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Revista
Cultura y
Religión,
Vol. IV, Nº 2 (octubre del 2010) 72 - 104 Deslices
políticos de la teoética
habermasiana Politicians
slip teoética habermasiana Bernardo
Congote Ochoa[1] Universidad
Distrital Francisco José de
Caldas, Bogotá
Recibido
el 15 de julio del 2010
Aceptado
el 10 de octubre del 2010. Resumen El
ensayo analiza
algunos elementos de la propuesta ética habermasiana comprometida con
su
enfoque de las relaciones entre religión y política. El ensayo expone,
en
primer lugar, apartes del discurso teórico central de Habermas, los
contrasta con
otras propuestas suyas y algunas hegelianas sobre el tema y sopesa
ambos
planteamientos a la luz del
reto foucaultiano
sobre el oficio del filósofo entre lo cognitivo habermasiano y la
pragmática que
impone el poder político, en este caso, del Estado Vaticano. En segundo
lugar,
el ensayo presenta algunos factores demostrativos de la importancia que
tiene el
problema del poder dentro del aparato eclesial vaticano y, por último,
ofrece
una muestra casuística de la forma en que el Estado Vaticano ejerce
diversos micro
poderes interviniendo negativamente sobre el aparato estatal
colombiano, susceptibles
de ser observados también en otros países latinoamericanos. Palabras
clave:
Colombia, Dogma, El Vaticano,
Estado Vaticano, Estado colombiano, Estado, Iglesia, Iglesia Católica,
Intervención,
Laicismo, Latinoamérica, Política, Teoética, Tradición, Valores,
Violencia. Abstract This essay evaluates some of the ethical
hypothesis of
Habermas related with his conception of religion and politics
relationships.
First, the essay develop some of the central theoretical aspects of
Habermas` hypothesis,
after they are contrasted with some other habermasian aspects about
religion
and politics relationships and so with some of correlated Hegelian
hypothesis, and
all of them are finally confronted with foucoultian dilemma between
cognitive and
pragmatic responsibilities of philosophers here connected to the
political
influence of the Vatican State. Second, the essay develop some
hypothesis around
the problem of political power exercise in the Vatican State apparatus,
and finally
it tries to expose some empirical aspects of Colombia and other
Latin-American
countries as an experimental case evidencing the hypothesis about the
Vatican State
obstructive intervention within civilian state structures. Key words: Colombian State, Catholic Church, Church,
Colombia,
Dogma, Intervention, Laicism, Latinamerica, Politics, State, The
Vatican,
Theoethics, Tradition, Values, Vatican State, Violence, El
problema teórico. Lo habermasiano en liza Jürgen
Habermas posee un lugar privilegiado en la filosofía contemporánea.
Contrastando con las escuelas que se han enclaustrado en los extremos
del
racionalismo puro o de la metafísica fanática, ha estado trabajando en
construir una especie de “teoética” entendida como la pretensión
postmetafísica
de diseñar una ética universal incluyente que, en el lenguaje
habermasiano, no se
debería olvidar o inducir a olvidarse de Dios. En efecto, al proponer
una “…
dogmática política… atea (que no implica desproveerse de) un
pensamiento sobre Dios o que la idea de Dios quede vaciada de todo
contenido… la
culpa sigue en pie… por lo que tenemos que (convertirla)… en
algo positivo… agarrándonos a una solidaridad que… contenga un poder
‘mesiánico’” [2]. Empeñado
en la posibilidad de que convivan una pretensión teísta – atea junto
con una
llamada “dogmática” política como un asunto sólo cognitivo, Habermas
eludiría enfrentar
sus hipótesis con el problema del ejercicio del poder y, en ese punto
específico, no resolvería la validez de su propuesta cuando se la
enfrenta al
monoteísmo catolizado apersonado en lo sacro por la Iglesia Católica y
en lo profano
por el Estado Vaticano. En este punto la parte esencial de su propuesta
se topa
con que este aparato dogmático ha hecho metástasis desde un sueño
original
cristiano dudosamente espiritualista hacia un proyecto político profano
que
interviene en la vida cotidiana de los Estados donde ejerce influencia,
forzando a poner en duda la validez solamente cognitiva de la propuesta
habermasiana. Con
base en esta idea general, el ensayo pretende falsear la pretensión de
validez
de algunas de las propuestas habermasianas en torno a esta peculiar teoética, cuando se vea enfrentada a
superar con éxito los acantilados que la dogmática catolizada conserva
cercados
por afiladas aristas dogmáticas y, ante todo, por la manera en que esa
dogmática ha configurado el ejercicio de un creciente poder político.
Poder que
originado en las primeras escaramuzas de los sicarios cristianos, llegó
maduro
al pacto de Constantino y se ha profundizado con posterioridad al
Renacimiento
en esta época que suele denominarse, livianamente, “modernidad” y, al
extremo,
“postmetafísica”[3].
La lucubración
tendría sentido porque en la medida que la metafísica dogmática siga
develada
como mampara de un proyecto político, el aparato vaticano acrecentará
impunemente su profundo apego al ejercicio del poder político profano,
poniendo
en estado crítico al proyecto de modernidad y, para peor, arriesgando
el éxito
de la defendible ética global incluyente que cuenta en Habermas con uno
de sus
más connotados promotores. La
propuesta teoética “Aquello
de que se habla en el discurso religioso… sólo
(puede) entrar en el caudal de la experiencia de
la filosofía… si la filosofía puede (identificarlo) bajo una
descripción que no esté tomada del lenguaje
de una determinada tradición religiosa, sino
que pertenezca al universo del habla argumentativa, desconectada
y separada del acontecer histórico que
para el propio discurso religioso representa la
revelación religiosa.”[4]
Ahora,
como no
es lo teológico asunto nuestro, la problemática central criticada tiene
que ver
mejor con la manera como Habermas evita enfrentar su teoética
con las múltiples aristas que propone el modelo vaticano concentrado
en apropiarse de partes alícuotas del poder político en los Estados
sobre los
cuales ejerce influencia[7].
En efecto, acusando su idealización teísta del pasado Habermas plantea,
en
primer lugar, la necesidad de una persistente “traducción” que debería
hacerse
en relación con el choque entre las interpretaciones filosóficas
sociales y las
teológicas cristianas, “poniendo ambas cosas en una relación
argumentativa”, sin
otorgarle la ponderación debida a lo que enseguida él mismo cita de
Peukert, afirmando
éste que “… me
parece plausible la tesis de que el problema no resuelto de las
culturas superiores
(sic) es dominar la tendencia a
un aumento del poder”[8].
Aquellas necesidades de traducción, reaparecen también en otro aparte
cuando afirma
que “… el
habla religiosa, cuando se trata de cuestiones políticas pertinentes,
es un
serio candidato para… contenidos de verdad, que pueden ser traducidos…
a un
lenguaje universalmente accesible… trabajo… (entendido
como) una tarea cooperativa (entre)… ciudadanos no religiosos y
conciudadanos
religiosos…”. Argumentando adelante que, sin
esa tarea conducente
a crear una “solidaridad cívica” mediante la cual ambos mundos “… se deben razones recíprocamente para sus
tomas de posición políticas”, se pone en riesgo la construcción de
cierta “reciprocidad
de expectativas” entre unos y otros que Habermas llega a identificar,
sólo en
lo cognitivo, como “…lo
que (sic) distingue a una comunidad liberal”,
en contraposición a
otra “… comunidad
segmentada (donde) las convicciones…
disonantes y las vinculaciones sub culturales triunfan sobre el
consenso
constitucional…”[9]
Pretensión de verdad política que amenaza quedarse anclada en un
enfoque sólo
cognitivo del problema soñando Habermas con un modelo social en cuyos
brazos se
disfrutaría de “…
un pensamiento post metafísico que se delimita hacia dos lados. Por una
parte,…
se abstiene de juzgar acerca de las verdades religiosas… Y por otra
parte, se
vuelve contra… la exclusión de las doctrinas religiosas con respecto a
la
genealogía de la razón”[10]. De
este cuerpo teórico el ensayo pone de relieve la existencia un primer
desliz en la propuesta habermasiana. Consistiría en que la dificultad
central fáctica que enfrenta la construcción de un puente traductor
entre
visiones que se presentan como religiosas versus otras no religiosas,
al
aparecer separadas sólo por una formalidad retórico-dialéctica entre
los contenidos
discursivos, se estrella con el hecho de que, precisamente entre esas
culturas
superiores denunciadas por Peukert como afectadas por una creciente
tendencia
al aumento del poder, se destaca de lejos y para mal, la sub cultura
catolizada
vaticana. En este orden de ideas, cuando los ejes de un poder político
de tal
magnitud se cruzan por entre los sutiles tejidos del ejercicio
cognitivo de discursos
religiosos y no religiosos, la evidencia muestra que ante el poder
vaticano los
segundos están condenados a perecer a manos de los primeros tal y como
el
ensayo intenta probar que ocurrió y sigue ocurriendo en el caso de
Colombia y,
probablemente, en otras sociedades latinoamericanas. Un segundo desliz
consistiría en que el paso desde comunidades segmentadas por
contraposiciones
metafísicas, hacia comunidades liberales incluyentes, en Habermas
también quedaría
reducido a un avance sólo cognitivo según el cual la vigencia de un
pensamiento
postmetafísico allanara actitudes ancestrales orientadas tanto a juzgar
lo
religioso desde la razón como, por tanto, a excluirlo por considerarlo
ajeno a ella.
En un plano ideal la propuesta es sugestiva; sin embargo acusa
precariedades si
se enfrenta al hecho de que hoy en día varios Estados liberales o en
proceso de
democratización en Latinoamérica padecen una, por cierto agazapada y
proclive a
la impunidad, intervención del Estado Vaticano merced a la imposición
de su dogmática
autoritaria vía contratos de tipo concordatario. Este fenómeno
contribuiría a derrotar
fácticamente toda posibilidad de inclusión o traducción entre los
aspectos
religiosos y no religiosos de la vida social en estas naciones, porque
el
aparato que aparece como religioso en la catolicidad termina
diluyéndose hasta
casi desaparecer subsumido en el control obstructivo que ejerce el
Estado
Vaticano sobre los hilos estratégicos del poder en la vida política
cotidiana. En
otro retador
planteamiento, Habermas insiste en la hipótesis de que el pensamiento
metafísico no esté todavía suficientemente “amortizado” en beneficio de
la
modernidad, reiterando que “…el
Estado liberal tiene interés en que se
permita el libre acceso de las voces religiosas… en la esfera
político-pública…
pues… en caso contrario, la sociedad secular (se
privaría) de importantes reservas
para la creación de sentido… Sería irrazonable descartar a priori… que
las
religiones mundiales (sic) mantienen con firmeza (sic) un espacio…
de la modernidad porque su sustancia cognitiva no ha
sido liquidada…
no se puede excluir que lleven consigo potenciales semánticos… que
desarrollen
una energía capaz de inspirar a toda la sociedad…”[11].
Observada
esta propuesta en bloque, tampoco sería probable en la realidad
política
inspirada por los ejes vaticanos de poder. En efecto, aceptar que en
particular
ese aparato global gobernado desde Roma haya podido contribuir a o
tenga en sus
planes sembrar en las sociedades donde influye algún tipo de “energía
inspiradora” de toda la sociedad, mucho más cuando insiste en que su
poder es el
“único verdadero”, invalidaría la forma y fondo de la propuesta
habermasiana. No
tiene en cuenta Habermas que cuando ese aparato dogmático afectado por
su
marcada tendencia a ejercer poderes políticos diversos, es confrontado
para que
manifieste sus pretensiones de verdad, antes que exponer “potenciales
semánticos” algunos se reduce a imponer su táctica
autoritario-dogmática
cerrando toda posibilidad de que cualquier ejercicio dialéctico, por
habermasiano que aparezca, ponga en riesgo su objetivo primario
consistente en
conservar a ultranza sus múltiples intereses de clase[12]. Habermas
y sus contradicciones prepolíticas Los
planteamientos teoéticos de Habermas, también
contradicen
otros suyos estrictamente políticos.
Al preguntarse si “… el poder
político… puede seguir admitiendo una justificación secular… no
religiosa o
postmetafísica”, Habermas había respondido que “… el liberalismo político por
el que abogo… se
comprende como una justificación no religiosa y postmetafísica de los
fundamentos… del Estado democrático constitucional”.
