es
la
piedra sobre la cual se construye la resistencia ante sus ataques. El
Diablo
busca siempre separar el cuerpo de Cristo teóricamente, pero con ello
consigue
unirlos en la lucha prácticamente.
Hasta
el momento hemos podido percibir que
buena parte del núcleo de la representación del Diablo, o sea, aquellos
conceptos asociados de manera más persistente, provienen en buena
medida de una
lectura intensa y poco crítica de la Biblia, hecho comprensible si se
considera
al pentecostalismo como una vertiente más dentro de la gran familia
protestante. No obstante, entre los conceptos más mencionados a la hora
de
establecer relaciones con la imagen del Diablo están aquellos relativos
a
características físicas de este último como “Rojo”, “Cachos” y “Animal”
(10
menciones en conjunto). Sobre esto cabe mencionar que pertenecen a la
tradición
iconográfica de la demonología cristiana que rebasa los límites del
protestantismo y sitúa sus cimientos en el Medioevo. En ninguna parte
de la
Biblia así como en ninguna instancia de congregación se mencionan tales
características, sin embargo, el pentecostal por más que luche contra
el
“mundo” y sus tentaciones no puede abstraerse de la sociedad en la que
vive ni
la cultura que comparte con los individuos de fuera de la iglesia, en
otros
términos, sigue siendo un latinoamericano y occidental fuertemente
influido por
la herencia religiosa católica.
Un poco alejado de los conceptos
anteriores, influidos en buena medida por las tradicionales
percepciones
asociadas a la figura del Diablo, la componen aquellas nociones que
hemos
englobado en la categoría de “vicios”. Esto no es de extrañar si
tomamos en
cuenta, de acuerdo con lo planteado por Christian Lalive, que el
pentecostalismo entrega al individuo no solo refugio y consuelo en una
sociedad
anómica -en los años 60’ marcada por el proceso de industrialización y
la
migración campo-ciudad-, sino que también una doctrina moral que lo
separa de
aquella (Lalive, 1968:125). Un importante número de individuos que
ingresan en
las filas de la IEP lo hicieron como última salida a una serie de
problemas
derivados de adicciones a vicios que no encontraron solución efectiva
en ningún
otro organismo de la sociedad. La comunidad, por el contrario, les
permitió
integrarse en igualdad de condiciones, encontrar y entender la razón de
sus
pecados (vicios) y eliminarlos de su vida, con el consiguiente
beneficio
económico y social que ello conlleva. En este sentido, el Diablo tiene
una
participación especial en el proceso en tanto es el responsable de
gestar el
pecado y el vicio en los hombres. El Hno. Hidalgo afirma, “Por ejemplo, hay jóvenes, que están perdidos
en
algún vicio, en alguna droga, eso es un demonio que tienen adentro, y
mientras
ese demonio no salga de esa droga va a seguir siendo drogadicto, ¿me
entiende?
Entonces cuando uno conoce a Cristo se libera de ese dominio de los
demonios,
entonces los demonios nuevamente lo rodean a uno y quieren tomar
posesión,
entonces ahí nosotros comenzamos a luchar con esos poderes demoníacos,
y
nosotros todo eso lo encontramos en la escritura, dice que nosotros
debemos
revestirnos de toda armadura de Dios para resistir al Diablo y sus
demonios”[21].
En teoría, cualquier
vicioso que deseare solucionar sus problemas puede acercarse a la
iglesia,
puesto que esta no hace distinción entre sus adeptos. Según el
pentecostal de
la IEP, Dios no hace diferencias entre un delincuente que encuentra a
Cristo al
interior de la cárcel y aquella persona que lo hace de manera
circunstancial
sin siquiera haber caído en delito. No obstante, en la práctica, los
pecados
que más buscan corregirse son el alcoholismo, la drogadicción, la
violencia
intrafamiliar, el tabaquismo, el narcotráfico y el robo; en desmedro de
otros
que suelen ser menos públicos como la homosexualidad o el homicidio;
frente a
otros que en la práctica jamás se mencionan, como la violación o la
pedofilia
–la Hna. Anónima nos cuenta que jamás se ha dado un caso de alguien que
haya
contado públicamente en su testimonio algo así, aunque no descarta que
pudiera
haber sucedido-. Siguiendo las palabras de Cantón se pude afirmar que “atribuir los problemas a
"ataques" de Satanás vuelve legítima la tarea de actuar para tratar
de resolverlos, aunque esta lucha no exceda muchas veces de la
confianza en el
poder de la oración conjunta” (Cantón, 2009:9). Aún con las diferencias prácticas que puede
conllevar la vida
comunitaria, lo importante es establecer que en la imagen del Diablo el
vicioso
encuentra un responsable de su malestar y expía sus culpas mediante
cuatro
etapas: se arrepiente del pecado, exterioriza la culpa, la objetiva en
la
figura demoniaca, y vuelve a empezar de nuevo (reborn).
