Revista Cultura y Religión, Vol. V, Nº 2 (Diciembre del 2011) 73-95
Humor y Secularización en el Chile decimonónico
La obra de Juan Rafael Allende
Humor and secularization in the nineteenth-century Chile
The work of Juan Rafael Allende
Resumen
Por medio de este trabajo pretendemos adentrarnos en el mundo del humor en el Chile decimonónico. Para tal objetivo, hemos escogido como fuente principal parte de la obra del dramaturgo, poeta, periodista y político Juan Rafael Allende (1848-1909). Creemos necesario analizar la obra de Allende desde una perspectiva más amplia que logre insertarlo en un proceso mayor como el vivido por nuestro país durante el siglo XIX: la secularización. Así, una de nuestras interrogantes principales radica en desentrañar ¿cuál fue la función que cumplió el humor de Allende en el proceso secularizador que puso en jaque las bases del poderío católico en nuestro país? ¿Cómo se inserta su obra en un siglo marcado por la seriedad ilustrada? ¿Qué tipo de imagen se construyó sobre las caras visibles de la Iglesia Católica?
Palabras claves: Humor, secularización, prensa humorística, Juan Rafael Allende.
Abstract
Through of this work we pretend introduce into the humor world in the nineteenth Chile. For this purpose, we have chosen as the main source of the work of the playwright, poet, journalist and politician Juan Rafael Allende (1848-1909). We need to analyze the work of Allende from a broader perspective that manages to enter a larger process as experienced by our country during the nineteenth century: The secularization. Thus, one of our main questions lies in unraveling ¿What was the role played by the humor of Allende in the secularizing process that put in check Catholic power bases in our country? ¿How do you insert their work in a century marked by seriousness illustrated? ¿What type of image is built about the visible faces of the Catholic Church?
Key words: Humor, secularization, humorous press, Juan Rafael Allende.
Para responder las preguntas planteadas en el resumen hemos estructurado nuestro trabajo en tres partes. Primeramente, nos referiremos al siglo XIX como un periodo caracterizado por la seriedad ilustrada reflejada en la oligarquía nacional, tanto en su labor administrativa como en sus modos de vida. Luego, analizaremos el rol del clero católico en el modelo implantado por la misma élite dirigente y cómo compartían mismos valores en relación al deber ser del Estado chileno y de la masa popular. Finalmente, revisaremos parte de la obra de Rafael Allende como una manifestación crítica a la labor del alto clero en la vida social y política nacional y a la élite ilustrada decimonónica.
I- La seriedad del siglo XIX
Luego de la guerra de independencia y dejada atrás la institucionalidad colonial comenzó a desarrollarse en la élite intelectual nacional la idea de formar un Estado de acuerdo a parámetros civilizatorios modernos. Estos parámetros seguían el modelo europeo ilustrado que mantenía como ideal la construcción de una república sustentada en determinados elementos legitimantes: soberanía popular, sustitución de la base cristiano-católica del poder por una derivada de la razón y de los derechos individuales de los nacientes ciudadanos, la utilización de un lenguaje cercano a la eudamonía aristotélica, es decir, la búsqueda de la felicidad por medio de la nueva institucionalidad republicana1. Esta nueva institucionalidad comenzará a tomar forma en la década de 1830 con la implantación de un modelo basado en la espiritualidad ilustrada del siglo anterior, sustentada en valores como el orden, disciplina, seriedad, estabilidad y equilibrio, baluartes del llamado orden portaliano. De acuerdo a lo anterior, el Estado secular moderno formado durante este periodo tendrá como uno de sus principales objetivos la traslación de lealtades, vale decir, el reemplazo del súbdito por el ciudadano y, lo más importante, que estos ciudadanos sean leales al Estado y no a la Iglesia o a otra institución resabios de la colonia.
Sin embargo, lo interesante de recalcar no son los aspectos formales del ideal republicano ilustrado sino sus componentes culturales y sus implicancias prácticas para la naciente República de Chile. La élite chilena hará suya la cultura de la seriedad, adoptando sus valores, proyectos e imaginarios para, de este modo, realizarlos en cada uno de sus acciones, desde aspectos cotidianos hasta lo relacionado con la conducción del Estado. Queremos enfatizar en el carácter cultural de este modus vivendi de la oligarquía, pues, siguiendo la conceptualización aún vigente del arqueólogo Walter Taylor, pensamos que detrás de esta cultura de la seriedad encontramos una construcción mental aprehendida por un individuo que terminará por influir en la manera de comprender y reaccionar frente a estímulos internos y externos provenientes del mundo de las experiencias (Franch, 2008: 60). En consecuencia, este artículo intenta rastrear, por medio de las fuentes disponibles, aquellos elementos subjetivos de la cultura política decimonónica y como éstas se tradujeron en una particular manera de enfrentarse a los distintos problemas del siglo.
Cabe señalar que esta cultura de la seriedad derivará de las grandes corrientes de pensamiento del siglo XIX europeo. Bajo la mirada de Johan Huizinga, la ciencia experimental, la filosofía, el utilitarismo, la forma de pensar liberal, son actividades profundamente serias, que fluyen en sentido inverso al factor lúdico de la sociedad (Huizinga, 1943:244). En tal sentido, los ideales de pensamiento modernos intervendrán en la construcción de un supuesto que servirá de base para todas las estrategias políticas desarrolladas por nuestra élite a lo largo del siglo XIX. Tal supuesto señala que toda administración eficiente del poder y de la autoridad deber ir acompañada de altos niveles de racionalidad política, rectitud y meditación en las acciones que se tomen. Dichos valores, vistos como soporte de la actitud política, confluirán en la edificación de una mirada seria de la realidad.
De acuerdo a lo planteado, la cultura de la seriedad puede ser vista como una construcción mental de la realidad, pero con implicancias fundamentales en el campo de las prácticas sociales. En el ámbito político, la seriedad se levantará como un elemento que legitimará a las clases dirigentes (Beltrán, 2002:60). Esta legitimación no radicará solamente en los rasgos de eficiencia y probidad que la misma seriedad se autoimpone, sino también de las impresiones y precisiones sociales de lo serio, definido principalmente en virtud de la exclusión de lo bajo (Beltrán, 2002:60; Delgado, 2009:2). Esto último adquiere importancia en el ámbito social pues la exclusión de lo bajo, entendida como aquellas conductas o costumbres espontáneas que rompen con la normatividad imperante y que se aleja de todo ascetismo, derivará en la marginación de los sujetos populares y de sus expresiones festivas del proyecto de construcción nacional.