Adelante, no
con menos énfasis, había propuesto que “ … en el Estado constitucional
no existe ninguna
autoridad política que se sustente en una sustancia prejurídica como
puede ser
la religiosa”, y, además se había opuesto a
la idea de que el
Estado constitucional acusara “… un déficit de validez que deba ser
compensado
mediante la ‘eticidad’”, falseándola al afirmar que su propuesta
política partía
de la base “… de
que la constitución del Estado liberal puede cubrir su necesidad de
legitimación de manera autosuficiente… administrando recursos
cognitivos…
independientes de las tradiciones religiosas y metafísicas” [13]/[14]. No
obstante, y desconociendo la
fortaleza de estas afirmaciones, al final del mismo ensayo le dio
salida a su atavismo
teológico al afirmar que la “… pretensión de monopolio
interpretativo y de
conformación de una vida en todos sus aspectos tuvo que ser abandonada (sic) por la religión bajo las
circunstancias de la
secularización del saber, la neutralización del poder estatal y la
libertad religiosa”.
Aserto cuya validez no se ha probado
contrastándolo con la
estrategia política vaticana especialmente en Latinoamérica[15].
No se ha podido probar, en primer lugar, porque como el autor lo ha
mostrado en
otros espacios, la pretensión secularizante o laicista que aparece como
una de
las marcas de la modernidad, habría quedado reducida a un formalismo
vacío
cuando se la confronta con el poderoso fenómeno político vaticano[16].
En segundo lugar, porque el autor no conoce que se haya demostrado aún
que, en
relación con el peso político del aparato vaticano, sociedades
catolizadas como
la colombiana u otras pares suyas en Latinoamérica, pudieran demostrar
que han
podido neutralizar ni menos eliminar el poder interventor obstructivo
del
Vaticano sobre sus estructuras locales. Y al final, porque el asunto de
la
libertad religiosa que se predica propio de la modernidad, se ha
convertido en
sociedades catolizadas como la colombiana en mero formalismo porque los
contratos concordatarios vigentes desde el siglo XIX han convertido en
reyes de
burlas a todos y cada uno de los intentos civilistas por zafarse del
monopolio
que ejerce ese aparato político sea sobre el aparato central del Estado
sea
sobre los sub aparatos económico, represivo o educativo del Estado. A
los anteriores
conviene añadir la crítica de otros planteamientos políticos de
Habermas relacionados
con los conflictos existentes entre el ejercicio de ciudadanía, las
convicciones individuales y los retos que supone enfrentar la
consolidación del
proyecto de la ética universal incluyente. Al respecto, ha dicho que “… los ciudadanos
religiosos tienen que (sic) encontrar una actitud epistémica hacia la
primacía
de la que gozan también (sic) las razones seculares en la… política…
(entre
otras razones porque en) una comunidad que se escinde en campos
fundamentalistas y seculares, la integración política se pone en
peligro cuando
son muchos los ciudadanos que no están a la altura del uso público de
la razón…
(y porque)… Es preciso un cambio en las actitudes epistémicas para que
la
conciencia religiosa se torne reflexiva… Pues el Estado liberal sólo
puede
confrontar a sus ciudadanos con obligaciones que estos puedan cumplir
por
discernimiento…·”[17].
Para
empezar, conviene dejar claro que Habermas es consistente en su empeño
de trabajar
el problema de la religión y la política con base en una concepción
esencial y
exclusivamente cognitivo relacional mediante una estructura conceptual
que, por
una parte, se acerca negativamente al idealismo hegeliano y, por la
otra, arriesga
quedar alejada de toda consideración, por ejemplo, acerca de qué tan
pobre es
la disposición de los ciudadanos religiosos catolizados sumisos ante la
férula
vaticana a adoptar actitudes epistémicas competitivas cuando menos en
lo
político. Impermeabilidad que se explica por el carácter impositivo de
una ética
autoritaria que les entrena para oponerse a cualquier eticidad cívica
básica
que se aleje de la meliflua “Doctrina social de la iglesia”[18],
cerrando posibilidades de que se pueda entablar, contando con ellos,
algún tipo
de diálogo racional entre las diversas organizaciones sociales lo que
ha
afectado sensiblemente toda posibilidad de construir capital social. Experto
en la
valoración del capital social en Colombia, durante el lapso 1997-2007
Sudarsky ha
diseñado y monitoreado un muestreo nacional evaluando, entre otras
decenas de
variables, la viabilidad de “… incorporar en la
interpretación de los resultados
de las tradiciones específicas… el impacto y continuidad de la
tradición
Jacobino-hispano católica…”. Profundizando en ese
objetivo, sus análisis han llegado a
concluir que los elementos que lesionan en la vida cotidiana la “unidad
de
confianza institucional” que resultan coherentes con las propuestas
tradicionales hispano católicas, son, entre otros: ·
La
suposición de que la vida en sociedad se fundamenta en consenso en
lugar de
contrato; ·
La
sociedad como monista y orgánica con preferencia hacia lo político
estatal, en
menoscabo de la participación activa de la sociedad civil lo que genera
un perfil
de lo colectivo basado en lo jerárquico y la desigualdad; ·
La
carencia de acceso autónomo al centro y, con ello, la necesidad de
mediación
(jerarquizada) que degenera en clientelismo partidista; ·
En
lugar de una concepción sistémica y universalista de la aplicación de
las
normas y las reglas, su aplicación ad hoc
y particularista; ·
La
compulsión a participar pero sin comprometerse en la sostenibilidad del
orden
creado y menos en la subversión del mismo; ·
La
debilidad de los conceptos de límites de las colectividades hace que
las
categorías de afiliación sean difusas y permeables; ·
El
orden social se entiende como algo dado, en lugar de aparecer como un
resultado
por construir; ·
El
imperio de nociones de justicia distributiva y de cooptación; y
finalmente, ·
El
énfasis en el bien común en lugar del de la mayoría[19]/[20]. ¿Deslices
habermasianos sobre Hegel? Otros
deslices
surgirían de las hipótesis criticadas hasta aquí, si se las asocia con
algunos
planteamientos hegelianos que tocan sensiblemente con la filosofía
política. En
efecto, Habermas incurriría en algunos que podemos denominar purismos hegelianos al poner de relieve
el aumento de “… la significación de las religiones utilizadas con
pretensiones
políticas…” especialmente en los Estados Unidos[21].
Nos interesa mostrar, de la mano de Hegel, el riesgo de que Habermas
afirme
válidos para todas las religiones, incluyendo la católica,
planteamientos
teoéticos que, en el mejor de los casos serían válidos sólo en
sociedades que
practican la religión protestante como es precisamente la
estadounidense. Por
un lado, el
planteamiento habermasiano se acercaría a Hegel en que éste propone un
modelo
ideal de sociedad donde la eticidad se transmite linealmente entre
religión y
Estado, dado que “En general, la religión y el fundamento del Estado
son una y
la misma cosa…” donde la primera le da asiento a la “sabiduría divina”,
el
segundo a la “sabiduría del mundo” y, ambos, desarrollan leyes y
constituciones
de origen divino que le dan fundamento de la libertad como valor
supremo. Pero
Habermas no habría tenido en cuenta que el mismo Hegel advirtió que ese
modelo “… se da en Estados
protestantes, y sólo en ellos…, pues es ahí donde existe aquella unidad
de la
religión y el Estado (dado
que)
Las leyes… son consideradas como racionales y como algo divino a causa
de la
presuposición de esta armonía originaria... “.
Además Hegel prevenía
de que inclusive en los Estados protestantes si mantuvieran esta
relación unívoca
en un nivel sólo formal, esto es, ausente de las profundidades
filosófico
religiosas de su propuesta central, “… deja con ello un campo abierto a
la
arbitrariedad, a la tiranía a la opresión dado que bajo esta liga
religioso-política, arriesga poner en vigor el principio de que “… el
soberano
sólo tenga que dar cuenta a Dios de sus acciones”[22]. Si
lo anterior
no bastara en beneficio del rigor hegeliano y en contra del
habermasiano, Hegel
también advirtió que a pesar de su modelo ideal siendo diferentes las
bases de
lo mundano y lo religioso, cuando la religión no se limita a permanecer
en su
dominio propio, como ocurre con el catolicismo, estas prescripciones
que la
religión le impone al individuo, “… pueden diferir de los
principios básicos del
derecho… que tienen validez en el Estado (estableciéndose)… un ideal religioso, un
cielo sobre la tierra (una)… renuncia a la realidad…
y con ella la lucha y la huida (que
hace que el individuo deba)… renunciar a sí y rechazar su
mismidad… Cuando la
religión se adueña así de la actividad del hombre, puede imponerle
prescripciones… que se oponen a la racionalidad del mundo”.
Fenómeno que, sin rodeo alguno, Hegel advierte ocurriendo “En los Estados católicos (donde) se encuentran… en
oposición religión y Estado cuando brota en el hombre la libertad
subjetiva. En esta
oposición la religión
sólo se manifiesta de forma negativa (significando
que)… el hombre… no posee…
derecho alguno y que la religión no reconoce ningún derecho absoluto en
el
marco de la eticidad real”. De esta forma
Hegel contribuye a
entender por qué los Estados catolizados son proclives a caer en la
trampa de
que al tiempo que sus constituciones tienden a admitir la libertad
religiosa
como uno de los fundamentos de su liberalidad, esa misma libertad
termine
atentando contra la estructura constitucional imponiendo como lo hace
El
Vaticano en contra del derecho y otros patrones civilistas básicos, la
aceptación de conceptos éticos ultra terrenos, psicóticos “cielos en la
tierra”
que hacen inviables los proyectos civilistas de sociedad
[23].
El
planteamiento
hegeliano es contundente porque, de una parte, ratifica el riesgo de
que la
propuesta habermasiana de eticidad convenga restringirse sólo a
ambientes
protestantes cuando Habermas la ha venido formulando, hasta ahora, sin
discriminación
alguna[24].
De la otra, contribuyendo a desnudar de qué manera los efectos que una
forma de
religión como la católica produce en las sociedades que influye, se
explican en
la degradación que padecen aquí y ahora sociedades como la colombiana y
posiblemente otras latinoamericanas cuya precariedad política, atada a
una
catolicidad colonial todavía no superada, las mantendría presas de
atavismos
ancestrales arriesgando la viabilidad de que construyan proyectos de
civilidad
propios. Aclarando, al final, que el autor no encuentra al menos en
estos textos
de Hegel ni de Habermas, advertencia alguna de que el aparato vaticano
como eje
de poder político creciente supere los riesgos atribuidos sólo para un
modelo
de religión que, como el católico, se encuentra inmerso en una
estrategia
orientada, más que a defender eticidad alguna entre sus seguidores, a
consolidar el ejercicio del poder político mediante un Estado multi
nacional
dotado de herramientas económicas, educacionales y militares como
ninguna otra
“religión” puede mostrarlas actuando de manera tan eficiente y eficaz. Algunas
inferencias Esta
suma de deslices habermasianos, le mostraría víctima de cierto
“angelismo” al evitar
confrontar el hecho de los Estados católicos y sus ciudadanos se
encuentran
impermeabilizados para crear alguna actitud epistémica de su parte que
facilite
el ejercicio de la política mediante obligaciones que puedan ser
sometidas a
discernimiento[25].
Todo
porque en los Estados católicos esa baja disponibilidad racional de los
ciudadanos se explica como producto del enfoque autoritario que tiene
El
Vaticano enredado en su dogmática impositiva, habiendo enseñado que el
ejercicio de una forma de poder que es enemiga esencial de todo
comportamiento
racional, contribuye, al tiempo que a la defensa de los intereses de
clase de
ese aparato, a no tomar en cuenta que ese proyecto atenta contra toda
posibilidad civilista de sociedad para sus feligreses inhabilitándolos
para ejercicios
políticos donde prime el discernimiento sobre sus prejuicios metafísicos[26].
