Revista Cultura y Religión, Vol. V, Nº 1 (Abril del 2011) 186-188


La Religión en Chile del Bicentenario. Católicos, Protestantes, Evangélicos, Pentecostales y Carismáticos. Concepción, Chile. Editorial CEEP, 2011. 242 pp. Miguel Ángel Mansilla; Luis Orellana Urtubia (Editores).

Fabián Bustamante Olguín.

Historiador. Profesor Adjunto, Departamento de Sociología,

Universidad Católica Silva Henríquez, Santiago, Chile.

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A principios del mes de octubre de 2010 se celebró el Seminario La Identidad y la Cultura Pentecostal en el Bicentenario, organizado por la Comunidad Teológica Evangélica, la Red Latinoamericana de Estudios Pentecostales y el Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, que brindaron la oportunidad de reflexionar sobre el pentecostalismo chileno, desde las ciencias sociales, con el aporte de profesionales del conocimiento religioso.  

Este libro se constituye –principalmente- de las valiosas ponencias que dibujan un territorio que es la religión. Este tema es, en nuestra sociedad, algo tan importante, pero a la vez con una escueta sequedad dentro de las ciencias sociales, en especial de la historia, que este espacio refleja un paisaje de esperanza a lo que se puede realizar a futuro, en materia de estudios sobre el fenómeno religioso. Por cierto, el lector, ya sea especialista o no del tema, tendrá la ocasión de sumergirse en ese territorio devenido en esperanza.

La religión como creencia, pero también como práctica social regulada por una institución, la Iglesia (sea católica o evangélica), no siempre sabe distinguir la esfera privada o pública. Como instituciones, las iglesias se imponen en todas las esferas de la sociedad, sobre todo en el continente latinoamericano, donde la religión está lejos de ir perdiendo su vigor. A pesar de este avance innegable de la secularización, habría que preguntarse por qué el componente sagrado sigue siendo importante en nuestro país. Sea como fuere, por lo tanto, el hecho religioso no se reduce a una experiencia subjetiva, es –además- algo más: es una forma de organización de la sociedad.

En efecto, este libro recoge las exposiciones en 14 artículos. Entramos, aquí, en materia. Florrie Snow en su trabajo titulado “Efectos del Avivamiento en la Iglesia Metodista de Chile 1902 – 1918”, analiza la escisión de la Iglesia Metodista de Chile, no solamente de los Pentecostales, sino también, por la promoción de otros grupos religiosos durante principios del siglo XX, específicamente de los Sabatístas (Adventistas) y en menos grado por el movimiento del Dowicismo o Zionistas.

Luego, Arturo Chacón se centra en la “Continuidad y Ruptura del Pentecostalismo con el Metodismo”. Para este sociólogo el éxito inicial del metodismo, para atraer sectores socioeconómicos de clase media, requirió de la necesidad de responder en términos denominacionales. Ello se vio truncado por la fuerte influencia norteamericana que complicó la adaptabilidad del metodismo en los sectores populares. En suma, el nacimiento del movimiento pentecostal suplió esa demanda, sin embargo, existió también una constante lucha entre mantenerse como movimiento religioso o configurarse como denominación.

Cristian Guerra en “Presencia Presbiteriana en el Avivamiento Pentecostal de 1909: Algunos aspectos desde la mirada musicológica” destaca que tanto la Iglesia Presbiteriana de Concepción como las congregaciones Alianza Cristiana y Misionera en el sur de Chile también formaron parte del avivamiento pentecostal. Guerra sostiene que, por cierto, fueron los líderes de la Iglesia de Concepción los que crearon el periódico Chile Evangélico (llamado posteriormente Chile Pentecostal), fuente indispensable para conocer el pensamiento y prácticas de los primeros pentecostales chilenos, así como los detalles de su historia que, de otro modo, habían quedado relegados al olvido.

En el plano de la psicología, Luis Cruz enfoca su ponencia en la “Resiliencia y Experiencia Pentecostal” en donde subraya que los pentecostales se presentan como potenciales constructores de resiliencia, hombres y mujeres, familias completas, juventudes comprometidas con una causa trascendente, por la cual están dispuestos a sacrificarlo todo, dado que se saben poseedores de todo lo esencial. Concluye el autor que este el pueblo pentecostal, disperso, diverso y sencillo en su discurso, es complejo en su experiencia.

En un mismo plano, Zicri Orellana sostiene en su artículo “el Sentido de ir a la Iglesia: Mujeres pentecostales e identidad” que ser miembro de la iglesia pentecostal permite a las mujeres populares transitar de una noción identitaria de victimización hacia una de esperanza. No obstante, la única diferencia entre el antes y el ahora, es que estando en la iglesia, las labores de servicio tienen un sentido de mayor trascendencia, lo que se refuerza en las Dorcas, dignificando el rol de servicio y sufrimiento, representado en la figura de María madre de Dios.

En el ámbito político, Eugenia Fediakova en su ponencia la “Juventud Evangélica en Chile: ¿Un Nuevo Modelo del Evangelicalismo?”, sostiene que al interior de las iglesias evangélicas se dan lugar dos procesos paralelos. Por una parte, cada iglesia, como toda la organización voluntaria, promueve la formación de hábitos cívicos que implícitamente preparan a sus miembros hacia una mayor participación política y social; y por otra parte, las iglesias evangélicas buscan aumentar su presencia en la sociedad chilena a través de un mayor reconocimiento de sus derechos y estatus como minoría cultural. En este sentido, los jóvenes, al tener mayores niveles de escolaridad, contribuyen a colaborar mayormente en la relación entre la iglesia y el mundo político-social, lo cual conforma una “identidad de resistencia”. 