En suma, con cultura de la seriedad apelamos más que a una estrategia política, a un patrón de comportamiento que surge en el plano de la psique y que define la seriedad como un valor indiscutido para llegar al éxito. A su vez, esta construcción mental, ethos distintivo de la élite política decimonónica, sintetizará en un particular tipo de comportamiento, aspectos que iremos descubriendo durante esta investigación.
Dicho todo lo anterior, el republicanismo liberal ilustrado utilizado por la élite nacional se caracterizará por el establecimiento de un orden basado en la seriedad, no muy lejano al espíritu de la monarquía borbónica española, levantando nuevas instituciones como el Congreso Nacional (espacio por excelencia de la demostración del espíritu serio de la élite nacional) y derribando otras como la Real Audiencia, pero manteniendo esa falta de humor que caracterizará a toda la élite conductora del siglo XIX.
Siguiendo la idea anterior, la espiritualidad ilustrada no sólo se establecerá como la base de instituciones y del Estado mismo, sino también personificará en la misma élite conservadora, integrándose culturalmente a sus modos de vida. Uno de los personajes que reflejó muy bien el ideal cultural ilustrado fue Manuel Montt. Luego de su muerte, el 21 de Septiembre de 1880, el diario El Nacional de Buenos Aires se refirió a su persona como “el único hombre de gobierno que haya fundado un Estado en América”, distinguiéndose por “su seriedad i aplicación”. Tres días después, el diario Los Tiempos de Santiago señaló lo siguiente: “Estudiante serio i aventajado, llegaba a inspector, a profesor, a rector del Instituto Nacional, isilia de las aulas para ocupar un puesto en la administración publica, donde no tardaba en hacerse notar como trabajador infatigable, como espíritu claro i metódico, como carácter firme, recto i severo”. En vida, un impreso en 1849 señaló lo siguiente: “sobresale por un carácter grave y franco, por la rectitud de juicio, por la infinita claridad y sencillez de expresión… y hasta por la vida retirada y modesta que en todos tiempos ha llevado…; todo un genio”. Sea cierto o no, la figura de Manuel Montt, como señala Maximiliano Salinas, representa muy bien aquél hombre que encarna los valores de la Ilustración con “su seriedad, imperturbable gravedad y manera de razonar lógica y positiva, sin ninguna desviación sentimental o imaginativa” (Varas, 1959:20-22), valores que el orden aristocrático-burgués supo rescatar para su implantación en el Chile decimonónico.
Esta visión seria de la oligarquía nacional fue determinante a la hora de la construcción de una memoria histórica enraizada en acontecimientos de carácter grave. De esta manera, junto a la gravedad de los procesos se suma la violencia y la seriedad como bastiones en la configuración de la memoria del chileno. El recuerdo que queda es que a lo largo del siglo XIX Chile sostuvo diversos conflictos bélicos, comenzando con la guerra de independencia, en 1836 contra la confederación Perú-Boliviana, la guerra contra España en 1865 y la guerra del Pacífico en 1879. Habría que sumar varias guerras civiles, la de 1829 que desembocaría en la edificación de un estado conservador autoritario, la de 1859 que terminaría por imponer el poder liberal en la presidencia y, quizá la más sangrienta de todas, la revolución de 1891 que dividió a gran parte del país en dos bandos, poniendo fin al régimen presidencial del siglo XIX e inaugurando el sistema parlamentario en nuestro país. La imagen de un Chile conflictivo, pero ganador en cada una de las batallas, de alguna manera representaba la auto-imagen que la élite oligárquica deseaba proyectar como modelo de vida para el Estado Nacional chileno. La Historia sólo recuerda héroes, guerra y violencia, como bien señala Andrés Bello: “La historia del género humano da lecciones bien tristes. La guerra ha ido siempre a la vanguardia de la civilización y le ha preparado el terreno… Todos los gérmenes de la civilización europea se han regado con sangre” (Salinas, 2010:124).
La imagen infausta del siglo XIX queda bien expresada en las palabras de Humberto Maturana quien señala que “El emocionar de esta edad se centra en la desconfianza como el núcleo eje de una configuración dinámica de emociones que se mueven entrelazando el control, la apropiación, la dominación, el sometimiento, la codicia, la arrogancia, el miedo, la enemistad, la guerra, la devaluación de las emociones y de la mujer (…)” (Salinas, 2010: 124). Aquellos valores se conjugan para proporcionar una visión seria del siglo XIX, en donde, al parecer, no habría cabida para el amor, la risa, la confianza o el erotismo. El amor, fundamento constante de la existencia, se convierte en seriedad de la muerte bajo la expresión de Max Weber. (Salinas, 2010: 123). De tal modo, se irá configurando una imagen mental caracterizada por el recuerdo fatalista de la historia del siglo XIX chileno, carente de toda gracia y desprovista de toda vitalidad cómica creadora.
Resumiendo, podemos apreciar que la oligarquía proyectó la seriedad (o falta de humor) en dos ámbitos fundamentales del acontecer nacional. Por un lado, se desplegó toda una imagen guerrera-victoriosa del país a través de diversos discursos de exaltación patriota como también por medio de festividades cívico-religiosas2. Por otro lado, se fue construyendo la idea de estabilidad del sistema político basado en el orden y en la eficiencia y seriedad de la administración. Esto último lo afirma Luis Orrego Luco al señalar que:
“La obra política de los legisladores chilenos de 1833, hoy día vigente, ha sido quizá la más seria y mejor meditada de las constituciones hispanoamericanas… El espíritu de los vencedores de Lircay, tuvo como principal objetivo de su obra el robustecimiento del principio de autoridad, haciendo en estremo difíciles esos movimientos subversivos, tan frecuentes en la América española… Pasada nuestra guerra civil (de 1891), con todo su cortejo de males, implantado nuevamente y de manera definitiva el orden, comenzó a reestablecerse el crédito de Chile, como país serio y trabajador, esraño a las calaveradas y perturbaciones de otros países sudamericanos”. (Salinas, 2001: 31)
Se aprecia que la excepcionalidad del sistema político chileno, para algunos intelectuales del periodo, derivaba de la seriedad de sus funcionarios y autoridades, como también de la eficiencia de sus instituciones que hacía de Chile: La Inglaterra de Sudamérica.
