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Revista Cultura y Religión, Vol. IV, Nº 2 (octubre del 2010) 4 -19
Iglesia y educación durante
la última dictadura en Argentina
Catholic Church and
education during the last dictatorship in Argentina
Laura Graciela Rodríguez[1]
Universidad Nacional de La Plata. (Argentina)
laura.rodrig@speedy.como.ar
Recibido el 31 de marzo
del 2010
Aceptado el 15 de julio
del 2010.
Resumen
La bibliografía sobre las relaciones entre la Iglesia católica y el
autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), ha hecho foco en
las posiciones que tomaron sus distintos integrantes frente a las violaciones
de los derechos humanos. A diferencia de lo que ocurrió con la Iglesia en Chile y Brasil,
en la Argentina
sus máximos representantes apoyaron decididamente la represión y el terrorismo
de Estado de los primeros años. En este artículo analizaremos un aspecto poco
trabajado aún sobre la Iglesia
y es la manera en que intentó influir en la política educativa del Proceso.
Estudiaremos el contenido del periódico Consudec
que fue creado en 1963 por el Consejo Superior de Educación Católica o CONSUDEC,
que nucleaba a los colegios secundarios y terciarios y se fundó a fines de los
años treinta.
Palabras claves:
dictadura- Argentina- Iglesia Católica
Abstract
The literature on the relationship between the
Catholic Church and the Proceso de
Reorganización Nacional (1976-1983), process has focus in the positions
they took their members to human rights violations. Unlike what happened with
the Church in Chile and Brazil, in Argentina their representatives
supported strongly repression and early State terrorism. In this article we'll
discuss a little worked aspect still on the Church and it is the way in which
attempted to influence educational policy of the Proceso. We shall examine the content of the newspaper Consudec was created in 1963 by the Consejo Superior de Educación Católica
or CONSUDEC, as incorporated to
secondary and tertiary schools and was founded at the end of the 1930s.
Key words: dictatorship-Argentina – Catholic Church
Iglesia y educación durante la última dictadura
en Argentina
Entre 1930 y 1966 se organizaron en la Argentina cinco golpes de
Estado que se intercalaron con regímenes democráticos de distinto tipo. El 24
de marzo de 1976 los integrantes de las tres Fuerzas Armadas organizaron el
sexto asalto a un gobierno elegido constitucionalmente, al tiempo que se
sucedían otros golpes de similares características en los países del Cono Sur
Latinoamericano (Brasil, Chile y Uruguay). En comparación, la última dictadura
en Argentina fue la más cruenta de la región. Los organismos de derechos
humanos calculan que hubo alrededor de 30 mil “desaparecidos”, denominación que
define a las personas que fueron secuestradas por las fuerzas de seguridad y de
las que no se supo el paradero durante mucho tiempo. Lo cierto es que la
mayoría fue torturada en aproximadamente 340 centros clandestinos de detención
distribuidos en todo el país, y/o asesinada. Un gran porcentaje ha sido
identificado como trabajador de fábrica y militante sindical y casi el 6 por
ciento del total como docente.
La bibliografía sobre las relaciones
entre la Iglesia
católica y el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), ha
hecho foco en las posiciones que tomaron sus distintos integrantes frente a las
violaciones de los derechos humanos (Mignone, 1986; Mallimacci, 1996; Zanatta,
1998; Di Stéfano y Zanatta 2000; Obregón, 2005). A diferencia de lo que ocurrió
con la Iglesia
en Chile y Brasil (Bustamante 2009) en la Argentina sus máximos representantes apoyaron
decididamente la represión y el terrorismo de Estado de los primeros años.