Situación advertida por Hegel al proponer que en Estados escindidos por
la
intervención fáctica de lo religioso sobre lo constitucional, “…
puede ocurrir… que la religión difiera del principio del Estado… (obstaculizando) el
surgimiento de algún organismo de la Constitución política pues este
exige una
ordenación en la que estén delimitados los derechos y deberes”[27]. Las
pretensiones
de validez de la teoética habermasiana están sustentadas en un cuerpo
teórico cognitivo
coherente. Sin embargo esa coherencia queda en riesgo cuando se
confrontada con
pruebas empíricas que demuestran la incidencia del fenómeno político
vaticano
o, con otras palabras, cuando sus asertos son sacados por fuera del
modelo Estado
- Religión ideal propio de la propuesta hegeliana. El cuerpo argumental
teoético
queda en riesgo cuando, por ejemplo, su propuesta buscando asociar
cooperativa
y cívicamente a religiosos con seculares se estrella contra un aparato
de poder
como El Vaticano que en absoluto está interesado en esa parte del
negocio
social vendiendo como sigue haciéndolo, la especie de que “La única
Iglesia de
Cristo es la católica” [28].
En estas circunstancias el cuerpo argumental habermasiano quedaría
atrapado en
una zarza ardiendo otras de cuyas más elevadas flamas serían las
siguientes: ·
Si
con Habermas, “…
del carácter secular del poder estatal no se deriva la obligación
inmediata
para todos los ciudadanos… de complementar las convicciones religiosas
manifestadas públicamente mediante equivalentes en un lenguaje
accesible a
todos”[29],
brilla por
su ausencia algún argumento suyo que induzca a que, por
correspondencia, del exceso
de poder secular que ha adquirido el poder vaticano interviniendo
obstructivamente
en política, no podría admitirse que las categorías políticas deban
adquirir un
lenguaje accesible al grupúsculo catolizado, sólo porque éste se ha
arrogado el
poder de definir qué es y no es lo políticamente correcto imponiendo
creer, por
ejemplo, que el bien común sea equivalente al bien moral definido por
la
catolicidad. Ello se prueba con la tesis de que “... la doctrina del
bien común
(entendido como el “bien moral” católico) es una de las bases
fundamentales de
la doctrina (sic) social de la Iglesia” entrando a saco en la
administración en
absoluto gratuita de un valor laico de raíces griegas, dado que la
Iglesia se
ha cuidado de que los intentos laicistas arriesguen poner en juego la
vigencia de
sus propios intereses de clase. No otra cosa se colige cuando afirma
que el
bien común es algo que comprende “no sólo intereses materiales,
sino también intereses
espirituales y morales... El bien común debe tener como consecuencia el
perfeccionamiento de los hombres; es principalmente un bien moral”[30]. ·
Si
con Habermas, la llamada “helenización del cristianismo” que habría
logrado que
otros conceptos griegos civilistas como “autonomía, “individualidad”, o
romanos
como “emancipación” y “solidaridad”, hubieran “… quedado atravesados (sic)
desde hace mucho tiempo
por significados de procedencia judeo cristiana” [31],
quedaría al desnudo otro desliz político aceptando que, lejos del
Estado ideal
hegeliano, categorías civilistas seculares se conviertan en otras
susceptibles
de ser “atravesadas” por las religiosas fenómeno aquí renominado como
la
cristianización del helenismo, lo que empíricamente ha resultado dañino
observando
la desestabilización en que ha caído el proyecto de Estado civilista en
sociedades que, como Colombia, han sido permeadas por el exceso de
poder
vaticano. ·
Si
con Habermas, “El
pensamiento postmetafísico… se abstiene de la arrogancia racionalista
de que
puede él mismo decidir qué es lo razonable y… lo irrazonable en las
doctrinas
religiosas”[32],
tampoco se observa alguna advertencia suya relacionada con que el
Estado
Vaticano deba abstenerse de imponer una racionalidad metafísica
implícita en su
mega proyecto de poder que, al no estar validada políticamente, conduce
al
vacío a las sociedades donde influye. Estropicio que conserva vigencia
multipolar, por un lado, gracias a que esa racionalidad está bien
disfrazada de
pretensiones y rituales metafísicos, en paralelo, porque su aparato de
poder
ejerce presiones sociales significativas y, finalmente, porque sus
teólogos de
planta se arrogan la facultad de definir qué es lo racional e
irracional ya no
sólo de la metafísica sino de la vida política de lo que da fe la
copiosa
dogmática papal de los siglos XIX y XX en particular. De esta forma el
autoritarismo de su modelo de poder no se reduce a lo pragmático sino
que, a
manera de una cruda paradoja, penetra las esferas de lo propiamente
cognitivo enredándole
artilugios teológicos que configuran un curioso tiovivo en espiral del
tipo: ARTILUGIOS
TEOLÓGICOS=> MÁS PODER POLÍTICO => MÁS ARTILUGIOS
TEOLÓGICOS.
Situación que, en palabras de Hegel, es susceptible de ser denunciada
como “…
violenta pues la renuncia al conocimiento y a la racionalidad no puede
hacer y
mantener al espíritu unido consigo mismo (con lo que la religión queda
reducida
a pura)… añoranza (a manera de)… una deficiencia subjetiva abandonada a
sí
misma… desprovista de la seriedad del espíritu (como acusamos que
ocurre con la
vaticana que)… permanece en una situación incoherente (y que cuando los
teólogos se ocupan del problema)… esta ocupación resulta afectada, una
difusión
y movimiento en la superficie… Aquellos teólogos no tienen nada que ver
con el
verdadero contenido, con el conocimiento de Dios.”[33] ·
Si
con Habermas, “…
el Estado liberal sólo tiene derecho a confrontar a sus ciudadanos con
obligaciones que éstos puedan cumplir por discernimiento…”[34], en
lo que
estamos de acuerdo, no aparece en el filósofo que esta regla de juego
también deba
operar a la inversa de modo que en el caso del Estado Vaticano éste no
pudiera incidir
como lo hace para que las sociedades civiles actúen en política
siguiendo sus dictados
dogmáticos que, como buena parte de los suyos políticos, no obedecen a
algún
tipo de riguroso discernimiento dentro de los límites que propone la
Ciencia
Política. De esta forma Roma habría hecho tabula
rasa entre lo que significa emitir dogmas para el
cumplimiento sumiso de
sus pretensiones metafísicas, traspasando ese estropicio hacia la
esfera
pública de modo que sus prejuicios sean cumplidos por comunidades
compuestas
por catolizados y no catolizados contrariando lo que, constitucional y
habermasianamente,
exige del discernimiento que aparezca como el fiel de la balanza entre
lo que
hay y lo que no hay que hacer. EL
FILÓSOFO ANTE EL PROBLEMA DEL PODER “…
el filósofo puede ser antidéspota…en tanto que en su práctica y
en su pensamiento filosófico se mantendrá independiente en
relación con el poder, se reirá del poder… la
tarea de la filosofía es hacer ver lo que vemos.”[35] Un
paralelo de los siglos XIX y XX, lleva a Foucault a plantear que
mientras en el
primero tuvo que resolverse la encrucijada de sociedades que
construyeran
riqueza al tiempo que veían agudizar su pobreza, no resuelto aún ese
problema
el siglo XX se habría enfrentado a que esa mezcla de enriquecimiento
mezclado
de pobreza, hubiera dado luz a otra endemia: el exceso de poder[36].
En relación con este fenómeno, valdría añadir, aparece fortalecida la
creciente
tendencia al usufructo del poder político que tiene al aparato vaticano
como uno
de los actores principales de la política global[37].
Por ello resultaría propio del antidespotismo esperable del filósofo,
tomar este
toro por los cuernos para develar que las precarias pretensiones de
verdad espiritualistas
que, desde el nacimiento de la cristiandad habrían rodeado al proyecto
catolizado,
estarían a punto de quedar diluidas al extremo merced a ese exceso de
poder
acumulado por el aparato estatal multi nacional controlado desde Roma. De
acuerdo con lo anterior, cabe insistir en que el ensayo no cuestiona la
validez
del planteamiento cognitivo habermasiano en sí, defendible por muchos
aspectos,
sino la forma en que hace crisis cuando es confrontado con las
realidades
políticas que configura el aparato vaticano. Uno podría especular
acerca de que
la teoética de Habermas le mostrase ajeno a la tradición que colocó a
los
filósofos inspirando proyectos hegemónicos que no siempre fueron motivo
de
orgullo. Es posible entonces que su teoética, afectada por las
asociaciones que
surgieron entre Rousseau y la Revolución Francesa, Hegel y el Estado
prusiano,
Heidegger y Wagner con el hitleriano o Marx con el leninista, haya
decidido quedarse
en extramuros que le eviten aparecer como otro planteamiento de poder
y, que por
ello, haya descuidado asumir el reto que propone Foucault para hacer de
la
filosofía, más que una sala de cirugía del lenguaje,
un verdadero <contrapoder>
haciendo “…
visibles las luchas que se cuecen en torno al ejercicio del poder, las
tácticas
utilizadas, los núcleos de resistencia…” hasta plantear
“… la cuestión
ingenua (de): ¿en qué
consisten, en el fondo, las relaciones de poder?”[38]. Es
aquí donde se cruzan cierta asepsia en la teoética habermasiana con la
facticidad del reto foucaultiano, en relación con el proyecto actual de
sociedad en América Latina afectada por el exceso de poder que sobre
ella
ejerce la férula vaticana. Por ello que en tanto su propuesta sobre la
convivencia
entre creyentes escatológicos y ciudadanos secularizados que habría de
materializarse materializa en lo político cotidiano, se mantenga
afectada por concepciones
asépticas de tipo cognitivo absoluto que, por ello, desconozca el
problema del
exceso de poder que significa en algunas sociedades la acción del
Estado
Vaticano, esa actitud arriesga dejar a la más excelsa filosofía
disparando
tiros al aire y recibiendo a cambio por parte de los abusadores del
poder un
mohín burlesco[39].
El verdadero
reto consistiría, por tanto, en “… abordar todas las relaciones
que atraviesan el cuerpo social en vez de tratar los efectos del
lenguaje que
atraviesan y sustentan el pensamiento… (pudiendo)
imaginar una especie de filosofía analítico-política… (en la que) el lenguaje
se juega” o, con otras palabras, en abandonar la
pretensión de
formar parte del juego sin enfrentarse a sus reglas y condiciones
fácticas sociales
como podría estar ocurriendo con las propuestas habermasianas en liza.
Reflexiones
que le abren paso a la fase probatoria de este ensayo buscando develar,
en
lenguaje foucaultiano, cuáles son para El Vaticano sus “…
relaciones de poder… en términos de táctica y estrategia, en términos
de regla
y de azar; de apuesta y de objetivos” [40]. EL
PROBLEMA DEL PODER VATICANO “…
este tipo de… resistencia se propone como
objetivo… los hechos de poder en
sí mismos… el hecho de que cierto poder
se ejerza y de que el solo hecho de
su ejercicio resulte insoportable.”[41] ¿Por qué iglesia
y política? “...las
fuerzas religiosas han adquirido una especie
de naturaleza física; en base a (sic) esto han
acabado por mezclarse con el mundo material y se
ha creído poder explicar lo que en éste ocurre por
medio de aquellas.”[42] Emplear
variables culturales religiosas para analizar lo político suele
aparecer “políticamente
incorrecto”. Se percibe cierta aversión de algunos científicos sociales
por
tomar factores de índole cultural religiosa en el enfoque de su
trabajo, tal
vez como síntoma de cierta justificable incomodidad que les produce
este
enfoque, en particular, a buena parte de los politólogos que han sido
informados en las escuelas católicas[43]/[44].
Conflicto metodológico que en la Conferencia de Chicago de 1960, llevó
hasta
rechazar “… las concepciones marcadamente sicologistas y... las
culturalistas” en
la interpretación de movimientos socio religiosos y sus implicaciones
culturales[45]. Fijando
estas dificultades, el ensayo demuestra
que, al contrario, las manifestaciones de lo religioso poseen una
potencia
inusitada para entender la sociedad que les da abrigo, dado que las
prácticas
que aparecen religiosas en países hondamente catequizados como
Colombia, resultan
esenciales para “… afirmar y revitalizar
identidades, renombrar territorios,... construir proyectos de vida,
expresar
conflictos sociales, resistencias, tensiones y negociaciones entre lo
local, lo
regional y lo global, y entre lo “pagano” y la oficialidad católica”[46].