Con todo, podemos agregar que el espíritu serio de la ilustración se desplegó de igual manera en los espacios de socialización como en lo usos culturales de la élite, así también en relación a la sociabilidad del bajo pueblo. En este sentido “las costumbres heredadas de España y del mestizaje, con su cordialidad y bonhomía tradicionales, fueron reemplazadas por una sociabilidad más formal y reservada. Si antes en la mesa todos podían comer de un mismo plato o de una misma fuente, el confort inglés introdujo el servicio de mesa individual; si antes todo se medía en varas castellanas, ahora sólo se empleó en metro” (Feliú Cruz, 1970: 71, 78-79). La “inglesización” de los modos de vida en nuestro país (o al menos su intento) queda bien reflejada en las palabras de la carta que Mariano Casanova envió a Miguel Luis Amunátegui, fechada el 15 de Octubre de 1865
“Nuestro crédito sube a las nubes. La opinión unánime de Europa nos alaba y bendice,… La historia, la geografía de Chile están a la orden del día. La inmigración será luego inmensa, y Chile habrá probado que es la Inglaterra del Pacífico, como lo llama el Times” (Salinas, 2001: 22)
El cambio en la cultura del vestir representa otro fenómeno histórico distinguible en el proceso de imitación de modos de vida europeo por parte de la élite. “La influencia extranjera, inglesa primero y luego francesa, alterará profundamente los usos del vestido, lanzado a los sectores acomodados en la vertiginosa carrera de la moda; señoras y caballeros de nuestra sociedad se pondrán a la par con sus congéneres europeos” (Izquierdo, 1989: 184). La moda, desde esta perspectiva, ha estado determinada desde siglos anteriores por la influencia europea. Si en la colonia fue la moda española la imitada por la élite, durante el siglo XIX fue la influencia francesa la que terminó por preponderar en los usos del vestuario, sobre todo en el vestir femenino3.
En el ámbito de los espacios de socialización, inundaron los cafés y los bailes modestos, reproduciendo las antiguas tertulias coloniales con su música de piano, reservada sólo para la élite dirigente. También se siguieron reproduciendo antiguas costumbres como los paseos dominicales a pie y en carruaje. Bajo esta misma óptica, es posible afirmar que la oligarquía buscó acentuar aún más sus diferencias con los modos de vida y espacios de esparcimiento del bajo pueblo. En las breves indicaciones para un Plan General de mejoras de la capital, leído el 20 de Abril de 1872, el intendente de Santiago Vicuña Mackenna, asumió la tarea de transformar la ciudad en el “París de América”4. El Plan que transplantó la lógica intelectual de Sarmiento (civilización-barbarie) al paisaje de la capital buscó erradicar los vicios de los rotos como la mendicidad, prostitución y el consumo de alcohol hasta hacerlos imperceptibles en una ciudad que buscaba a todas luces el progreso material, imitando el modelo de ciudad europeo bajo los parámetros de orden, belleza y cultura.
En relación a los espacios de esparcimiento y de expresividad popular, el afán moralizante del orden conservador llevó adelante un plan de control de la alegría popular, prohibiendo lugares de reunión de los sujetos populares como las ramadas para las fiestas religiosas populares en 1836 (Bravo Lira, 1994: 267-268). En 1853 un bando de policía del gobierno civil de Santiago prohibió “jugar en las plazas, calles, paseos y demás lugares públicos de la ciudad y en sus suburbios, trompo, rayuela, chueca, volantines…y, todos los otros juegos que usan los muchachos y gente del pueblo” (Valdés, 1870: 57-57). En el año 1876 el Intendente de Valparaíso Francisco Echaurren García Huidobro prohibió la chaya carnavalesca por ser un “pasatiempo impropio de un vecindario ilustrado como el de que se compone el primer puerto de la República” (Barra-Chacón, 1902: 159). De acuerdo a lo anterior, el Estado Chileno intervendrá restringiendo las festividades populares bajo el pretexto de que aquellas encarnaban el espíritu bárbaro y arcaico, vicios contrarios a las de una ciudad que deseaba transmitir una imagen de progreso material y cultural. Esta intervención, por otro lado, tendrá su punto de apoyo en la concepción de una élite superior moralmente. En este mismo sentido, los sectores populares serán borrachos, supersticiosos, flojos, brutales. Es la imagen que nos entrega Orrego Luco: “…Fatalismo indolente, crueldad, rapacidad…, instinto sanguinario, superstición y temor religioso. De ello resulta la unción, el fervor místico, el aspecto contrito y humillado en templos y fiestas religiosas, de esos mismos rotos (sectores populares) que horas después se irán de remolienda y se destriparán con saña implacable” (Barros-Vergara, 2007:47).
II- El clero católico en el orden serio ilustrado
El orden serio implantado por la élite dirigente no podría haber rendido frutos en la población nacional sin una institución fundamental para tal objetivo, la Iglesia Católica. El orden aristocrático-burgués encontró en la religión católica un apoyo trascendental para la expansión de la seriedad del modelo oligárquico y de la cultura ilustrada. Esto porque la Iglesia se había convertido en la institución que más influencia había ejercido en la sociedad hispano-americana. Tanto las órdenes religiosas con sus misiones, las cofradías con su asociación voluntaria para llegar a la vida eterna como la Inquisición con su reglamentación y estructura, lograron construir un fuerte lazo espiritual y un cerrado fanatismo5. La religión católica, en este sentido, se había transformado, desde su incorporación en nuestro país a través del imperio español, en una fuerza espiritual primordial para el desarrollo nacional, imponiéndose en la mentalidad, accionar y costumbres de la población, llegando a conformar la base del carácter e idiosincrasia del chileno. Así, el catolicismo se constituirá como el elemento continuador y unificador de la sociedad chilena, incluso después del proceso independista. Desde esta perspectiva, es esclarecedor lo señalado por Gonzalo Vial, quien asume que “la Weltanschauung colonial deriva fundamentalmente del catolicismo estilo hispánico (…), la sociedad como conjunto sigue adherida a valores coloniales aún en la república” (Vial, 1981:38).