Desde la perspectiva histórica, Fabián Bustamante Olguín en “Opción Preferencial por el Espíritu Santo: Aproximaciones al pentecostalismo católico y un estudio de caso comunidad “Dios con Nosotros”, 1973-1983”, subraya la escasez bibliográfica acerca del pentecostalismo católico, denominado como Renovación Carismática Católica (RCC), en nuestro país. Este historiador compara los elementos del movimiento carismático protestante con la RCC y sostiene que éste último fue criticado por los distintos sectores del catolicismo tanto por “conservadores” (por tratarse de una vía de intromisión del protestantismo en la Iglesia Católica) y por los “progresistas” (quienes lo visualizaban como conservador y de evasión social frente a las injusticias sociales). Por último, el autor presenta el caso mencionado de una comunidad carismática en Santiago durante la dictadura militar, donde subraya que el carácter pragmático de lo carismático permitió  regenerar el tejido social de los pobladores de “Manuel Rodríguez” frente al autoritarismo impuesto por los militares.

En el aspecto más retrospectivo, Manuel Canales reflexiona en “Pentecostalismo: Grupo y autobiografía” de lo que fue su aprendizaje, como sociólogo, cuando conoció la experiencia que relataban los pentecostales, sus testimonios, allá por los años ochenta. Conoció los relatos de hermanos pentecostales del campo y la ciudad, la metropolitana y las del interior. En estas notas vuelve hacer ese aprendizaje y lo comparte como una seña de lo inquietante y relevante que pudo ser, y sigue siendo, la religiosidad pentecostal para la ciencia social.

En un mismo plano, Manuel Ossa en su artículo “La Identidad Pentecostal: Proyecto de futuro” inicia su exposición señalando que la identidad pentecostal se configura por una combinación particular de oposición: el sistema externo (que los pentecostales llaman «mundo») y de pertenencia muy afianzada al grupo de hermanos. La oposición es una manera de asegurar la pertenencia. No obstante, esto resultaba significativo en los años ochenta –sostiene Ossa- sin eso resulta hoy cierto, y de eso lo que discute en este texto.

A continuación, Nelson Marín en “Más el que me Oyere, Habitará Confiadamente y Vivirá Tranquilo, sin Temor del Mal: Miedos sociales e identidad pentecostal” nos habla de la relación existente entre ciertos miedos consolidados en la sociedad chilena y el discurso que los pentecostales tienen frente a ellos. A partir de dicho análisis se busca generar nuevas perspectivas que logren aportar a la comprensión de la complejidad de la identidad pentecostal y su vez den señales acerca de los motivos de su reciente crecimiento.

Patricio Merino, por su parte, en “Semillas de Teología Pentecostal: La importancia de la contribución teológica a la identidad pentecostal” pretende dar una panorámica, desde la teología, del trabajo editorial del Centro Evangélico de Estudios Pentecostales (CEEP), con el fin de dar cuenta de la importancia de la investigación teológica para la comprensión y desarrollo del pentecostalismo. En sus publicaciones he encontrado unas semillas teológicas que son compartidas con la tradición católica y ortodoxa. Destaca la huella teológica dejada por Basilio de Cesárea, como posible fuente de inspiración y modelo de una teología en perspectiva ecuménica y trinitaria.

Rodrigo Moulián en “Estéticas de la Encarnación: Consagración y Tensión de La Identidad Pentecostal” plantea que el pentecostalismo es una religiosidad somatizada: emotiva, sintomática, extática, vivida en carne propia, biográficamente anclada. Su liturgia está marcada por la textualización del cuerpo, a través de procesos de incorporación de las situaciones y narrativas personales de los participantes en la trama ritual y encarnación de las representaciones en la corporalidad de los fieles. El culto hace del cuerpo el significante privilegiado de la presencia divina y de sus transformaciones el tema dominante del sistema ritual. De allí que las estéticas de la encarnación adquieran un papel central, pues definen las formas y signos de la presencia.

Por otro lado, Miguel Ángel Mansilla en su artículo ¿La Caja del Diablo?: Los miedos a la televisión en el pentecostalismo chileno en la década de 1980 nos describe las imágenes, que los pentecostales chilenos tenían hacia la televisión como manifestación del miedo a la influencia secularizadora. Este artículo se basa en los relatos expuestos en la Revista Fuego de Pentecostés de 1980 a 1989 y destaca sobre el miedo del pentecostalismo chileno entre los años en la década de 1980. 

Finalmente Luis Orellana en su ponencia titulada “Las publicaciones de revistas y periódicos en el pentecostalismo” comparte una amplia descripción de los principales medios escritos que el pentecostalismo ha producido en su historia y que constituyen las fuentes principales para mirar el pasado y presente del movimiento en Chile.  

La religión en el Chile en el Bicentenario es un valioso aporte para acercar a los lectores a los estudios más recientes sobre religión, en especial sobre el pentecostalismo chileno, a través de los distintos prismas de las ciencias sociales. Los trabajos serios, como los contenidos en este volumen, permiten un análisis adecuado y coherente sobre la religión en Chile que –ojalá, a futuro- genere la discusión académica que corresponda.

 

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