Tal
como hemos visto en conceptos
anteriores -“Enemigo” y “Guerra Espiritual”-, el vicio posee una
compleja
teología que adecua los principios localizables en el texto bíblico con
rasgos
característicos de los tiempos modernos. Dicha teología apunta a los 3
frentes
en los que debe posicionarse el pentecostal en su lucha cotidiana
contra el
mal: el mundo, la carne y el Diablo. El primero de ellos, y el que más
íntimamente relacionado está con la noción del vicio, se define como el
espacio
donde cae todo aquello que “no es de la iglesia”, el lugar donde se
encuentran
las tentaciones. Un hno. de Tierras Blancas al empezar su testimonio de
salvación comienza diciendo, “Deseo expresar mi gratitud por la gran
misericordia que Dios tuvo conmigo, siendo yo una persona llena de
pecado y
maldad, prisionero de los deleites del mundo y de sus vicios,
encadenado a las
drogas y el alcohol[22].
Por su parte, la Hna. Sandra afirma que
“El mundo, ahí está metido todo lo que es malo,
lo que
es para mí la diversión, lo que es la diversión que tiene ahora la
gente”[23].
En el caso del Hno. David, cuenta que el estuvo en contacto con los dos
ambientes dentro de los que se puede estar -el ambiente mundano y el
ambiente
cristiano-, no obstante, nunca probó las cosas mundanas. “Bueno
de lo
poquito que participé en las cosas del mundo, en realidad no tengo
mayor
conocimiento de las cosas del mundo, llámese fiestas y “joteo”, nunca
he
fumado, nunca he bebido, no sé lo que es estar curado, no sé el gusto
que tiene
la cerveza, nunca he tomado nada. A pesar de que nunca lo he probado no
me
atraen esas cosas, me atrajo bastante el camino de mi papá que era el
camino
cristiano”[24].
En
síntesis, el mundo correspondería a la construcción que el pentecostal
hace del
resto de la sociedad que considera corrompida y decadente, genera un
imaginario
negativo de aquel que no pertenece a su comunidad ni profesa una
religión
cristiana similar –metodismo, bautismo, asambleísta, etc.-, y asume, a
priori,
que posee conductas moralmente deplorables. De esta manera, marca una
distancia
con la sociedad en la que inevitablemente se encuentra inserto.
El segundo enemigo al cual se
enfrentan es la denominada carne, que no es otra cosa que “[…] nuestro mismo cuerpo, significa todas las
tendencias carnales que uno tiene, ahí empieza como la fornicación, el
adulterio, todo eso sería como el pecado de la carne. Pero también
cosas más
superficiales, como mirar a una niña, también sería como cosas de la
carne, o
tus malos pensamientos, todo lo como propio de uno”[25].
En otras palabras, la carne serian las inclinaciones del propio cuerpo
a pecar.
Para la Hna. Yessia, “[…]
aunque usted no lo crea para nosotros el peor de los tres es nuestra
propia
naturaleza carnal, entonces, pero el enemigo maneja todo eso”[26].
En este sentido, hay que entender que dentro del restrictivo mundo
pentecostal,
las posibilidades de pecar y sentirse culpable son muy amplias, de ahí
que sea
necesario establecer en los fieles la facultad de autocontrol. No
obstante, la
carne, si bien representa la inclinación a pecar por propia naturaleza,
el
pentecostal tiende a relacionarla con la inclinación del cuerpo hacia
lo
sexual. El Hno. Daniel nos dice al respecto, “evidentemente cuando te
veis la
página porno puede actuar la carne y puede hacerte pecar”[27].