Como lo acota Durkheim sobre la capacidad explicativa de la ciencia
sobre lo
religioso, “… esta barrera acabará por derrumbarse y... la ciencia
establecerá
su dominio en esa región que le estaba vedada”, coincidiendo con
Habermas en
que el discurso religioso entra a ser dominio de la filosofía cuando
ésta
identifique que aquel aborda lenguajes que no son propios de la
tradición
religiosa[47]/[48]. La
catolicidad
es una red política blindada por un edificio político “(Según
la concepción de Heráclito), no
existía edificio alguno ni estructura estable en
el cosmos... el mundo no era un edificio, sino,
más bien un solo proceso colosal.”[49] ............................................ “Del
excelso edificio
dogmático del catolicismo no se puede
extraer ningún sillar, pues <el todo
se tambalearía>, proclaman
los integristas católico-romanos
al tiempo que
descalifican la Reforma y la Ilustración
como «deshelenización».”[50] Cuando
se toca
el tema de lo católico la discusión suele concentrarse en el impacto
que
produce esa curiosa especie de <edificio
teológico> que ha sido dotada con una serie armónica
de condicionamientos
físico-arquitectónicos[51].
El mismo Durkheim advertía que en lo religioso general se “... procede como si...
fuera una especie de entidad indivisible, cuando en realidad es un todo
formado
de partes: es un sistema más o menos complejo de mitos, dogmas, ritos,
ceremonias...”[52].
Sin embargo el tal edificio católico simbolizado estratégicamente en un
inmueble ubicado en cuarenta y tantas hectáreas de Roma que esparce sus
tentáculos sobre buena parte del planeta, no sería más que el aparato
que
materializa una red de valores impuestos de manera persistente, tenaz y
continua
sobre el funcionamiento social. De allí que esa visión fastuosa
arquitectónica
de lo eclesiástico romano, convenga someterla a mayor rigor analítico
evaluando,
por un lado, qué tanto la catolicidad es una red de valores intangibles
que
opera con excelsa minuciosidad sobre buena parte de los ámbitos socio
políticos
donde actúa y, por el otro, de qué manera son inoculados, activados y
sostenidos mediante la operación armónica de ese “edificio central”
constituido
por el aparato vaticano cuya magnificencia ha resultado útil, sobre
todo, para
distraer la crítica. Una
vez en este
punto se aprecian mejor las razones por las cuales tanto la red de
valores como
su edificio continúan vigentes entrando el siglo XXI a contrapelo o
ignorando
olímpicamente los importantes retos surgidos de la postmetafísica
moderna. Esa
red de valores, lejos de reducirse al impacto que produce el fasto
arquitectónico que le sirve de mampara, posee la capacidad de
agazaparse hasta
ser y no ser, fluir y detener, articulando un aparato de poder capaz de
hacerse
visible e invisible, de pacificar haciendo la guerra, y, al mejor decir
nietzscheano, de curar la enfermedad y esparcir su virus, suma de cuyas
virtudes-defectos configuran la esencia de su poder político estratégico[53].
Quedaría al desnudo una trampa en que suelen caer algunos críticos de
la
vaticanidad, los unos, perdidos entre las formalidades del edificio
romano
descuidando el estudio de las complejidades sistémicamente enredadas y
al
tiempo piramidales de su red de valores y, los otros, entre los que se
destaca
Habermas, yendo y viniendo con especulaciones modernistas o
“postmetafísicas” sin
hacer mención alguna a la existencia, ni de la red ni del edificio
vaticano,
fenómeno cuya gravedad metodológica se agrava tomando en cuenta las
advertencias hegelianas ya examinadas[54].
Habermas contribuiría al enredamiento vaticano cuando en sus ensayos
teoéticos,
al tiempo que habla sin hablar de la vaticanidad operacional del
catolicismo,
formula llamados genéricos de alerta proponiendo que “... la fe, mediante su
anclaje en el culto, queda protegida de toda problematización
radical... (Pero) quien hoy… entabla una
pretensión de verdad, (inclusive
desde lo teológico), ha de traducir experiencias
que tienen su sede en el discurso religioso al lenguaje de una cultura
científica de expertos y desde ahí retraducirlas a la práctica”[55]. Una
vez el
crítico se libera de la maraña arquitectónica del edificio eclesial,
puede develar
la forma como se ha inoculado y activado esa red de valores en países
catequizados
como Colombia, haciendo las veces de una hipodérmica espiritualista que
contiene adentro el líquido politizado en las probetas romanas; siendo
de rigor
precisar que la eventual validez de lo aquí expuesto para el caso de
Colombia,
recomendaría emprender esta misma tarea en otros países de la América
catolizada como Argentina, Chile o México. Este sistema en red operando
agazapado, visible e invisible, presente y ausente, veneno y cura,
habría sido
condición sine qua non para ejercer
un papel esencial en las manifestaciones violentas de lo político
llevadas a
cabo por burócratas informados en las escuelas católicas teniendo a su
favor la
protección ultra nacional del mecano diplomático y político vaticano. Los
micros
poderes intervencionistas vaticanos. El caso de Colombia. Introito El
planteamiento
teórico del ensayo ha mostrado que Habermas formula propuestas
cognitivas
válidas sobre las relaciones entre religión y política, pero que
algunas de sus
pretensiones de verdad pueden falsearse cuando se confrontan con el
hecho de que
la pretensión metafísica de la “religión católica” no resistiría un
análisis
antropológico de verdad a lo durkheimiano o filosófico a lo hegeliano,
dado que
en la modernidad se ha consolidado de manera protuberante una elevada
tendencia
al uso del poder por parte del aparato Vaticano. En tratándose de que
en
Durkheim conviene que exista no sólo heterogeneidad
sino subordinación entre lo profano
y
lo sagrado de las religiones en beneficio de este último factor, llama
la
atención que ese enfoque también cuadre con algunos apartes del
discurso
hegeliano. Comparando al protestantismo con el catolicismo, Hegel
plantea que la
intromisión impositiva del catolicismo en lo político estatal
explicaría las escisiones
que habrían agudizado los franceses separando las relaciones entre
Iglesia –
Estado, contribuyendo de paso a confirmar los perjuicios que el ensayo
denuncia
cuando, actuando a la inversa, Estados catolizados como el colombiano
aún conservan
y cultivan relaciones simbióticas con el Vaticano[56]/[57]. Por
ello cuando
Habermas hace referencia al problema de las interrelaciones entre
religión y
política, arriesga caer
en el lugar
común del laicismo según el cual sólo se trata de mantener límites
precisos
para que el Estado no intervenga en la religión, olvidando que en lo
atinente a
la cuestión vaticana se impone todo lo contrario, esto es, evitar una
intervención persistente, tenaz y continua de ese aparato político en
los asuntos
del ejercicio del poder civil en los Estados donde ejerce influencia, a
no ser
que se zafe de su agazapamiento y decida entrar a la competencia cívica
abandonando la cobertura distractora de sus sotanas. En
tratándose de demostrar lo anterior, conviene
proponer que por ser la vaticana una doctrina política de corte
autoritario ha
hecho poco para transformarla incluyendo los efímeros propósitos del
Concilio
Vaticano II que cayeron en manos del ultra conservadurismo de Wojtyla y
Ratzinger en las últimas décadas. Resistencia al cambio que se explica
porque
la verdadera ética vaticana es la de preservar el status quo de las
sociedades
donde opera de modo que, en absoluto, queden expuestos a riesgo sus
múltiples
intereses de clase[58]. Existiendo
una
familiaridad singular entre el fenómeno pastoral religioso estudiado
por
Foucault y los micro poderes donde se activa minucioso el poder
vaticano, en este
lenguaje el curato romano opera sobre “… los juegos de poder más
limitados, más humildes…
conjunto de cosas que constituyen la trama de nuestra vida cotidiana y
a partir
de las cuales los hombres han edificado su discurso de la tragedia”[59].
Por ello se puede identificar el peso que ejerce el Vaticano sobre el
aparato
de Estado como tal observándolo activo por dentro de diversos sub
aparatos del
Estado, entre ellos el escolar, el carcelario, el ideológico
partidista, el hospitalario,
el productivo, el militar o el policial, ocupándose el ensayo sólo de
mostrar
ejemplos sobre el peso interventor ejercido sobre el sub aparato
ideológico
partidista colombiano[60]/[61]: CUADRO
No. 1 Micro
poderes vaticanos sobre la ideología política
partidista Sobre
el bien
común. El concepto de bien común pertenece a los fundamentos de lo
político
como que abunda sobre él Aristóteles en el Libro II de Política
describiendo
los aspectos que los griegos consideraban básicos[62].
A título de la “helenización del cristianismo” que, peor, debería
entenderse
como la cristianización del helenismo,
El Vaticano se ha apropiado e impuesto impunemente sobre la República
colombiana dogmas según los cuales “... la doctrina del bien común es
una de
las bases fundamentales de la doctrina social de la Iglesia” entrando a
saco en
la administración de un valor laico de raíces griegas y de profundos
efectos en
la vida civil. La apropiación no ha sido gratuita porque la Iglesia se
ha
cuidado de traducir los enredos que padece el laicismo genérico en
beneficio de
sus propios intereses de clase, afirmando que el bien común es algo que
comprende “no
sólo intereses materiales, sino también intereses espirituales y
morales... El
bien común debe tener como consecuencia el perfeccionamiento de los
hombres; es
principalmente un bien moral”. De esta forma
el Vaticano ha
castrado, entre otros, este importante concepto civilista encerrándolo
en sus
prejuicios sobre la vida y el hombre que, haciéndolos equivalentes a la
defensa
de sus propios intereses, logra consolidar un mecanismo clave para
ejercer su
poder político[63]. Sobre
este
asunto caben tanto una interpretación endógena como exógena. La primera
estaría
relacionada con la manera en que la Iglesia Católica compite al
interior de
cada Estado catolizado por su alícuota de poder; la segunda, con la
manera
mediante la cual el Estado Vaticano compite con los otros Estados por
su
alícuota de poder también en el concierto internacional. De la misma
forma en que
“lo moral” en sociedades catolizadas se ha hecho “lo moral católico”
merced al
estropicio doctrinal romano, la intentona ha logrado convertir lo
partidista político
como equivalente de “lo político católico” lo que explica por qué en
naciones
como Colombia el ejercicio de la política se ha hecho simbiótico con lo
vaticano convirtiendo a los partidos en simples mensajeros de Roma
sobre todo cuando
se trata de solucionar coyunturas esenciales de la vida del Estado. Resulta
cuando
menos contradictorio, por no decir cínico, que Pío XI en “Dilectissima
Nobis” hubiera
propuesto en 1933 que “...
la Iglesia... siempre que estén salvaguardados y protegidos los
derechos de
Dios (que son
los propios de ella)... no pone dificultad
alguna en vivir en concordia con todas las instituciones civiles... ”.
Y que el estropicio se viera agravado por Pío XII cuando añadió en
1942, que “... La Iglesia no toma
partido contra una u otra de las formas... solución... de la
organización
interior (de los
pueblos) en tanto que estas
soluciones respeten la ley divina”[64].
Estos condicionamientos dogmáticos relacionados con la preservación ex ante y a
fortiori de los supuestos “derechos de Dios”, ponen al
desnudo la
manera mediante la cual el Vaticano defiende sus presuntos derechos al
dominio
de tierras, a la exención impositiva, al manejo de la vida civil de los
creyentes, al usufructo de la plusvalía financiera y al control del
aparato
educativo civil y militar contenidos en los acuerdos católicos
concordatarios,
entre otros, los de Colombia, con los que Roma cultiva cuidadosamente
el
terreno para ejercer su política agazapada justificando el papel de la
Iglesia
en la defensa terrenal de intereses que, sólo a manera de eufemismo,
llama
“divinos”[65]. La
falacia según
la cual el Vaticano garantiza la concordia con todo sistema que, ante
todo y
por todo, respete sus prejuicios sobre la vida civil de los pueblos,
explica
por qué su doctrina es proclive a la exclusión violenta del Otro dado
que,
según su red de valores, sólo puede haber concordia si el otro respeta ex ante y a
fortiori sus imposiciones. En este sentido durante los siglos
XIX
a XXI, Colombia ha sido escenario de repetidas guerras civiles azuzadas
en
buena parte por esta falaz presentación de la concordia eclesial que,
al
contrario, ha actuado como proyecto excluyente en contra de quienes no
se
someten a su férula dogmática. Actitud peligrosa hasta el extremo
porque se ha
convertido en la justificación de un confesionalismo bipartidista
propio de las
mayorías conservadoras y de significativas facciones liberales, ambas
enarbolando la violencia inter partidista a manera de cruzada defensora
de
valores doctrinarios eclesiales que han sido inoculados en la
programática de
esos partidos y se ha traducido secularmente en un execrable estado de
“guerra
permanente” donde cada alianza o, como se llama ahora, “proceso de
paz”, ha
sido sólo el paso inicial para la siguiente guerra[66].