Si bien la ideología liberal decimonónica que inundaba el accionar de la élite chilena se sostenía sobre el principio del individualismo, bajo la creencia de que los nuevos estados americanos sólo podían progresar si se liberaban a los individuos de sus relaciones con antiguas instituciones coloniales, entre las cuales la Iglesia se presentaba como la más importante por su histórica acumulación de influencia social, además de poder económico y político, la élite conservadora chilena comprendió la imposibilidad de romper a la brevedad el lazo construido entre aquella institución y la sociedad. Con respecto a la relación entre la Iglesia y la sociedad chilena, el canónigo José Cortés Madariaga en una carta escrita desde la ciudad de Kingston, Jamaica, en 1817, para el caso local “Chile adolecía de esta fiebre de fanatismo y de la habitud de la servidumbre, sostenidas por las preocupaciones que engendró el sistema bárbaro en que nacimos” (Donoso, 1946: 175). Esta espiritualidad arraigada fuertemente en la población nacional fue utilizada por los triunfadores de Lircay para la conformación de una base sólida que le permitiese instaurar un orden acorde a sus intereses particulares.
Conocido es lo señalado por Portales a Mariano Egaña: Es que usted, don Mariano, cree en Dios, y yo creo en los curas. Esta situación no derivaba de la gran fe que el ministro Portales poseía sino de la consideración de que la cara visible de la religión (sacerdotes) podía convertirse en un sustento esencial para apoyar el ideal de gobierno encarnado en los valores serios de la ilustración. De esta manera, el clero católico, con sus valores ascéticos y racionalismo ético, será el encargado de extender por todo el territorio nacional el ideal de estado (paradójicamente secular en los aspectos institucionales) promovido por la élite conservadora. Ahora bien, si el naciente Estado Chileno se guardaba el derecho de patronato como herencia de la monarquía española, ¿por qué la Iglesia Católica permitió esta utilización por parte del Estado chileno secular? Claramente, el ambiente que se vivía hacia 1830 era sobremanera alentador para la Iglesia Católica. Como bien señala Maximiliano Salinas, desde el proceso revolucionario de la independencia en 1810, el clero vio peligrar su base espiritual por los llamados apóstoles del diablo, denominados así por el teólogo Tadeo Silva en su polémica contra el creador de la Aurora de Chile, Camilo Henríquez. Silva mencionará: “Concluyamos, amada Patria: No os dejéis seducir de los filósofos del tiempo: atended más bien a un filósofo rancio que os habla con la Santa Escritura y con los testimonios de los Santos Padres de la Iglesia: y si algunos vienen a predicaros que vuestros pecados no os traerán pestes, guerras, ni temblores, sabed que son falsos profetas que prometiéndoos felicidades os engañan y extravían de las sendas de la verdad”. (Silva Castro, 1950:61). La revolución de la independencia traerá consigo el peligro de las pasiones desenfrenadas apuntando al desorden político-religioso. Más aún, la revolución será su negación (religiosa) como irreligión, impiedad o descatolización. Por último, la posibilidad del ateísmo. (Salinas, 1976: 190).
A partir de la década de 1830 la Iglesia Católica recuperará en parte la preponderancia que había visto peligrar con la guerra independentista y sus apóstoles del diablo. Las acciones del ministro Portales significaron un aire tranquilizador para la curia católica y en parte coadyuvó a su recuperación. Se creó la arquidiócesis de Santiago además de la creación de tres nuevos obispados. A partir de lo hecho por el reciente estado autoritario, la Iglesia volvió a ser una institución con una potente influencia social tal como lo había sido durante la Monarquía. El problema de la secularización aún no inundaba las mentes de políticos y pensadores, los grandes ámbitos de la vida como la educación, la familia, la legislación, el orden público, estaban de alguna manera imbuidas por el espíritu religioso
Una vez consagrado el orden que la oligarquía conservadora deseaba imponer, cualquier intento de cambio político, económico o social se consideró como una medida contraria a la hegemonía de la élite. Sin embargo, esto no impidió que muchos de ellos mostraran un interés, al menos discursivo, por reformar la estructura socio-política del país, edificar una sociedad chilena moderna y ver una democracia republicana genuina (Gazmuri, 1999:18). Claramente, en los grupos liberales, la intención de reformar el Estado, modernizar la economía o establecer el imperio de la ley para toda la población no representaba una amenaza para la religión. No obstante, en aquellos sectores liberales más doctrinarios y radicales nació la idea de atacar la riqueza de la Iglesia, tanto sus privilegios como su excesiva influencia social, bajo la idea de que sin el debilitamiento, o al menos la atenuación, del poderío eclesiástico no podría haber ningún cambio ni re-estructuración real.
Así, se fue configurando dos maneras diferentes de implantar la seriedad ilustrada. Una, simpatizante de la modernización de las estructuras políticas del país, el llamado sector “pipiolo”. Para este grupo la libertad que acompañaba la ideología republicana-liberal se homologaba a la modernidad y a la cultura material implícita en el desarrollo científico. El otro grupo era partidario de conservar algunos elementos de la antigua sociedad colonial. Este último sector denominado “pelucón” “estaba de acuerdo en hacer de Chile, en lo político, una república, pero bajo el control oligárquico, jerarquizada, autoritaria, conservadora” (Gazmuri, 1999: 19). La libertad, para esta facción de la élite, aparecía asociada a los valores ilustrados del orden y la moralidad, así también, y en línea con la Iglesia Católica, estaba en consonancia con el progreso espiritual católico.