Sin embargo, el pastor Gabino afirma que las manifestaciones de la
carne
abarcan mucho más allá, específicamente serían las enumeradas en
Gálatas 5: 16-21:
adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías,
enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías,
envidias,
homicidios, borracheras, orgias, y cosas semejantes a estas. Esto
reflejaría
que aunque existe una teología coherente detrás de los preceptos, no
son
entendidos de la misma manera por todos los fieles, otorgando espacio a
la
propia interpretación creativa y el sentido común.
El último enemigo, y eje central de
nuestro trabajo, sería Satanás y sus demonios. Tanto este último como
los otros
dos enemigos, están sumamente relacionados al punto de confundirse sus
áreas de
injerencia. El Diablo actúa tentando a la carne, la carne se apoya en
el mundo
y este es el escenario donde el Diablo tienta al hombre. Esta situación
se ve
reflejada en que muchas cosas que un hermano decía que eran pertinentes
a la
carne, para otro lo eran al mundo. Sin
embargo, aquello que es posible afirmar es que las nociones de mundo,
carne y
Diablo se hayan íntimamente relacionadas, sus fronteras son difusas y
se
encuentran en tal perfecta armonía que no significan un conflicto al
interior
del pentecostal promedio.
Relacionado tanto con la figura del
Diablo –en el ejercicio de asociación obtuvo un par de menciones- como
con la
carne y el mundo, se hallan los recursos informáticos tales como la
televisión,
la radio y el internet. Este es quizás uno de los sellos más
distintivos del
pentecostalismo desarrollado en la IEP, el cual representa a la versión
más
conservadora del pentecostalismo chileno. Para el integrante de la IEP,
cualquiera de los elementos tecnológicos enunciados son potenciales
elementos
malignos de los cuales es necesario apartarse si es que no se quiere
algún tipo
de padecimiento. Una situación ejemplar de esta situación es la común
relación
establecida entre un mal pasar y la posesión de televisores. Al
respecto, la
Hna. Gladys Paye cuenta por medio de la revista Fuego de Pentecostés
acerca de
la extraña enfermedad que afligió a ella y su hija pequeña luego de la
introducción en su hogar de un televisor. Luego de sufrir mucho como
familia
fue a consultar a su Pastor, quien les preguntó que tenían en su hogar,
al saber
que era un televisor, recomendó sacarlo del hogar, hecho que terminó
por
solucionar el malestar[28].
Un testimonio más impactante al respecto es el que menciona el Pastor
de Santa
Cruz Andrés Cayuleo, el cual luego de obtener por parte de pago un
televisor y
haber visto algunos programas para Semana Santa, comenzó “[…] a tener
amonestaciones en revelación de sueños, en que sentía que debía sacar
el
televisor de mi casa. Conversé esto con mi esposa, y ella me manifestó
que
también había tenido un sueño que del enchufe del televisor comenzaba a
salir
fuego y empezaba a quemarse el cordón del aparato”[29].
A pesar de aquello no sacaron el televisor de su hogar hasta que
tuvieron otra
manifestación de la divinidad en la cual les fue enviada una plaga de
ratones, esto
les obligó a regalar el televisor y todo fue solucionado.
Casos como los anteriores hay
bastantes, pero todos apuntan en una misma dirección. Para el
pentecostal de la
IEP la tecnología asociada a las comunicaciones es un mecanismo que
tiene
Satanás y el mundo para turbar a los hijos de Dios, o sea, la
comunidad. Esto
evidencia de manera grafica el conflicto permanente que existe entre
tradición
y modernidad dentro de la sociedad chilena que no es reflejo sino de lo
que es
religiosamente Latinoamérica en su conjunto. El Hno. de Concepción
Rodrigo
Canales corrobora esta situación cuando afirma que “Estamos viviendo
tiempos
difíciles y el niño está altamente influenciado por los dibujos
animados y por
toda esa propaganda. Aunque en sus hogares no esté el televisor, los
padres son
los grandes responsables al ser tan permisivos a las exigencias de sus
hijos,
al llevarle historietas, ropa con dibujos estampados, dulces que traen
figuras
de regalo, les compran álbumes de dibujos que incitan a la violencia,
etc. Pero
el cristiano de estos días, ante aquellos acontecimientos no logra
poner fin,
ya que de una u otra manera nos vamos dejando influenciar por toda esa
basura
mundanal”[30].