De esta forma se cae de su peso que la propuesta habermasiana sobre la
necesidad de construir puentes traductores entre lo religioso y lo
político o
sobre la racionalidad que le compete adoptar al religioso en tratándose
de los
asuntos del Estado, arriesga quedar reducida a mero formulismo cuando
se estrella
con las puntiagudas aristas vaticanas del problema social. Si lo
anterior no
bastara, el que se vendió como modernizante Concilio Vaticano II
también en
este ítem confirmó la tradición conservadora en el sentido de reprobar
“...
todas las formas políticas (que)... desvían el ejercicio de la
autoridad de la
prosecución (sic) del bien común... ”, con lo que la Iglesia del aggiornamento sólo ratificó lo trazado
por León XIII en Rerum Novarum desde 1891[67]. Sobre
la
libertad de elegir y ser elegido. La participación política del
católico se
halla todavía atada a pre concepciones doctrinarias vaticanas, hasta el
punto
de que “… los
católicos,… disponen de absoluta libertad (sic) para preferir una u otra forma
de gobierno, con tal
de que ninguna... se oponga... a las máximas de la doctrina cristiana”[68].
La forma y fondo de este mensaje ratifica el cinismo propio del
discurso
vaticano azuzador de enfrentamientos internos adentro de los pueblos y
también
entre pueblos diversos que soportan su confesionalismo excluyente. El
hecho de
que sus tratadistas se auto proclamen defensores de la más estricta
filosofía y
propongan como paradigma el conjuro orwelliano según el cual “la
libertad es la
esclavitud”, devela el argumento tradicional de este aparato de poder
y, al
tiempo, las peligrosas relaciones existentes entre su intervención
política y
los conflictos civiles que suscita. En este sentido algunas
investigaciones del
autor han sacado a luz la historiografía de los numerosos conflictos
que se produjeron
en Colombia cada vez que el poder civil intentó recuperar para sí del
control
eclesial ora su monopolio sobre la educación ora sus privilegios
heredados de
la Colonia sobre inmuebles y obligaciones impositivas ora su control
sobre otros
esenciales aparatos del Estado civil[69].
Confirmando
cómo
operan aquí y ahora estos micro poderes en Colombia, la campaña
presidencial de
2010 tuvo como una de sus puntos de inflexión definir qué tanto el
candidato
opositor Antanas Mockus era o no “ateo” y qué tanto el heredero del
incumbente,
Juan Manuel Santos, era o no “católico”. En medio del debate y ad portas de la última elección
presidencial, los obispos colombianos publicaron en los medios un
mensaje del
que se extracta lo siguiente: “Como Pastores de la Iglesia invitamos a
nuestros
hermanos en la fe y a las personas de buena voluntad a continuar
apoyando los
procesos democráticos que se fundan en el respeto por la persona
humana… en la
búsqueda incansable del bien común, … y que, por lo tanto, utilizan el
mandato
del pueblo para promover el bienestar de los ciudadanos en todas las
dimensiones de su vida”[70].
El resultado final de la contienda no pudo ser más diciente: el
candidato
“católico” Santos, obtuvo más de 9 millones de votos mientras que el
candidato “ateo”
Mockus apenas superó la barrera de los 3 millones de votos. Colombia
tiene
ahora, por tanto, otro Presidente “católico” gracias a los oportunos
oficios
interpuestos por los pastores vaticanos. Sobre
la
Autoridad y el Estado. “Para
el cristiano, la sociedad y la autoridad tienen como ’fuente y
principio’ a
Dios mismo... Para la Iglesia, la autoridad tiene un solo origen, Dios.
Su
Fundador Jesucristo lo proclamó cuando... respondió: “<No
tendrías ningún
poder sobre mí, si el que posees no se te hubiese dado desde
arriba>”[71].
Este principio político ha resultado determinante en la historia de
Colombia visibilizada
mediante la historia de sus partidos. La Constitución Política vigente,
aprobada en 1991 mediante el concurso de una Asamblea Nacional
Constituyente
pluripartidista, tiene como principio “… invocando la protección de
Dios” y no
toca a fondo el rompimiento del catolicismo sobre la educación de
civiles y
militares que es el eje esencial de su estrategia de agazapamiento[72].
El hecho de que se imponga que toda autoridad emane de Dios y que por
ello toda
autoridad civil esté de iure y de facto comprometida con la
reproducción de los valores divinos vinculados con el aparato moral
católico,
en Colombia le ha otorgado a lo político un sino perverso que asocia al
aparato
eclesial con el ejercicio violento de la política instigando a los
miembros de
partido a convertirse en “soldados de Cristo”. Si, como lo afirma,
“para el
cristiano (Dios) es la fuente y principio de la sociedad y la
autoridad”, esta
doctrina abrió y sigue abriendo de esta forma cada vez nuevos abismos
de
ingobernabilidad y, de paso, cultivando enfrentamientos violentos de
corte
partidista (abiertos o subliminales), siendo pertinente precisar que
acerca de
estos efectos nocivos sobre la sociedad el Vaticano nunca ha asumido
alguna
responsabilidad obedeciendo a su eficiente y eficaz estrategia de
agazapamiento. Esperar a que el elegido responda por sus obligaciones y
a que
el elector asuma sus responsabilidades políticas, se ha convertido en
una
utopía de la vida cívica colombiana atada como está a este género de
limitaciones informales impuestas por el Vaticano desde la Conquista y
reproducidas durante los 200 años del período republicano[73]/[74]. En
relación con
el Estado la doctrina vaticana argumenta a favor de su táctica divina
del
concepto de autoridad, proponiendo que “El hombre, en cuanto persona,
posee unos derechos
que ha recibido de Dios... (por lo que) El Estado... debe ‘salvaguardar
el
terreno intangible de los derechos del ser humano...’ ”, aclarando eso sí,
que El
Vaticano señala los deberes del Estado civil pero se cuida de
aplicarlos él
mismo en su andamiaje institucional, asunto sobre el que Yallop ofrece
pruebas
contundentes[75].
El
enlace dogmático entre las visiones de Autoridad y Estado es importante
para esta
discusión porque siendo el Estado elemento nodal de la vida civil, la
doctrina vaticana
sólo lo concibe como instrumento específico para la guarda de los
“derechos del
hombre” que son los que ella ha definido e impuesto como “recibidos de
Dios”
alterando de esta forma reglas de juego medulares para la convivencia
socio-política. Aquí se manifiesta de nuevo, confirmando lo hegeliano,
la escisión
entre la doctrina confesional vaticana con las visiones no
confesionales que se
presumen propias del Estado y de lo político orientadas hacia la
resolución de
conflictos y el estímulo hacia la cooperación en el ser social o, desde
la
óptica neo marxista, hacia el Estado como reflejo transparente de las
tensiones
entre las clases poseedoras de los distintos factores sociales de
producción[76].
Y, de paso, se confirman las grandes dificultades que enfrenta en la
sociedad
catolizada la propuesta teoética habermasiana en lo referente a las
dificultades que enfrenta el Estado para funcionar con ciudadanos cuya
red de
valores no admite patrones de racionalidad diferentes a los impuestos
por la
dogmática. En
relación con
este principio, el Concilio Vaticano II sólo reafirmó la fundición
entre
comunidad eclesial y autoridad pública porque ambas descansan en la
naturaleza
humana y, “por lo mismo”, pertenecen al orden previsto por Dios[77].
Planteamiento que, en primer lugar, devela la liga entre política y
orden
divino de modo que la primera “pertenece al orden previsto por Dios”
oponiéndose
de plano a la propuesta habermasiana inductora de la traducción entre
ambos
lenguajes; y en segundo lugar, pone al desnudo la esencia de la libre
determinación ciudadana en el ejercicio de lo político mediante la
acción de
los partidos, ratificando ambos aspectos cómo esta dogmática constituye
en un
lastre para el ejercicio civilista de la política, problema del que
Colombia ha
resultado laboratorio por excelencia pagando la ciudadanía los costos
de una
violencia sin fin mientras la Iglesia se conserva como la “institución
más
confiable”[78]. Sobre
las
relaciones Iglesia – Estado. “...Los documentos (episcopales
colombianos) ...
reflejan (sus) profundas ambigüedades... En particular, las
posibilidades de un
mundo diverso y plural no se avizoran todavía... Tampoco hay signos que
permitan (suponerle dispuesto) a revisar sus relaciones privilegiadas
con el
Estado... ”[79].
El
Vaticano predica que “La Iglesia y el Estado son dos sociedades
distintas… Cada
una de ellas es soberana en su propio terreno”, pero nada hay más
contrario a
la evidencia[80].
Recuérdese que los preceptos políticos del dogma establecen que el
ejercicio de
las libertades, de la autoridad y el funcionamiento mismo del Estado,
son susceptibles
de ser aprobados o no por la Iglesia, siempre y cuando se adecúen a sus
preceptos autoritarios haciendo gala de crasa irracionalidad. De modo
que ese
espíritu de convivencia y cordialidad con lo civil, astutamente
expuesto por el
dogma eclesial y sobre el que Habermas concentra su propuesta teoética
de
construir traducciones válidas, ha sido deformado al extremo por el
Vaticano de
modo que la convivencia y la cordialidad son admitidas siempre y cuando
los
civiles se acojan a sus preceptos autoritarios violando las reglas del
juego
limpio y de la cordialidad en la vida civil. Lo anterior se confirma en
Pío XX
y León XIII, cuando plantean, en su orden, que “El orden sobrenatural es
superior al orden
natural... Como el fin hacia el que tiende la Iglesia es el más noble
(sic) de
todos, su poder la coloca por encima (sic) de todos los demás y no
puede ser de
ningún modo inferior ni estar sometido al poder civil”[81]. Cuando
lo
espiritual (que conviene leer como el disfraz escatológica en defensa
de los
intereses de clase de la Iglesia), es presentado como “superior a lo
temporal”
¿cómo puede ser posible hacer realidad las relaciones transparentes de
soberanía e independencia sobre las que peroran los textos papales?
¿Cómo
encajar este precepto de la superioridad eclesial sobre lo civil con el
disfraz
igualitarista de la doctrina? ¿No conduce a enfrentar a la sociedad
catolizada
a un imposible fáctico que explica por qué la intromisión de la Iglesia
en el
gobierno civil arrogándose ex ante
el
rango de “superioridad”, sólo confirma su papel de instigadora de
conflictos? ¿Dónde
queda, en este espectro, la propuesta habermasiana sobre la “actitud
epistémica” que deberían adoptar los ciudadanos seculares si dispuestos
a
“aprender de las contribuciones… de los religiosos”?[82]
Porque si el “aprendizaje” al que hace alusión Habermas se refiere a la
adopción civil del concepto imperial e intervencionista autoritario de
la
doctrina vaticana, países como Colombia constituyen un degradante
ejemplo de
los efectos que produce tal aprendizaje mientras no se resuelva la
trampa sobre
los excesos de poder en que incurre el aparato romano. En
el proyecto vaticano
de sociedad no existe conflicto alguno entre Iglesia-Estado porque su
proyecto es
político y se subsume, por tanto, en lo estatal, diluyendo cualquier
heterogeneidad o subordinación entre ambos poderes como no sean las
propias del
ejercicio mismo de la política. La Iglesia es sólo una más de las
instituciones
sociales en disputa de una alícuota de poder con el agravante de que,
operando
agazapada, actúa como un peculiar agente político que se visibiliza e
invisibiliza de acuerdo con una estrategia conservadora de privilegios
en
ejercicio de su paradójica <ética
conservadora del status quo>[83].