Un objetivo claro que compartían tanto la oligarquía dirigente como el clero católico era frenar el avance de ideales tales como la democracia socialista6. Siguiendo esta idea, en 1844 Francisco Bilbao publicará su Sociabilidad Chilena. En ella denunciaba al catolicismo y la llamaba religión autoritaria que imponía el autoritarismo por medio del confesor por sobre la conciencia individual del ser humano (Bilbao, 1844: 60). Es gracias a este autoritarismo que la relijión no permitiría la igualdad de la libertad y, más aún, traería la esclavitud del ciudadano. Revelador es también su llamado de atención al grupo dirigente:
“Qué son esos hombres de los gobiernos que hemos tenido y que tenemos que se precian de ser sabios en la dirección de la sociedad? Que se precian de poseer el secreto de la felicidad, conservando las tradiciones antiguas, respetando la organización privada que evita el noble desarrollo de los hombres; fomentando las creencias destruidas por la revolución y rijiendo al país por leyes inferiores a las luces, a las circunstancias del pueblo que se manda?” (Bilbao, 1844: 75)
Dichos como estos le valió la crítica de la edición del 1 de Julio de 1844 de la Revista Católica. Condenado por la lei como un escrito blasfemo e inmoral, el futuro arzobispo Rafael Valentín Valdivieso refutó el artículo de Bilbao, señalando: “la relijiosidad propia de los chilenos, y la sensatez que forma el fondo de su carácter no podían menos que hacerles mirar con indignación los groseros errores contra la relijión y las buenas costumbres, de que está plagado aquel orijinal escrito” (Revista Católica, 1844: 249). Finalmente, Francisco Bilbao fue condenado a pagar mil doscientos pesos de multa o en su defecto ciento ochenta días de reclusión en la cárcel pública de Santiago.
La reacción del clero católico en relación al escrito de Bilbao no sólo reflejaba la unión de la Iglesia con la élite conservadora, más bien, representaba el antiguo lazo que el alto clero mantenía con el pasado colonial. La cara visible de la Iglesia Católica era parte de las antiguas familias aristocráticas de Chile, por lo que su antipatía por la evolución democrática del siglo XIX seguía el patrón de una mentalidad tradicional y conservadora. Por otro lado, la Iglesia mantenía su antigua estructura jerárquica y en los prelados aún era dominante el ejercicio enérgico de la autoridad. (Salinas, 2001: 112). Siguiendo esta idea, Alberto Edwards escribirá sobre Valentín Valdivieso: “la sequedad castellana de su alma llegaba hasta la dureza; y él mismo, en una de sus cartas, se confiesa inaccesible a todo sentimiento de ternura terrenal” (Araneda, 1947: 187).
El temor o la defensiva postura que tomó la Iglesia Católica con respecto al escrito de Francisco Bilbao se explicaría por la potencial circulación y esparcimiento de sus ideas a una población catalogada como ignorante. Desde esta perspectiva, otro objetivo compartido por la élite conservadora dirigente y el alto clero católico era la intención de moralizar a las masas populares bajo determinados valores que ambos sectores compartían y apreciaban como bastiones de la civilización y progreso espiritual. Al bajo pueblo, desde esta lógica, se le asignaron una serie de vicios que ponían en peligro el orden implantado por la élite. Uno de estos vicios era la embriaguez relacionada con las fiestas al interior de la chingana. La prensa se refirió a este espacio como centro de la corrupción, capaz de contagiar sus vicios al resto de la población ya que “su desmoralización excede todo limite” (Rico, 2009:129). “¿Quién ha hecho que un pueblo de carácter dulce i moderado haya adquirido tanta destemplanza, tan salvajes instintos?” se preguntaba la Revista Católica, a lo que responde: “¡¡¡La Chingana!!! He ahí la fosa inmunda en la cual se ha sumerjido a nuestro pobre pueblo chileno” (Revista Católica, 1864:524) El medio de comunicación utilizado por el alto clero también se refirió a la ingesta de alcohol como unas de las causas que imposibilita al hombre “cumplir con sus deberes relijisosos, civiles y domésticos”, además de ser el causante de “insultos mutuos, puñaladas i asesinatos, que son tan comunes en nuestro bajo pueblo; los atentados contra la paz i seguridad de los vecinos; desacatos contra el decoro i moralidad de las familias (…)” (Revista Católica, 1864:518, énfasis nuestro). Tanto para la élite dirigente como para el clero católico el bajo pueblo era una masa incivilizada e ignorante, por lo tanto, en sus manos estaba la opción de cambiar su situación de inmoralidad y moldearla de acuerdo a los valores de la seriedad y ascetismo católico, así el pueblo se ilustraría, imitando el modo de vida oligárquica.
III- ¡Y llegó el humor! Consideraciones en torno a la obra de Juan Rafael Allende
Juan Rafael Allende nace en Santiago el 24 de Octubre del año 1848 y muere en la misma ciudad el 20 de Julio de 1909. Sus padres, Pedro Allende y Juana Astorga de Allende, fueron víctimas del saqueo de su hogar en la revolución de 1851 en La Serena. Juan Rafael sólo contaba con tres años de vida. Gran parte de la información que poseemos de la vida de Allende se debe a la pequeña autobiografía que escribió para el que sería su último periódico, Verdades Amargas, publicado entre el 2 de Diciembre y el 5 del mismo mes del año 1903.
Su hogar, durante la infancia, se ubicaba al interior de una quinta en el tradicional barrio de La Chimba, como señala el mismo Allende: “(…) al pie del San Cristóbal, patria de la Calchona7 y de todos los brujos habidos y por haber, y en una casa-quinta de mi abuela, ubicada (la casa, no mi abuela) en el entonces llamado callejón de la Purísima” (Arturo Blanco, 1925-26: 172). Si bien, gran parte de los habitantes de La Chimba eran de origen campesino y el paisaje se llenaba de chacras y pequeñas quintas, coexistía un sector en donde se ubicaban grandes quintas con amplios jardines. En este último lugar “los Chimberos estaban habituados a ver pasar en su birlocho a Don Diego (Portales) acompañado del hermano precitado y su sempiterno amigo Manuel Cavada” (Lavín, 1946:31). Así, el pequeño Juan Rafael vivió entre el hogar humilde de una familia trabajadora y el rostro más elitista de uno de los barrios más antiguos de Santiago. Su pertenencia al mundo popular -sin duda- será determinante a la hora de analizar su posterior obra como periodista.