Canales no diverge mucho de lo que plantean en general las autoridades
con respecto
al control parental de lo que consumen los niños de los medios de
comunicación,
no obstante, Canales apela a un criterio tradicional cristiano como es
el
satanismo del contenido -menciona al menos 10 dibujos animados que
califica
como “[…] llenos de luchas de demonios, símbolos utilizados por los
cultos
satánicos, sangre, degollamientos y grandes escenas de violencia
desenfrenada”[31]-.
El caso del internet, como símbolo de la modernidad tardía, es
paradigmático en
tanto refleja la exacerbación de las posibilidades que tiene Satanás de
corromper a los hijos de Dios. El Hno. Daniel nos dice sobre esto que “[…]
Satanás ha
agarrado cualquier fuerza, por ejemplo, una cosa tan básica, el
internet hace
diez años era una cosa tan lejana para cualquiera, ahora es súper
cercano y
tení una manga de cosas en internet”[32].
El pentecostal codifica las aceleradas y abrumadoras mutaciones de la
modernidad a partir de la seguridad y solidez que le entrega la
tradición
extraída del texto bíblico, no obstante, como sujeto inserto dentro de
un
constante proceso modernizador, se ve obligado a matizar su discurso y
replantear su postura al respecto. La Hna. Yessia nos dice sobre esta
materia
“[…] Por lo mismo, porque las mentes son más abiertas, ¡qué le vamos a
hacer!
La misma ciencia, la misma tecnología, el mismo avance, te obliga a ti
a tener
tecnología en tu casa. Te obliga. Ahora ya no se puede estudiar si no
te tiene
computador, ¡te obliga! Automáticamente. Entonces que hay que hacer,
abrirse
po. Pero por eso siempre se nos está en la iglesia inculcando, que
usemos bien
las cosas. O sea no nos dejemos llevar, volvemos a lo de antes, a la
tentación
que nos pone el enemigo para que nos inclinemos por otras cosas”[33].
De esto se puede establecer a modo de síntesis que el pentecostalismo
se
encuentra en una doble tensión entre tradición y modernidad. Por una
parte,
construye simbólicamente el mundo a partir de la tradición bíblica en
contra
del influjo modernizador, mientras que por el otro lado, el influjo
modernizador genera al interior del pentecostalismo una tensión entre
la
voluntad de seguir apegado a la tradición y la necesidad de innovar. Conclusión.
A partir de lo anteriormente
expuesto es posible establecer que el pentecostalismo chileno
–reflejado en la
IEP de San Bernardo, Santiago de Chile- puede ser percibido en la
manera en que
construyen la significación de la imagen del Diablo. A diferencia de lo
que
Muchembled logró demostrar para el caso europeo, el Diablo pentecostal
está
lejos de vaciar su contenido religioso tradicional y perfil
atemorizador como
consecuencia de una época donde prima la incertidumbre y el riesgo. La
representación
del Diablo pentecostal se encuentra definida en su núcleo por tópicos
extraídos
desde las Sagradas Escrituras que lo califican como el “Enemigo” en la
guerra
contra las fuerzas de Satanás, el que ocupa el “engaño” o la “mentira”
desde
tiempos bíblicos, y aquel cuyo único objetivo tiene el “destruir” el
cuerpo de
Dios, o sea, la iglesia. Sin embargo, el núcleo tradicional no solo se
nutre de
lo extraíble desde una lectura intensa de la Biblia, sino que además se
ve
permeada por el imaginario religioso tradicional de occidente: un
Diablo con
cuerpo de animal, teñido de rojo, con cachos y cola en punta de flecha.