La doctrina de la contraposición Iglesia-Estado que sólo a la primera
le
conviene seguir cultivando para afianzar su agazapamiento, está
operando mediante
una dialéctica que estimula el conflicto social como condición sine qua
non para
retroalimentar sus intereses de clase, método equivalente en lógica al
de una “demostración
por el absurdo” coherente, por demás, con la esencia vaticana. El
aparato
doctrinal vaticano opera en lo político connatural al estímulo del
conflicto degradante
de las relaciones humanas obedeciendo en la praxis a su red de valores
“rudos” (odio,
venganza, culto a la muerte y derramamiento de sangre) y “blandos”
(auto-desprecio,
sumisión, pecado y culpa) lo que ratifica, nietzscheanamente, que la
catolicidad
y su aparato político no son un motivo de violencia sino que ellos
mismos
significan violencia[84]/[85]. Uno
de los
argumentos más fuertes de la Iglesia, por supuesto bien disfrazado de
“modernista”,
es que su Concilio Vaticano II celebrado en 1965 estableció las bases de un presunto aggiornamento en la doctrina y costumbres
eclesiales. Como lo
estamos demostrando al menos en lo propiamente político nada hay tan
contrario
a la verdad fáctica, entre otras cosas, porque las tensiones
conservador-reformistas que venían marcando el devenir de la entidad
hacían
absurdo que el primer concilio del siglo XX “… fuera una especie de
suero
teológico milagroso” tomando en cuenta que un radical reaccionarismo
eclesial
se había fortalecido desde la Contrarreforma y el Concilio de Trento[86].
Gracias a eufemismos de este tipo se puede demostrar por qué la red de
valores
vaticanos que inoculan la vida política de las sociedades donde
influye, Colombia
entre ellas, ha pasado sin romperse ni mancharse desde la doctrina
papal
tradicionalista convirtiendo la presunta “buena nueva” conciliar de
1965 en un simple
disfraz táctico. Sobre
la Iglesia
y la política. El aparte conciliar No. 73 restauró los principios
generales
sobre la vida social orientados a “establecer un orden
político-jurídico que
proteja... los derechos de la persona...”. Pero la concepción vaticana
tradicional
sobre los derechos de la persona se mantuvo en el sentido de que “El hombre, en cuanto
persona, posee unos derechos que ha recibido de Dios...
(y) El Estado... debe salvaguardar el terreno
intangible de los derechos del ser humano... ” y “… la Iglesia tiene que ver
con todo lo político…
(y no) se puede ignorar la dimensión política de la fe… (que) empapa
las
opciones legislativas, económicas, culturales y vitales de los
ciudadanos”[87]. Por
tanto ni el Concilio
Vaticano II ni sus obispos revisaron la doctrina tradicional
reafirmando que la
Iglesia actúa en política escudada bajo un disfraz religioso y en
religión
aplicando un mecano político de modo que cuando fracasa en política
(con bastante
frecuencia) el disfraz religioso surge para eximirla de toda
responsabilidad
cívica. También aquí el Concilio Vaticano II le abrió caminos a Wojtyla
y a
Ratzinger en relación con que si bien la misión propia que Cristo
confió a su
Iglesia no es de orden político, económico o social, los laicos están
obligados
a cristianizar al mundo[88]. Micro
poderes vaticanos sobre el Estado civil Desde
el siglo
XIX colombiano la política estatal se ha mostrado proclive a que sus
actos
constitucionales aparezcan marcados por el confesionalismo vaticano. El
hecho
importa tanto y en cuanto la Constitución cobija el ejercicio
institucional de una
nación resultando en Colombia que sus diversos textos son un escenario
privilegiado de las preocupaciones eclesiásticas sobre lo civil, o en
palabras
propias del caso, escenario del poder de hacer metástasis que ha tenido
la
iglesia vaticana sobre la República[89].
Esta imbricación se evidencia en documentos que concluyen en el siglo
XIX con
la Carta de 1886 cuya estructura le abrió camino al Concordato inter
estatal
firmado en 1887 siendo claro que ambos instrumentos continúan vigentes
en los
albores del siglo XXI. CUADRO No. 2 TENSIONES
VATICANAS SOBRE EL APARATO CONSTITUCIONAL DEL ESTADO COLOMBIANO EN EL
SIGLO XIX[90]
La vigencia de estos micro
poderes, se confirma examinando los efectos de la renovación del
instrumento
concordatario intentada en 1993 entre ambos Estados. En esa coyuntura
la Corte
Constitucional, en su calidad de magistratura de última instancia,
convalidó
partes esenciales de lo pactado en el Concordato de 1887, de modo que
el papel
político Vaticano posee en la estructura socio política colombiana el
siguiente
marco filosófico e histórico declarado exequible (activo) en 1993 por
la citada
Corte[91]: ·
El movimiento
político llamado “Regenerador” al final del siglo XIX hizo del
restablecimiento
de las relaciones Iglesia – Estado un estandarte que indujo a que los
Estados
vaticano y colombiano firmaran en 1887 un instrumento concordatario[92]; ·
La
“regeneración” también restableció en el Concordato, “la consagración
que se
hizo en la Carta de 1886 de la Religión Católica como de la Nación”; ·
Mediante el
mismo Concordato, “… la iglesia recobró su libertad e independencia, se
le
atribuyeron prerrogativas en el campo de la educación, los registros
civiles de
las personas se pusieron bajo su cuidado, los nombramientos de los
altos
prelados se hacían con el consentimiento del Presidente de la
República, la
Santa Sede renunció a exigirle al Estado las deudas por motivo de
desamortización de los bienes de manos muertas si bien aquel se
comprometió a
reconocerle a éste una alta suma anual a perpetuidad a manera de
compensación; ·
En 1936, “... se
suscitó la cuestión concordataria que polarizó a los partidos políticos
y
terminó con la celebración del Concordato Maglione-Echandía, que no fue
objeto
de ratificación por las partes”, quedando por tanto vigente el
instrumento de
1886; ·
Más tarde un
plebiscito republicano de 1957, “...declaró como base de afianzamiento
de la
comunidad nacional, el reconocimiento que se hace por los partidos
políticos de
que la religión Católica, Apostólica y Romana es la de la Nación y que
como tal
la protegerán y harán que sea respetada como esencial elemento del
orden
social. La Corte afirma al respecto que “Se refrendó así el artículo 53
que
corresponde al artículo 13 del Acto Legislativo No. 1 de 1936 sobre
libertad de
conciencia y en el cual también se autorizaba al Gobierno para celebrar
convenios con la Santa Sede, sujetos a la posterior aprobación del Congreso, para regular
sobre bases de
recíproca deferencia y mutuo respeto las relaciones entre el Estado y
la
Iglesia Católica”. Casuísticas
colombiana (y latinoamericana) En
seguida
presentamos, de manera abreviada algunas muestras de la forma mediante
la cual
el Estado Vaticano interviene en los asuntos políticos cotidianos del
Estado
Colombiano, mostrando datos de los años 2.000[93]. Cuadro
No. 3 EL
ESTADO
COLOMBIANO CO-GOBIERNA CON LA IGLESIA VATICANA “El
Papa expidió... una Nota Doctrinal (señalándoles
a) los católicos en la vida política que
defiendan la cultura católica sin
complejo de inferioridad alguno.”[94]
CUADRO
No. 4 EL
APARATO
VATICANO CO- DISEÑA POLÍTICAS PÚBLICAS “…el…
Cardenal… asume un papel político; …
como clara conciencia de que
‘la
necesidad de la presencia de la Iglesia en lo
político proviene
de lo más íntimo de la fe cristiana…”[97]
CUADRO
No. 5 SÍNTESIS
DE LA PLATAFORMA
POLÍTICA DEL ARZOBISPO DE BOGOTÁ[98]
Ahora.
En relación con Latinoamérica, diversos eventos que
se observan aquí y allá confirman que en la subregión también se
encuentra
activa esta intervención vaticana, guardando las proporciones debidas a
cada
situación interna. Una muestra tomada al azar se refleja en un
reportaje
periodístico de Julio 2010, según el cual “…
la Iglesia en Cuba ha tenido un papel determinante
en la liberación de 52 presos políticos. Y… varios gobiernos de la
región han
tenido fuertes enfrentamientos con las autoridades católicas. En
Argentina, la
pareja presidencial de los Kirchner ha chocado, una vez más, con el
cardenal
Jorge Bergoglio por la controversial aprobación del matrimonio gay,
todo un
hito en el subcontinente que tiene partida en dos a la sociedad
argentina. Y el
presidente venezolano, Hugo Chávez, acusado de buscar una "dictadura
comunista" por el cardenal arzobispo de Caracas, Jorge Urosa, arremetió
contra la jerarquía religiosa y amenaza con revisar el convenio con el
Vaticano[99]”.
Extendiendo el sub caso venezolano, el enfrentamiento entre Urosa y
Chávez
precisa acusaciones del primero en relación con que “… el Presidente
viola la
Constitución al querer imponer una ‘dictadura comunista’…” a lo que
Chávez le ha
increpado apelándole “troglodita” e “indigno” formando parte de una
conspiración “… que quiere darle un golpe de Estado”[100].
Tomando también al azar un episodio chileno de los mismos días, se lee
que la
Iglesia Católica ha propuesto “… incluir en un indulto a los militares
condenados por delitos contra los derechos humanos durante la
dictadura,
encendiendo un amplio debate en Chile…”[101].
El autor del ensayo no ha llevado a cabo un estudio a fondo del
problema en el
ámbito subregional, razón por la cual expone estos sub casos a manera
de línea
de investigación que estimule a sus pares a profundizar en las
hipótesis aquí
expuestas aplicadas al funcionamiento político de sus respectivos
países. A
manera de colofón El
ensayo ha intentado
mostrar teórica y empíricamente que la red de valores catolizados se
encuentra
inmersa en la vida política de sociedades como las latinoamericanas
colonizadas
por Espada y Cruz, donde cuenta hoy, sin duda, con su mayor bastión
global. Por
ello hace énfasis en que Habermas, al omitir el enfoque de esta parte
del
problema relacionado con los excesos de poder en que está incurriendo
el
aparato vaticano, correría el peligro de reducir las relaciones
Religión-Estado
o Iglesia-Estado a formulaciones idealistas o cuando más solamente
cognitivas
acompañadas de referencias genéricas sobre su ámbito de aplicación que,
por
tanto, en parte alguna discriminan o aclaran que sus afirmaciones deban
ser
tomadas con cuidado cuando se mire, como el propio Hegel lo
autocritica, el
caso específico del Estado Vaticano y su formalidad religiosa, la
“Iglesia
Católica” mucho más si focalizada en América Latina [102]. En
los
planteamientos analizados, el ensayo ha mostrado que Habermas estaría
incurriendo en una especie de “pretensión laicista” evidenciada en
estos deslices
políticos de sus propuestas <teoéticas>.