Juan Rafael estudió en el Colegio San Luis, completando su enseñanza en el Instituto Nacional. Desde pequeño demostró interés y cualidades especiales para la literatura. Incursionó por primera vez en la prensa diaria el año 1869 participando en el diario La Libertad dirigido por José Francisco Godoy, y más tarde colaborando en La República y en Los Tiempos, dirigida esta última por los hermanos Arteaga Alemparte. En 1875, con tan sólo 25 años de edad, junto a Buenaventura Morán fundó el periódico satírico-jocoso, de propaganda anticlerical y democrática, El Padre Cobos. En él atacaba por medio de caricaturas y versos al alto clero católico, como también a la esfera política nacional (aspecto analizado más adelante). En 1884 funda El Padre Padilla, periódico de características similares al del Padre Cobos. En 1887 participó en la fundación del Partido Democrático formando parte de su primer directorio, manifestando su desaprobación a quienes detentaban el poder político.
El año 1890 se presenta como un periodo que marcará la vida de nuestro protagonista, pues durante este año fundará dos periódicos: El Pedro Urdemales y Don Cristóbal, en donde atacará el gobierno de Manuel Balmaceda. Luego, convencido de su error, dará a luz El Recluta, publicación cuyo principal objetivo radicó en defender el gobierno del último presidente del periodo presidencial decimonónico. Dejemos que su biógrafo Arturo Blanco nos señale que pasó con Allende luego de la revolución de 1891:
“Triunfante la Revolución, fué saqueado su hogar, su imprenta y litografía, y reducido a prisión, fue llevado a la Intendencia de Santiago, donde se le ataron las manos por la espalda, se le remachó una barra de grillos, y así, en esta situación, fue expuesto al público, para que fuera befado y escarnecido! Aún más, sin proceso ni sentencia alguna de Tribunal, se le quiso fusilar en la Intendencia misma de Santiago, o en la Plaza de Armas. Mas, se recapacitó a tiempo, se dio orden de suspender la ejecución, a causa de la indignación popular que había producido en Valparaíso el fusilamiento del periodista Lavín, y de la Intendencia se llevó a Allende a la Penitenciaría” (Blanco, 1925-26:178-179).
Cerca de seis mil personas acudieron a la plaza para presenciar el fusilamiento de Juan Rafael, incluso en palabras de la misma víctima “muchos balcones del Gran Hotel de la Plaza de Arma fueron alquilados aquel día, para presenciar mi fusilamiento, a razón de diez pesos cada uno” (Blanco, 1925-26:193). Fue la intervención del Intendente de Valparaíso Eulogio Altamirano quien salvó la vida de Allende. Cabe señalar que dicha intervención no se debió a una real y sincera defensa al periodista, más bien provino de un acontecimiento específico sucedido días antes en Valparaíso:
“El asesinato, que nó fusilamiento, de León Lavín, ha producido muy mal efecto en las colonias extranjeras de Valparaíso, que califican de salvaje a este país, donde son fusilados los periodistas, por hacer uso de un derecho que les acuerda la Constitución. No sería cuerdo, pues, repetir en la capital, el escándalo de Valparaíso. No manchemos con más sangre, el triunfo de la Revolución” (Blanco, 1925-26:192).
La imagen de progreso cultural y material que la élite deseaba proyectar al resto del mundo no se condecía con la decisión de fusilar a un periodista, más aún, pasar a llevar la constitución en relación a la libertad de prensa hubiese sido el punto cúlmine de un acontecimiento que nada tenía que ver con el conflicto entre el Ejecutivo y el Parlamento Nacional. Esto último se desprende de los gritos que la muchedumbre y autoridades gritaron a Allende al verlo pasar engrillado por las calles de Santiago: “¡Sáquenle la lengua a ese impío! Échenlo a una hoguera por hereje! Maten a ese canalla, enemigo de nuestra santa Religión!” (Blanco, 1925-26: 187). De esta manera, el conflicto revolucionario de 1891 sirvió de excusa para perseguir a Juan Rafael y, en general, a todos aquellos que con su pluma atacaban al alto clero católico además de presentar, en cada uno de sus escritos, un aire anarquista en relación a la política nacional.
Luego de este episodio Allende, junto a su familia, decidieron salir del país con miras hacia Perú, Ecuador y Centro América. De vuelta a Chile, publica una serie de periódicos que perseguían similares objetivos que los anteriores. Así publicará El General Pililo, Poncio Pilatos, El Arzobispo, Don Ma-ri-ano, El Sinvergüenza, El Pedromon, El Tinterillero, La Beata, El Sacristán y Verdades Amargas. La propaganda liberal y anti-clerical que realizó Allende en sus publicaciones tendrá efecto en la esfera religiosa católica nacional, ya que en 1886 El Estandarte Católico, principal medio de comunicación del catolicismo, por medio del Arzobispo señalará lo siguiente:
“Entre los malos periódicos ocasionan mayores daos a la moralidad social e individual aquellos que, a las doctrinas corruptoras, añaden el perverso aliciente de caricaturas, pinturas o estampas indecentes,… Irreparables son los estragos que este género de publicaciones causan especialmente al pueblo. Excitada su curiosidad con los informes y ridículas figuras que ostentan, las compran de preferencia y conservan cuidadosamente como cosa digna de estima, no siendo raro el caso de verlas sirviendo de adorno en las paredes de sus miserables tugurios. … Y por cuanto nos consta positivamente el daño que causan a la moralidad privada y pública los periódicos intitulados El Padre Padilla y El Padre Cobos, que se publican en esta ciudad, en cumplimiento de nuestro deber pastoral… es nuestra intención confirmar con toda nuestra autoridad diocesana, bajo pena de pecado mortal, la prohibición de leer, comprar, vender, retener y distribuir esas perniciosas publicaciones” (Salinas, 2001: 61).