En este
sentido, debemos comprender que, si bien el pentecostal se percibe así
mismo
como partícipe de una experiencia religiosa y comunitaria alejada del
resto del
“mundo” social –mundo donde Satanás impone sus términos-, no puede
abstraerse
de la sociedad en la que se ve inmerso, al punto que en muchas
ocasiones
experimentó los “pecados del mundo” antes de sufrir la “conversión al
evangelio”
o convive con ellos en lo cotidiano. Sumado
a lo anterior, la imagen del
Diablo no se puede comprender como una idea inmóvil determinada de
manera
absoluta por la tradición cristiana o bíblica. Esto último es
comprobable al
ver la importante asociación que los pentecostales establecen entre el
Diablo y
los “vicios”. Cada vez que llega un nuevo miembro a la comunidad
afligido por
problemas como drogadicción, delincuencia, alcoholismo, violencia
intrafamiliar, etc. se afirma que es Satanás y sus demonios quienes
están
introduciendo el pecado en aquel individuo mediante los múltiples
canales que
poseen, a pesar de aquello es posible de vencerlos en la medida que se
conoce a
Dios, o sea, a la comunidad. De esta manera, el pentecostal de la IEP
reinterpreta la realidad en que se ve inmerso. Las carencias y
problemas
sociales a los que habitualmente está conectado tienen explicación y
responsables fuera de sí mismos, y por si fuera poco, la posibilidad de
ser
solucionados. Usando la terminología de Girard, Satanás es el “chivo
expiatorio” del pentecostalismo que permite a los individuos expulsar
de su
vida una violencia contenida, objetivarla en un personaje determinado y
combatirla con el apoyo del resto de la comunidad, consolidando su
“renacimiento” en la fe. El Demonio está directamente vinculado con la
identidad y cohesión de un colectivo que basa su existencia en la
integración religiosa
y práctica de los tradicionalmente marginados.
Para finalizar, y dentro de un
contexto más general, es posible establecer que la expansión del
pentecostalismo puede comprenderse en parte por la importancia central
que dan
dentro de su discurso a la imagen del Satanás. El Diablo pentecostal, a
diferencia de otras representaciones malignas al interior de la
sociedad
moderna –o posmoderna-, otorga certezas y seguridad entre quienes
carecen de
aquellas. Todo esto permite que la representación de un
Diablo
pentecostal cargado de una mescla de nociones tradicionales y modernas
sobreviva y se proyecte a través del tiempo. Tal como afirma Mansilla, “el pentecostalismo tomará
las imágenes del diablo de la Biblia, del catolicismo y de la religión
popular
y hará de él una imagen ubicua, poderosa y ambigua y lo hará
responsable sobre
aspectos externos e internos, sociopolíticos, económicos y
eclesiásticos”
(Mansilla, 2009:96). Dentro de una
lógica secularizadora clásica, tendríamos que afirmar que a medida que
la
modernidad avanza los elementos tradicionales que definen a la imagen
del
Diablo terminarían por cavar su propia tumba. No obstante, las
necesidades que
ha impuesto la modernidad tardía, así como la capacidad de del Diablo
pentecostal de interpretar los tiempos modernos sin sacrificar del todo
su
identidad tradicional, permiten seguir satisfaciendo necesidades y
consolidar
al movimiento pentecostal en general. En este sentido, una de las
necesidades
primordiales que satisface el Diablo es la de darle forma e integridad
a una
serie de “miedos sociales” que en la actualidad circulan como fruto de
la
modernización contradictoria –injusticias sociales, cesantía,
delincuencia,
etc.- y una posmodernidad cargada de incertidumbre. El Diablo
pentecostal se
hace sólido sobre las causas “liquidas” del miedo, de esta manera las
identifica y combate. Bibliografía.
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Latinoamericano III. Identidad, teología, historia, RELEP,
Concepción. [1]Chileno.
Licenciado en Historia
en la Universidad de Chile, Magister © en Sociología con mención en
Sociología
de la Modernización en la Universidad de Chile. Correo: nmarin@live.cl. [2] Este articulo se desprende de las reflexiones desarrolladas en el informe del seminario de grado “Aproximaciones al fenómeno religioso en Chile: Instituciones y prácticas” realizado el año 2009 en la Universidad de Chile. [3] Censo
realizado en el año 2002
por el Instituto
Nacional de Estadística disponible en: <http://www.ine.cl/cd2002/cuadros/6/C6_00000.pdf>
[Consulta: 15 de abril de 2009] [4]
De
acuerdo
a estimaciones de Arturo Fontaine y Harald Beyer, hacia 1990 ambas
iglesias
representaban alrededor del 90% del mundo evangélico. [5] El
ejercicio de “asociación de
términos” tuvo por objetivo obtener palabras asociadas a los términos
Diablo,
Maldad y Miedo, a fin de obtener el núcleo y la periferia de la
representación.