Definida esa pretensión como el propósito de mantener viva la lucha por
la
separación entre Iglesia y Estado para que este no intervenga en
aquella, el ensayo
le da alcance a la hipótesis del autor en el sentido de que, en
relación con el
aparato doctrinal y político que representa el Estado Vaticano en el
mundo, la
esencia y praxis de los supuestos laicistas cae en petición de
principio
político cuando se los enfrenta con el problema del poder en general y
del
poder vaticano en particular, asunto en el cual se pueden hallar
fundamentos no
sólo en la concepción antropológica durkheimiana sino también en la
auto
crítica hegeliana sobre los daños que produce la estructura
programática
católica sobre los Estados que profesan ese credo. De acuerdo con lo
anterior,
ante la posibilidad de que el laicismo se haya fortalecido luego de la
intentona modernista de los “Estados nacionales” por intervenir sobre
las
religiones, es posible que la filosofía habermasiana que propende por
la saludable
ética global no haya ponderado hasta ahora en su justa medida que, en
relación
con el Vaticano y sus aparatos de poder, no es el Estado el que
interviene en
el terreno religioso sino, al contrario, es el Estado Vaticano un
mecano
diseñado para convertirse de forma persistente, tenaz y continua en un
gran
aparato de poder que interviene de iure
y de facto en la operatividad de
los
Estados nacionales donde ejerce influencia[103]/[104]. ¿Estos
deslices obstaculizan la apertura política
vaticana? Deslices
como
los aquí develados terminarían siendo cómplices de que el Estado
Vaticano
continúe ejerciendo, agazapado, una estrategia política cuya magnitud y
excesos
de poder se hace cada vez más difícil de mantener oculta. Mientras
hipótesis de
corte teoético como la habermasiana, continúen enredadas en las
fantasías del
laicismo que separa asépticamente aparatos como el Estado Vaticano de
su
influencia fáctica en Estados constitucionales como Colombia y algunos
de sus
pares en Latinoamérica, la trampa aquí develada continuará haciendo de
palo atravesado
en la rueda de un proyecto de modernidad tan atractivo como es, en
palabras
mismas de Habermas, construir una ética universal que no necesite
afirmarse en
algún tipo de práctica prepolíticFa. Bibliografía Archer, Ronald, 1991, “Party
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de Religión. FCE,
México. Notas [1]
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Ciencia Política en la
Universidad de los Andes-Bogotá, 2004, Economista en la Universidad
Nacional de
Colombia –Bogotá, 1976, Investigador socio político independiente,
Carrera 50
No. 150 A 50 Int. 5-201, Bogotá, Colombia. colombiamada@hotmail.com [2]
HABERMAS, 2001,
“Excurso: trascendencia desde dentro, trascendencia hacia el más acá”,
en
“Textos y contextos”, Editorial Ariel, Barcelona, España, 1ª
Reimpresión:
160,161. Nota entre paréntesis del ensayo. [3]
FROMM, 1990,
“El dogma de Cristo”, Editorial Paidos, Barcelona, 4ª reimpresión. [4]
HABERMAS,
2001,: 157. (Nota entre paréntesis del ensayo). En beneficio de
Habermas, el
ensayo expone la hipótesis de que, en general, las traducciones
españolas de
sus trabajos acostumbran castigarle inmisericordemente. [5]
Ídem.: 151,152 [6]
Ídem.: 153,
171. Notas entre paréntesis del ensayo. [7]
Una puntada más
fina sobre lo teológico habermasiano y la política, supondría enlazar
este
ensayo con sus propuestas de (1999, “Fragmentos filosófico-teológicos”,
Editorial Trotta, Madrid, 1ª edición en español). El autor cede por
ahora a esa
tentación por rigor metodológico y economía del proceso, pero no
descarta llevar
a cabo en el futuro esta tarea por demás interesante. [8]
Ídem: 153. [9]
HABERMAS,
2006a, “La religión en la esfera pública”, en “Entre Naturalismo y
religión,
Ed. Paidós, Cap. 5: 139, 140,143, 144. [10]
Ídem.:148. [11]
Ídem: 138, 150,
151. Subrayados del original. Notas entre paréntesis del ensayo. [12]
En relación con
el problema de las “relaciones de clase de la iglesia” y su
contribución a
explicar su tendencia y afinidad con el ejercicio del poder, ver:
CONGOTE,
2009, “El laicismo ante la estrategia estatal vaticana”, en Revista
“Cultura y
Religión” (on line), ISSN 0718-4727, Vol. 3, N°1, Abril 2009, Pp.:
139-159,
Universidad A. Pratt, Chile. [13] HABERMAS, 2006b, “Fundamentos prepolíticos del Estado democrático…”, en “Entre naturalismo y religión”, Ed. Paidós, Cap. 4, Ídem., Pp.: 108,109, 110, entre otras. [14] Los aspectos netamente políticos de estas hipótesis habermasianas están consignados en CONGOTE, 2006c, “¿La prepolítica atenta contra el sueño paneuropeo?”, en Revista Colombia Internacional, Centro de Estudios Internacionales, Departamento Ciencia Política, Universidad de los Andes, No. 62, PP. 164-173, Bogotá, Julio 2005 - Diciembre 2005) (res.uniandes.edu.co/pdf/descargar.php?f=./data/rev23.pdf -). [15]
HABERMAS,
2006b: 117. [16]
CONGOTE, 2009,
Cit. E igualmente, 2005, “Laicismo y religión política”, en Le monde
diplomatique/el dipló/, Edición Colombia, Abril 2005, pp. 12-14 (www.eldiplo.info).
El asunto de
su intervención en el sub aparato represivo está desarrollado en
CONGOTE, 2009
y CONGOTE, 2007, “El poder militar del Estado Vaticano´”, Le monde
diplomatique
/ el diplo, Edición Colombia, Junio 2007, págs. 26,27, www.eldiplo.info,
traducido al
italiano en, CONGOTE, 2008, “Il potere militare del Vaticano”, www.blog.libero.it
/ BLOGGNO/ view.php?id=BLOGGNO&mm=0&gg=080224,
Messaggi di 24
/02 /2008. Y el asunto educativo, en CONGOTE, 2009b, “La escuela:
instrumento
inoculador de la religión política”, Le monde diplomatique / el diplo,
Edición
Colombia, Marzo 2009, Pp.: 26,27, www.eldiplo.info. [17]
HABERMAS, 2006 a: 145,152, 153. Subrayados del original. Notas entre
paréntesis
del ensayo. [18] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 2007. [19]
SUDARSKY, John, 2007, “La evolución del capital social en Colombia,
1997- [20]
Algunos asertos
de Sudarsky han sido comprobados por un estudio de la Universidad
Javeriana,
según el cual, por ejemplo, “… el 51,4% de los colombianos no
desarrolla algún
tipo de participación social” (Crónica: “El 26% de los colombianos no
confían
en quienes los rodean”, Diario El Tiempo, Bogotá, 2010-08-05, Pg. 1-5). [21]
HABERMAS, 2006
a, 123 y siguientes. [22] HEGEL, George, 1998, “El concepto de religión”, Ed. FCE, México, 2ª Reimpresión.: 339 - 341. (Notas entre paréntesis del ensayo). [23]
HEGEL,
Cit.:342, 343 y 346. [24] Este hecho se puede verificar examinando la forma como se refiere sea a los conceptos “religiosidad”, “religiones” o “iglesia”, “iglesias”, sea a los conceptos “creyentes y seculares”, “laicismo”, “convicciones religiosas” o “Iglesia-Estado”. Sobre el primer grupo de conceptos, ver: Cit., 2006 a: 121, 123, 127,129, 130, 131, 132, 144, entre otras. Sobre el segundo grupo de conceptos, ver Ídem.: 125, 126, 128,130, 131,132, entre otras. [25]
HABERMAS,
2006a:
145, 148, 152,153, entre otras. [26]
Amén de que el
raciocinio es consistente con la auto crítica hegeliana, el autor
demuestra en
el capítulo 4 de un libro que se halla en edición electrónica (2010,
“La
Iglesia (agazapada) en la violencia política”©), la hipótesis de que el
proyecto político vaticano sea estratégica y tácticamente depredador
político
de modo que su éxito se pueda medir, como ocurre en Colombia, de manera
directamente proporcional al grado de fracaso degradante que padecen
las
sociedades donde medra. [27]
HEGEL, Cit.: 344. Notas entre paréntesis del ensayo. [28]
BENEDICTO XVI,
Crónica “Polémico anuncio del Vaticano”, Diario El Tiempo, Bogotá,
2007-07-11,
Pg. 1-13 [29]
HABERMAS, 2006
a: 136. [30]
DELMASURE, M.,
1963, “Los católicos y la política”. Editorial San Pablo, Bogotá: 34. [31]
HABERMAS, 2006
a: 150. [32] Ídem.: 151. [33] HEGEL,
Cit.:82,83. Notas entre
paréntesis y negrilla del ensayo. [34]
Ídem: 153. [35]
FOUCAULT,
Michel, 1999, “Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales”, Ed.
Paidós.,
Barcelona, 1ª Ed. Español, Volumen III: 114, 117. (Foucault menciona
allí mismo
que, amén de esta de los cínicos, el filósofo ha sido un antidéspota
como
legislador (Solón) o pedagogo
(Platón)). [36]
Ídem. [37]
YALLOP, David,
1984, “En nombre de Dios”, Ed. Oveja Negra, Bogotá, 1ª Edición. [38]
FOUCAULT, Cit.:
117. [39]
Mucho más si
tal asepsia desconoce, entre otras, las advertencias de Hegel en
relación con
el disfuncionamiento político que se produce en las relaciones entre
Estado y
Religión en los Estados catolizados. [40]
FOUCAULT, Cit.:
118. [41]
Ídem.:122. [42]
DURKHEIM,
Emile, 1992, “Las formas elementales de la vida religiosa”, Editorial
Akal,
Madrid, 1ª Edición: 391. [43] ROSS
(1999). En efecto, parte fundamental
del operativo escolar vaticano, consiste en entrenar al alumno (a –
luminis)
para que entienda correcto no formular las preguntas apropiadas en
relación con
el cuerpo de doctrina que recibe, limitándole en materia grave para un
libérrimo ejercicio dialéctico que le lleve a tocar adecuadamente todas
las
aristas de ese cuerpo doctrinal. [44] A manera de
ejemplo, un importante
trabajo filosófico aquí citado, se atasca en lo cognitivo antropológico
de la
violencia política colombiana lo que le impide comprometerse en
preguntar qué
tanto la red de valores catolizados tiene relaciones directas con los
que denomina
“perfiles del mal en la historia” (Ver: URIBE (2009)). [45] BARABAS,
Alicia, 1991 a,
“Movimientos sociorreligiosos y ciencias sociales”, en BARABAS, A.M.,
1991, “El
mesianismo contemporáneo en América Latina”, Editorial Religiones
Latinoamericanas, 2, México, 1ª. Edición: 28 [46]
FERRO, Germán.
1999, “La geografía de lo sagrado: Escenario par la batalla, la
circulación y
la apropiación de signos. El culto a la virgen de Las Lajas”, Tesis de
Maestría
de Historia Andina, Universidad del Valle, Bogotá, Sept. 1999: 6. [47]
DURKHEIM, Cit.:
400. Ver también: SCHWIMMER, Erik, 1982, “Religión y cultura”, Editorial Anagrama, Barcelona, 1ª.
Edición en español:
9. BARABAS, 1991a, “Editorial” en BARABAS, A.M., 1991, “El mesianismo
contemporáneo en América Latina”, Editorial Religiones Latinoamericanas
(2),
México, 1ª. Edición y BARABAS, 1991 b. [48]
HABERMAS,
2001:157. [49]
POPPER, Karl,
1982, “La sociedad abierta y sus enemigos”, Editorial Paidos,
Barcelona, 2ª
Reimpresión: 26,27. [50]
KÜNG, Hans,
2007, “Las tres religiones abrahánicas”, en “Transformaciones
históricas —
retos actuales”, Conferencia Bogotá, Marzo 2007: 3.
Insistiendo el ensayo en su intuición de que sea conveniente renominar
el
fenómeno, peor, como una <cristianización del helenismo>
que tendría
bases explicativas, por ejemplo, desde lo planteado por Nietzsche en su
“Nacimiento de la Tragedia”. [51]
RESTREPO, Juan,
1987, “La Iglesia y el Estado en Colombia”, Tomos I y II, Editorial
Biblioteca
Banco Popular, Bogotá. Vols. 132 y 133. (Reedición de su original
impreso en
Londres en 1885): Tomo I: 12, 41. [52]
Cit, 1992: 32. [53]
NIETZSCHE,
Friedrich, 1994, “La genealogía de la moral. Un escrito polémico”, Ed.