En este artículo analizaremos un
aspecto poco trabajado aún sobre la
Iglesia y es la manera en que intentó influir en la política
educativa del Proceso. Estudiaremos el contenido del periódico Consudec que fue creado en 1963 por el Consejo
Superior de Educación Católica o CONSUDEC, que nucleaba a los colegios
secundarios y terciarios y se fundó a fines de los años treinta. Tanto el presidente del Consejo como
el director de la publicación estaban enrolados en las filas de los católicos
conservadores y mantuvieron relaciones fluidas con los tradicionalistas. Como
ha señalado Martín Obregón (2005), los obispos argentinos, frente al Concilio
Vaticano II se dividieron en tres grandes grupos. Por un lado estuvieron los tradicionalistas, que eran los más intransigentes y se mantuvieron cerca del Vicariato
Castrense para las Fuerzas Armadas. Por otro lado, se encontraban los obispos
conservadores que habían tomado conciencia de la imposibilidad de una vuelta
atrás después del Concilio. Fueron el sector más numeroso y por eso mismo, se
caracterizaron por una mayor vaguedad desde el punto de vista ideológico. Los
dos se diferenciaban a su vez, de los renovadores que se mostraron más
tolerantes a la renovación conciliar (Obregón, 2005:42-6).
Históricamente, la Iglesia consideró a la
educación como un área estratégica, aunque pensaba que la legislación le era
desfavorable. En la Argentina estaba vigente
la Ley de
Educación Nº 1.420 del año 1884 que establecía el carácter laico de la
enseñanza pública y la obligatoriedad y gratuidad de la educación básica de
siete años. Los
religiosos tenían la mayor cantidad de establecimientos concentrados en el
nivel medio, poseían solo alrededor del diez por ciento de las escuelas
primarias y retenían un porcentaje muy bajo de la matrícula universitaria
total. Por ende, el periódico era el portavoz de los intereses que tenía la Iglesia en los niveles
primario y secundario principalmente.
Durante la última dictadura hubo
cinco ministros de educación: Ricardo Pedro Bruera (1976-77), Juan José Catalán
(1977-78), Juan R. Llerena Amadeo (1978-1981), Carlos Burundarena (1981) y
Cayetano Licciardo (1982-1983). Todos ellos provenían del catolicismo
conservador y exhibían distintos grados de compromiso con la jerarquía de la Iglesia. Sin dudas,
Llerena Amadeo fue el que estaba mejor vinculado con la cúpula y por esa razón,
resultó el que más tiempo duró en el cargo. En este artículo analizaremos las opiniones de los responsables del
periódico Consudec sobre los tres
primeros ministros que actuaron bajo la presidencia del teniente general Jorge
Rafael Videla (1976-1981).
Este trabajo consta de seis
apartados, adonde veremos, en los dos primeros, la manera en que los sacerdotes
del Consejo apoyaron la llegada del golpe de 1976, se vieron beneficiados al
recibir información educativa oficial, le dieron auspicio a distintas medidas
del gobierno que generaron controversias con los organismos de derechos
humanos, y consiguieron aumentar la cantidad y la frecuencia de sus propios
eventos. Al mismo tiempo, se dedicaron a criticar a los defensores de la
educación “laica”, identificándolos como sus principales “enemigos”. En el
tercer apartado observaremos cómo, en virtud de sostener su relación con los militares, evitaron
denunciar las intervenciones que se estaban realizando a sus propios colegios y
esto les valió un enfrentamiento público con los nacionalistas católicos.
Mientras transcurrían las gestiones de Bruera y Catalán, los del Consejo
expusieron sus afinidades con las ideas elitistas sobre educación. En la cuarta
y quinta sección veremos que la llegada de Llerena Amadeo al Ministerio fue recibida
por los católicos con entusiasmo en tanto provenía del corazón mismo del
sistema privado de enseñanza y de sus corporaciones. Los discursos del
mandatario daban cuenta de sus compromisos con el sector católico, sus vínculos
con representantes del Opus Dei y la intencionalidad de derogar finalmente la
ley de educación 1.420.
Por último, caracterizaremos algunas
de las medidas que tomaron otras dependencias estatales cuando Llerena Amadeo
era ministro y que los perjudicaron directamente, como la eliminación o demora
en el pago de los subsidios y la sanción a los rectores por irregularidades
administrativas. En este sentido, pretendemos mostrar que si bien la Iglesia sostuvo una
alianza estratégica con el gobierno de la última dictadura, tempranamente quedó
en evidencia que no hubo acuerdo dentro de la Junta Militar de otorgarles a
los católicos el control total de la educación.[2] En consecuencia, hacia el final del período
observamos que la nueva Ley de Educación nunca fue aprobada, el número de
establecimientos privados tuvo un crecimiento muy modesto y no pudo imponerse
la enseñanza religiosa en el sistema público, tal como se hiciera entre 1943 y
1954.[3]
En suma, los católicos debieron contentarse con el cumplimiento de una ínfima
parte de sus aspiraciones.