La obra de Juan Rafael Allende no se reduce solamente a la edición y publicación de periódicos. A la labor ya señalada se suma el trabajo como autor teatral. Su obra como escritor dramático consta de siete comedias, cinco juguetes cómicos (pieza teatral de un acto) y ocho dramas. Junto a Carlos 2° Lathrop fue uno de los iniciadores del teatro patriótico nacional originado durante la Guerra del Pacífico (Echevarría, 1972: 14). Juan Rafael dio a conocer sus composiciones dramáticas en las sucesivas giras que realizó por el norte y sur del país. Es más, gustaba representar sus propias obras, demostrando gran talento en la actuación teatral. En uno de sus juguetes cómicos, El General Daza, publicado en 1881, Juan Rafael representó al roto chileno, manifestando su sincero compromiso con los sujetos populares de nuestro país, en este caso con el roto que iba a la guerra a luchar por la patria. La obra teatral de nuestro personaje fue el fiel reflejo de las aspiraciones y pensamientos de un espíritu inquieto frente a la realidad social del país. Tanto así, que su obra La República de Jauja, publicada hacia 1888 y estrenada en el teatro del Cerro Santa Lucía en 1889, se consolidó como la primera en iniciar la critica social hasta entonces desconocida en la representación teatral chilena (Pradenas, 2006: 207).
En cuanto a las publicaciones periodísticas, la obra allendista presentaba el mismo problema para el clero católico que la obra de Francisco Bilbao del año 1844, a saber, la transmisión de información perniciosa y anticlerical a las masas. Siguiendo la idea anterior, la obra de Juan Rafael no sólo contenía escritura sino también caricaturas que reforzaban las ideas desarrolladas en los versos y párrafos del diario. De esta manera, la prensa humorística allendista ofrecía un panorama peligroso para el conservadurismo nacional, el cual, durante todo el periodo que trabajó Juan Rafael como periodista, se encontraba unido en ideas al clero católico chileno. Esto último adquiere importancia al recalcar que las primeras manifestaciones de prensa caricaturesca conocidas en chile se remontan hacia comienzos del siglo XIX bajo la forma de un exaltado anti-ohhiginismo y contraría a la figura de San Martín, atribuido a la persona de José Miguel Carrera (Donoso, 1946:15). Dichas caricaturas estaban lejos de dirigirse al entendimiento del bajo pueblo, principalmente porque la oligarquía nacional no apreciaba al pueblo como un actor relevante al cual dirigir sus pensamientos políticos o hacerlos intervenir en los acontecimientos decisivos de la época. Así, la prensa humorística de Juan Rafael Allende, a través de versos y caricaturas, logrará el objetivo de alcanzar a las masas, tal como señala el arzobispo (“no siendo raro el caso de verlas sirviendo de adorno en las paredes de sus miserables tugurios”).
Luego de estas primeras expresiones caricaturescas se publicarán una serie de periódicos de carácter satírico sin recurrir a la caricatura como motor de ideas. Ejemplo de aquellos es El Hambriento, cuyo primer número apareció el 20 de Diciembre de 1827 y que se auto-percibía como “papel público, sin periodo, sin literatura, impolítico, pero provechoso y chusco” (Donoso, 1946: 19). Es hasta 1858 cuando aparece el primer periódico que combinará el humor por medio de las palabras y la caricatura. El Correo Literario redactado por José Antonio Torres y editado por el tipógrafo Jacinto Muñoz se publicaba una vez por semana “con un repertorio de caricaturas de personajes o situaciones del mundo de la cultura y de la política que resultaron una gran novedad” (Cruz de Amenábar, 1991-1992: 115). Es interesante lo señalado en el número del 21 de Agosto de 1859:
“Las caricaturas que publica nuestro periódico y que por primera vez se ensayan en el país, debían también ser objeto de las murmuraciones de los ignorantes y de los que se figuran ver en ellas un poder para atacar sus ambiciones. Pero ya nuestra sociedad no está tan atrasada como lo suponen algunos, y esas murmuraciones han tenido que estrellarse en el buen sentido del pueblo y en el desprecio de las personas ilustradas. El objeto de la caricatura es corregir las costumbres y los defectos, es satirizar, poner en ridículo si se quiere, aquello que se manifiesta ridículo para procurar su corrección.” (Donoso, 1946: 47).
La sátira chilena, junto con la caricatura, es heredera del aire ilustrado que envolvió dichas manifestaciones en el Siècle des Lumières. De esta manera, no se trata de criticar al que cae en el pecado y en los excesos mundanos sino en corregir al que se extravía de la razón, como señaló el Correo Literario. En consecuencia, la sátira sufre un proceso de secularización8 y se convierte en un “eficaz instrumento educacional, correctivo y curativo en pos del establecimiento de un nuevo orden de convivencia que se basa en la razón” (Uzcanga, 2001: 425). Ahora bien, las sátiras publicadas entre la aparición de las primeras manifestaciones de caricaturas, entre 1818 y 1820, y el primer periódico de caricaturas (El Correo Literario) en 1858, y, podemos señalar, hasta el trabajo de Juan Rafael Allende, fueron publicaciones redactadas por personajes que formaban parte de la élite nacional9. Bajo esta óptica, el objetivo que perseguían tales personajes no era socializar una idea política a la población, sino sólo denostar al enemigo como señala tempranamente Claudio Gay; “El periodismo continuó con los mismos arrebatos que todavía llegaron a ser más virulentos bajo la Presidencia del general Pinto, afectando entonces todas las formas imaginables, la prosa, el verso, la ironía, el ridículo, y todo cuanto pudiera herir mortalmente al prestigio de los adversarios y lograr humillarlos” (Donoso, 1946: 23). Si bien Rafael Allende se envolvió de las ideas liberales-democráticas y de valores de la cultura ilustrada y urbana, “buscaba contemplar los problemas de su época con los intereses y la mirada popular”. (Salinas, 2001:71). Bajo esta perspectiva, la obra allendista se mueve entre la cultura académica y la llamada cultura popular. Utiliza un medio característico de la esfera intelectual como es la prensa escrita y, por otro lado, está dirigida a criticar el mundo oligárquico y eclesiástico, desarrollando un lenguaje cercano al mundo popular urbano, utilizando la caricatura para quienes no sabían leer.
IV- Curas y frailes bajo la mirada humorística de Allende
Si bien la relación conflictiva entre la Iglesia y el Estado se remonta a épocas pasadas, durante el siglo XIX ésta deja de ser propiedad exclusiva de los salones y pasillos del Congreso Nacional o instituciones religiosas para formar parte del naciente espacio público nacional, “con participación activa y legítima de la recientemente constituida opinión pública” (Stuven, 2000: 22). Según el sociólogo Jurgen Habermas, el surgimiento de la opinión pública se puede fechar durante el siglo XVIII en Europa con el surgimiento de la sociedad civil, y el aparecimiento de una esfera pública concebida como la esfera de los privados que se reúnen en público, usando como medio la razón. Para el caso chileno, en el espacio público, los privados que formaban parte de la oligarquía, elaborarán sus ideas y proyectos políticos para imponerlas en los destinos del país (Stuven, 2000: 66).