Alianza,
16ª reimpresión: 147. [54]
En (2006 a) en
particular, Habermas hace más de una
veintena de menciones abstractas a los conceptos “religión”,
“religiones”,
“iglesia”, “iglesias”, “creyentes”, etc.-, sin hallarse una sola
referencia que
las muestre confrontadas en relación con la Iglesia Católica o a su alter ego el Estado Vaticano. El autor
aclara que, por supuesto, Habermas posee otros ensayos propiamente
teológico-filosóficos acerca de cuya pertinencia en lo político se abre
un
campo paralelo para la crítica. [55]
HABERMAS,
2001:150 – 158 y 2006 a: 152. [56] DURKHEIM, 1992: 33. [57]
HEGEL, Cit: 342
y siguientes. El planteamiento hegeliano por sí solo daría para otro
ensayo que
sometiera a criba sus hipótesis cuando hilvana la delgada telaraña de
un cierto
“Estado puro” simbiótico con lo religioso también “puro” y, por ello,
en
particular con la concepción religiosa protestante, mostrándose afín a
los
argumentos que expone Habermas mostrando los efectos del protestantismo
en la
política estadounidense. [58]
El autor desarrolla a fondo esta hipótesis en su libro citado,
actualmente en
edición electrónica. [59]
FOUCAULT, Cit.:
119. [60]
Los asuntos
educativo, carcelario, policial y militar, han sido desarrollados por
el autor
en otros espacios aquí citados (CONGOTE, Bernardo (2010), (2009)
,(2008) y (2007)). [62]
ARISTÓTELES de
Estagira, 1973, “Política”, en: Obras,
Editorial Aguilar, Madrid, España, 2ª Edición. 1ª
Reimpresión. [63]
DELMASURE, Cit:
34. Sobre las relaciones e intereses de clase del Vaticano, ver
CONGOTE, 2009,
Cit. [64]
DELMASURE, Cit:
43,44. [65] CONGOTE,
Bernardo, 2004,
“Anatomía religiosa de la guerra”, Tesis magistral, Departamento
Ciencia
Política, Universidad de los Andes, Bogotá, Caps. 3, 4, 5. Y 2006, “La
ética
católica y el espíritu de la guerra en Colombia”, Ponencia XII
Encuentro de
Latinoamericanistas Españoles (Santander, España 2006).
(htpp://www.halshs.archives-ouvertes.fr/REDIAL). [66]
PEREA, Carlos,
1996, “Porque la sangre es espíritu. Imaginario y discurso político de
las
élites capitalinas (1942-1949)”, Editorial IEPRI, Aguilar, Bogotá, 1ª
Edición. GUILLEN,
Cit.: 363 (Pie de
página No. 138). [67]
CONCILIO
VATICANO II, 1965, “Constituciones. Decretos. Declaraciones. Documentos
pontificios complementarios”, Editorial Biblioteca de Autores
Cristianos (BAC),
Madrid: 323,324. [68] DELMASURE: 45. [69] CONGOTE, 2004, Cit.: Caps. 3, 4, 5. CONGOTE,
2006,
Cit. [70]
CONFERENCIA
EPISCOPAL COLOMBIANA, 2010, “Comunicado sobre elecciones
presidenciales”,
Departamento de Comunicación Social, comunicacionsocial@cec.org.co [71]
DELMASURE:
53,69. Coincidiendo con la propuesta idealista hegeliana según la cual
“… las
leyes, la autoridad, la Constitución política proceden de Dios” (HEGEL,
Cit.:340). [72]
CONSTITUCIÓN
POLÍTICA DE COLOMBIA, 1994, Ed. Leyer, 5ª Edición, “Preámbulo”. [73] ARCHER. Ronald,
1991, “Party strength and weakness in Colombia´s besieged
democracy”, (material fotocopiado MCP-
Uniandes, Bogotá). 1990, “The transition from traditional to
broker clientelism
in Colombia...” The Kellog Institute WP No.
140, Jul 1990, (material fotocopiado, Maestría Ciencia Política,
Uniandes,
Bogotá). BEJARANO,
Ana María, PIZARRO, Eduardo, 2001,
“De
la democracia ‘restringida’ a la democracia ‘asediada’...”, Notre Dame
University, Abril 2001 (material fotocopiado Maestría Ciencia Política
-
Uniandes, Bogotá, Colombia). GARCÍA, Miguel, 2001, “Ciudadanía, capital
social
y acción colectiva”, Documento Mimeografiado. Depto. Ciencia Política,
Universidad de los Andes, Bogotá. PRZEWORSKI, Adam, et. al., - 2000,
“Democracy
and development. Political institutions and
Well-being in the World, 1950- [74]
“La
continuidad… en las relaciones de exclusión, que definen la vida
social…
colombiana hasta después de la Independencia, tiene una consecuencia
sobre el
presente… estamos lejos de percibir (todavía) la dimensión del daño
infrigido
(sic) contra las víctimas de los eventos… (transcurridos) entre la
Conquista y
la primera mitad del siglo XX” (URIBE, 2009: 20. Notas entre paréntesis
del
ensayo). [75]
DELMASURE:
77-79 (Nota entre paréntesis del ensayo). YALLOP, Cit.:109 y siguientes. [76]
POULANTZAS,
Nicos, 1980 “Estado, poder y socialismo”, Editorial Siglo XXI, Madrid,
2ª
Edición en español: 5-49, entre otras. Ver también: WEBER, Max, 1997,
“Economía
y Sociedad- Tipos de comunidad religiosa” en “Sociología de Religión”,
FCE,
México, 1ª Reimpresión: 1047-1076, entre otras. [77]
CONCILIO: 324,
325. [78]
Una medición tomada aleatoriamente en marzo
2010
muestra que”… (las
instituciones mejor
calificadas en el Departamento de Cundinamarca) fueron el Ejército (73
por
ciento) y la Iglesia (69 por ciento)” (www.eltiempo.com /marzo 19
2010). En 2007, alguna medición efectuada por USAID registraba una
favorabilidad social hacia la iglesia de 74,5 puntos, seguida de las
Fuerzas
Armadas (67,8) y la Defensoría del Pueblo (66,2). En 2004, un artículo
del
Diario El Tiempo (Bogotá) afirmaba: “La Iglesia Católica aparece como
uno si no
el más importante, pilar de la sociedad colombiana” (Rojas, Ricardo,
Febrero 7
2004). [79]
ARIAS, Ricardo,
2003, “El episcopado colombiano. Intransigencia y laicidad
(1850-2000)”. Editorial
CESO-UNIANDES-ICANH, Bogotá,
1ª Edición: 293. [80]
DELMASURE: 110. [81]
DELMASURE: 116.
Primacía audaz cuando es fáctica la prevalencia de los intereses de
clase
vaticanos por sobre sus pretensiones de verdad metafísicas. [82]
HABERMAS,
2006a:151. [83]
CONGOTE, 2004,
Cit., Cap. V. [84]
A raíz de un
simple incidente sobre el Concordato con Colombia, en 1992 escribía un
jesuita
en el Diario El Tiempo de Bogotá, lo siguiente: “El señor Procurador
General de
la Nación, con las afirmaciones hechas sobre el estado actual de las
relaciones
entre la Iglesia Católica y el Estado colombiano, está
llevando a la
inestabilidad interna del país y a la alteración de la defensa del
orden
jurídico internacional,…” (Londoño, Luis, Agosto 25 1992). [85]
CONGOTE, 2004,
Cit. El autor ha creado una versión no académica de estos ítem en su
libro
actualmente en edición electrónica. [86]
BULL, George,
1967, “Política vaticana en el Concilio Vaticano II 1962-1965”, Ed.
Oikos-Tau
Ediciones, Barcelona 1ª Ed. Española: 9,
17, 19 y 23. [87]
DELMASURE,
Cit.: 77,79. EL CATOLICISMO, 2007a,
“De vergonzantes a testigos”,
Editorial del episcopado católico colombiano, Bogotá, Junio [88]
CONCILIO, Cit.:
262-271. Ver también JUAN PABLO II, 1988, “Los fieles laicos”,
Editorial San
Pablo, Bogotá: 102,105.7 [89]
DUVERGER,
Maurice, 1993, “Les constitutions de la France”, Editorial Presses
Universitaires de France, Paris, 13ª Edición: 5. [90]
La mayoría de
estas referencias provienen de RESTREPO, Carlos, 1995, “Constituciones
políticas nacionales de Colombia”, Editorial Fundación Carlos Restrepo,
Bogotá,
Colombia, 2ª Edición. [91]
Estas citas
provienen de: CORTE CONSTITUCIONAL DE COLOMBIA, 1993, “ANÁLISIS
CONSTITUCIONAL
DE LOS ARTICULOS DE LA LEY 20 DE 1974 QUE APRUEBA LOS TEXTOS DEL
CONCORDATO Y
SU PROTOCOLO FINAL”. www.corteconstitucional.gov.co.
Conviene
observar que este acto político ocurrió dos años después de que una
Asamblea
Nacional Constituyente consagrara en el artículo 19 de la Carta Magna,
la
libertad equitativa de cultos en Colombia. [92]. Este instrumento posee la singularidad de
haberse
adelantado casi 40 años al Tratado de Letrán (1929) que figura en los
anales
romanos como el primer gran intento vaticano por recuperar sus
relaciones
políticas con los Estados luego de la primera guerra mundial. Ver:
HACOURT,
Frédéric, 1987, “El Vaticano por dentro”, Editorial El Áncora, Bogotá,
1ª
edición Colombia: 105,106, entre otras. [93]
El autor posee
datos desde los años 90 del siglo anterior. [94]
Quincenario El
Catolicismo, Bogotá, 2003-02-11, Última Página. [95]
Cuando no se
señale lo contrario, corresponde a: ET= Diario El Tiempo, Bogotá. EE=
Semanario
(Diario) El Espectador, Bogotá. LM = Le Monde Diplomatique,
Paris/Bogotá/América
Latina. RS= Revista Semana, Bogotá. RC= Revista Cambio, Bogotá. EC=
Quincenario
El Catolicismo, Bogotá. RCr= Revista Cromos, Bogotá, RCarr = Revista
Carrusel,
El Tiempo, Bogotá. EM= Revista Elmalpensante,
Bogotá. [96]
GUTIERREZ, Francisco, 2003, “Criminal rebels? A
discussion of war and criminality from the colombian experience”, Crisis States Programme,
Working Paper Nr. 27,
April 2003, [97]
Quincenario El
Catolicismo, Bogotá, 2002-07-28. [98]
Extractos del
reportaje al Arzobispo de Bogotá: “Chávez sí debe venir a posesión de
Santos”,
en Diario El Tiempo, Bogotá, 2010-07-11, Pg. 1-6. [99]
Extracto de
crónica “En nombre de la cruz”, www.semana.com,
Consulta de
Julio 18 2010. [100]
Extracto de la
crónica “La furia de Chávez contra la Iglesia”, Diario El Tiempo,
Bogotá,
2010-07-20, Pg.: 1-9. [101]
Extracto de
crónica “Propuesta divide a chilenos”, en Diario El Tiempo, Bogotá,
2010-07-23,
Pg. 1-6. [102]
Este hecho se
puede verificar examinando la forma como se refiere sea los conceptos
“religiosidad”, “religiones” o “iglesia”, “iglesias”, sea a los
conceptos
“creyentes y seculares”, “laicismo”, “convicciones religiosas” o
“Iglesia-Estado “Sobre el primer grupo de conceptos, ver: Cit., 2006 a:
121,
123, 127,129, 130, 131, 132, 144, entre otras. Sobre el segundo grupo
de
conceptos, ver Ídem.: 125, 126, 128,130, 131,132, entre otras. [103]
CONGOTE, 2004,
Cit., Caps. II, III y V en particular. 2005, “El laicismo y la religión
política”, Le monde diplomatique /el dipló, Edición Colombia, Abril
2005,
Pp.12-14. [104] Con
el fin de oxigenar esta crítica, la involución
catolizada actual es hoy de tal magnitud, que “En
2005,
el tribunal administrativo italiano (negó una demanda ciudadana)
afirmando que
«el crucifijo es a la vez el símbolo de la historia y de la cultura
italianas,
y por consiguiente de la identidad italiana, y el símbolo de los
principios de
igualdad, de libertad y de tolerancia así como del carácter laico del
Estado».”
Obsérvese de qué manera el uso del crucifijo cristiano en los espacios
públicos, es argumentado en Italia como ¡símbolo del laicismo! La nota
añade
que la disputa ha llevado a que hoy, 21 de los 47 Estados europeos,
hayan
suscrito un acuerdo de oposición a un dictamen de noviembre 2009 en el
que la
Corte de Estrasburgo, señaló que «la exposición obligatoria de un
símbolo de
una confesión determinada en el ejercicio de la función pública, en
particular
en las aulas, restringe el derecho de los padres a educar a sus hijos
según sus
convicciones así como el derecho de los niños escolarizados a creer o
no».(Fuente:
www.voltairenet.org,
consulta de 2010-07-26). |