Los “amigos” y los
“enemigos” del Consudec
Hacia 1976 el padre Horacio R.
Gutiérrez estaba al frente del Consejo o CONSUDEC y el sacerdote Tomás A. Walsh
era el director del periódico. El Consudec
era una publicación quincenal que, según rezaba, pretendía estar “al
servicio de los colegios católicos”. Producto de sus relaciones con las
autoridades del gobierno de facto, en mayo de 1976 el director anunció que se
inauguraba una nueva sección denominada “Documentación e Información
Educativa”, que contenía la normativa (leyes, decretos, circulares,
resoluciones y recomendaciones) más importante que aprobaba el Ministerio de
Cultura y Educación y en particular la Superintendencia
de Enseñanza Privada (SNEP).[4]
A partir de este convenio, la revista pretendía ser un “Digesto” para los
directores, rectores y docentes de las escuelas católicas. Dado el tipo de
información que contenía, numerosos organismos públicos de todo el país también compraban el
periódico.
Además de esto, en cada número se
publicaban en las páginas centrales distintos documentos elaborados por
diferentes organismos, como los informes de la Asamblea General
de la Oficina
Internacional de la Educación (OIC) y del Departamento de Educación
del CELAM; la disertación de monseñor Antonio J. Plaza; las conclusiones de la Asamblea de la Conferencia Episcopal
Argentina; la
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla;
y textos del Episcopado de Chile, entre otros.[5]
El Consudec había pasado de tener 16 páginas el año anterior, a subir
a 24 a
comienzos de 1976 y en los años del Proceso hubo números que llegaron a tener
entre 28 y 32 páginas. La publicación estaba sostenida financieramente por
numerosas empresas que publicitaban en sus páginas, a pesar de esto, en más de
una ocasión tuvieron que anunciar a los colegios que debían aumentar el precio,
a causa del incremento de los costos del papel, la impresión y el correo. Las
editoriales eran escritas por el padre Walsh, quien arengaba a los colegios a
que compraran más de un ejemplar por establecimiento. En julio de 1979 puso
como ejemplo al Colegio Sagrado Corazón de la ciudad de Las Rosas en Santa Fe,
que había solicitado 33 revistas convirtiéndose en la más alta suscripción de
toda la historia. Así también, manifestaba su preocupación porque los rectores
no se quedaran con los ejemplares y los conminaba a que los hicieran circular
entre todo el personal. Walsh quería que el CONSUDEC se transformara en un
“movimiento” más amplio que abarcara a la totalidad de los docentes, alumnos y familias
católicas.
En el número de abril de 1976 el
director dio la bienvenida al nuevo gobierno y luego se manifestó a favor de
ciertos eventos y medidas que habían generado controversias. A lo largo de 1978
apoyó el Mundial de Fútbol y felicitó al director de la Dirección Nacional
de Educación Física por la preparación de la apertura; en julio publicó una
“Carta abierta a Jimmy Carter” que había escrito el presidente de la Asociación Nacional
de Educación Católica de los Estados Unidos, Pbro. John F. Meyer.[6] Meyer le reclamaba a Carter que no había cumplido con las
promesas de campaña de otorgar subsidios a las escuelas católicas norteamericanas y lo acusaba de
“intolerancia anticatólica”. En octubre se hizo eco de una serie de
“acontecimientos científicos del más elevado nivel y calidad”: el “XII Congreso
Internacional del Cáncer”, organizado por la Unión Internacional
contra el Cáncer (UICC) y el “IV Congreso Argentino de Bioquímica”.[7]
Tanto el Mundial como estas dos reuniones, habían recibido el boicot de las
organizaciones de derechos humanos en el
exterior que denunciaban la existencia de detenidos- desaparecidos en Argentina
(Franco, 2008). Asimismo, el presidente Carter estaba investigando al gobierno
argentino por el mismo tema (Novaro y Palermo, 2003).
Siguiendo una lógica similar, Walsh se
dedicó en varias columnas, a responder a los “enemigos” de los católicos, tal
como lo venían haciendo desde los años sesenta. A principios de 1978 criticó
una declaración que hizo en el diario |