El ejercicio se aplicó sobre 26 miembros de la Iglesia Evangélica
Pentecostal cuyo
parámetro de elección fue aleatorio en la elección de la muestra y la
saturación en el número de encuestados.
[6] Pastor
Gabino Cortés, Pastor de la
IEP de San Bernardo,
60 años, entrevista realizada el 19 de noviembre de 2009, San Bernardo,
Santiago de Chile. [7] Ídem. [8]
COLQUE,
Alfonso, 2000, “¡Hay guerra espiritual con Satanás!”, En: Fuego de Pentecostés, Editorial EBEN
EZER, N° 885, Santiago, p. 5. [9] IGLESIA
EVANGELICA PENTECOSTAL, 1997,
Himnos
Evangélicos para el
uso de la Iglesia Evangélica Pentecostal,
Editorial EBEN EZER, Santiago, p. 357. [10] Hno, Jorge
Hidalgo, Cuerpo de
Oficiales, 56 años, primera entrevista realizada el 5 de noviembre de
2008, San
Bernardo, Santiago de Chile. [11] Hna.
Sandra, Cuerpo de Dorcas, 45 años aprox., entrevista realizada el 30 de
agosto
de 2009, San Bernardo, Santiago de Chile.
[12] Hno.
Daniel, Cuerpo de
Jóvenes, 16 años, entrevista realizada el 17 de octubre de 2009, San
Bernardo,
Santiago de Chile. [13]
Ídem. [14] EDITORIAL,
2002, “Dejad de hacer
lo malo”, En: Fuego de Pentecostés,
Editorial EBEN EZER, N° 872, Santiago, p. 4.
[15] Hna.
Anónima, Cuerpo de
Señoritas, entrevista realizada el 30 de agosto de 2009, San Bernardo,
Santiago
de Chile. [16] Hna.
Sandra. [17] Hno.
Jorge
Hidalgo, Cuerpo de
Oficiales, 56 años, segunda entrevista realizada el 30 de agosto de
2009, San
Bernardo, Santiago de Chile. [18] Hno.
Hidalgo, segunda entrevista. [19] Hno.
Hidalgo, segunda entrevista. [20] Hno.
Jonatán, Cuerpo de Jóvenes,
entrevista realizada el 2 de noviembre de 2009, San Bernardo, Santiago
de
Chile. [21] Hno.
Hidalgo, Primera
entrevista. [22] CISTERNA,
Jairo, 2002, “Yo era un drogadicto, mas Cristo me salvó y sanó”, En: Fuego de Pentecostés, Editorial EBEN
EZER, N° 871, Santiago, p.
12. [23] Hna.
Sandra. [24] Hno.
David, Cuerpo de Jóvenes, 26 años, entrevista realizada el 1 de
noviembre de
2009, San Bernardo, Santiago de Chile.
[25] Hna.
Anónima. [26] Hna.
Yessia Fadic, Cuerpo de Dorcas, 45 años aprox. entrevista realizada el
4 de
Octubre de 2009. San Bernardo, Santiago de Chile. [27] Hno.
Daniel. [28] PAYE,
Gladys, 2002, “El televisor, instrumento que impide la bendición”, En: Fuego de Pentecostés, Editorial EBEN
EZER,
N° 880, Santiago, p. 10. [29] CAYULEO,
Andrés, 2002, “Una experiencia digna de ser considerada”, En: Fuego de Pentecostés, Editorial EBEN
EZER, N° 876, Santiago, p. 10. [30] CANALES,
Rodrigo, 2000, “Alerta, responsabilidad de los padres frente a la
educación de
sus hijos”, En: Fuego de Pentecostés,
Editorial EBEN EZER, N° 855, Santiago, p. 6. [31] Ibíd., p. 7 [32]
Hno. Daniel. |