Sin duda, la esfera de lo público, sobre todo en lo que respecta el desarrollo de los medios de prensa, irá evolucionando desde un ámbito cerrado a los grupos más aventajados de la sociedad chilena a una progresivamente inclusiva con la incorporación de sectores más amplios. Pensamos que la obra de Juan Rafael Allende coadyuvó a la apertura de la esfera pública comunicacional con su apelación discursiva a los sectores bajos del chile decimonónico, además de ampliar la opinión pública y hacer partícipes del proceso de secularización al bajo pueblo, a través de un recurso tan cercano al mundo popular como lo es el humor.
Entre los tópicos que aparecen en la obra de Juan Rafael Allende sobresalen aquellos dirigidos al alto clero católico nacional. Para el desarrollo de esta investigación hemos decidido enfocar el análisis en dos aspectos que forman parte del imaginario allendista sobre la alta cúpula católica, a saber, aquellas representaciones que contengan alusiones a la comida y al poder político. Sin embargo, en tales representaciones también podrán apreciarse otras imágenes construidas con el fin de deslegitimar la existencia del alto clero (poder económico, sexualidad).
IV. I – El poder político
Como hemos señalado en el transcurso de este trabajo el clero católico se convirtió en el primer agente de moralización de la sociedad para una élite que implantó en la década de 1830 un modelo político enraizado en los valores de la ilustración. Si bien el Estado se atribuyó el derecho al patronato como herencia de la antigua monarquía española, la Iglesia Católica mantuvo un rol preponderante en la sociedad nacional durante gran parte del siglo XIX.
Frente al peligro de los sectores más radicales del liberalismo nacional, la Iglesia Católica buscó aliados en la esfera política conservadora. Como bien señala John Lynch, “en toda América Latina, el pensamiento político católico se hizo más conservador a mediados del siglo XIX. Los eclesiásticos se alinearon con los conservadores civiles creyendo que la religión necesitaba una defensa política” (Bethell, 1990:68). Por otro lado, la ideología de los grupos conservadores se distinguió por seguir el espíritu católico, aferrándose al supuesto de que los vicios de los seres humanos, entre ellos los provenientes de la corporalidad (en relación a la comida, alcohol, carnalidad), creaba la necesidad de instaurar un gobierno fuerte y autoritario apoyado en la Iglesia y en las sanciones morales-espirituales del catolicismo. De esta manera, el conservadurismo latinoamericano y, para nuestro caso, el temprano peluconismo, pensaba que sin la ayuda de la religión la población seguiría una vida llena de vicios y pecados lo que podría traducirse en situaciones de disturbios y anarquía. Por tales motivos, desde los grupos conservadores se esgrimió una defensa del catolicismo motivada no por la verdad espiritual ni mucho menos por su misión salvadora, sino basada en su utilidad social.
Por otro lado, la Iglesia Católica pudo mantenerse fuerte e influyente gracias, entre otras cosas, a la defensa que encontró en los grupos conservadores. De tal modo, el clero entendía que su vitalidad en la sociedad decimonónica chilena obedecía en gran parte a la relación que podía establecer con la política nacional y muchas veces pensó que su misión espiritual dependía de cuanto podía realizar al interior del sistema político e institucional.
De acuerdo a lo anterior, es revelador lo señalado por Justo Arteaga Alemparte en relación a una acusación hecha al arzobispo Valentín Valdivieso a fines de la década de 1860:
“Héle aquí abatiendo a sus enemigos. Héle ahí probando su influencia soberana. Héle ahí después del derecho de abrir o cerrar las puertas de la fortuna… Su breviario tiene entre renglones el libro del Príncipe de Maquiavelo: su cruz de sacerdote se asemeja a la empuñadura de una espada; su mitra parece impaciente por ser corona. Ya que no es un papa-rey, será a lo menos un arzobispo-presidente” (Salinas, 2001:112).
Uno de las principales críticas que grupos liberales y anticlericales realizaban a las caras visibles de la Iglesia Católica era la confusión del poder espiritual con el poder temporal bajo formas políticas. Será hasta 1856 con la llamada cuestión del sacristán en donde apreciaremos la unión férrea de un sector del conservadurismo chileno con la alta cúpula católica de la Iglesia. Desde aquel episodio, el Partido Conservador (ultramontano) se convertirá en fiel reflejo de las aspiraciones políticas de la Iglesia Católica. Esto último se aprecia en la prensa conservadora. Sirva de ejemplo lo señalado por el diario El Chileno el 30 de Junio de 1884 con motivo de las elecciones presidenciales de 1886:
“La prensa católica de la capital excita ya a los católicos chilenos a aprestarse a la gran lucha de las urnas. (…) Los hombres que aborrecen nuestra relijión i quisieran verla borrada en nuestra patria, sino han conseguido cumplir sus sacrílegos deseos, han conseguido, sin embargo, popularizar un error funestísimo, que a la larga les facilitará la ejecución de sus planes (…) Han conseguido, en efecto, hacer creer a los católicos incautos que la política nada tiene que ver con la relijión; que no deben interesarse para ser buenos católicos por la marcha de la política i ni aún tomar parte en ella; que en fin, se puede ser excelente católico en relijión i trabajar en política por el triunfo de las ideas liberales, contrarias a la doctrina e intereses de la Iglesia.”
Allende criticó la intromisión de los eclesiásticos en temas políticos, como en el caso de las elecciones, además veía en el clero un freno para el avance científico-tecnológico del país:
“Desesperada fuerza de remo hacen los eclesiásticos por estraviar la opinión en vísperas de elecciones. Recurren al ridículo, a la mentira i al engaño en sus diarios, en sus púlpitos i en sus confesonarios. Juegan el todo por el todo para asaltar el poder i conseguir que Chile retroceda en el camino de la libertad i de la civilización. Queremos luz, ciencia, bienestar para todos i que ellos vayan a acompañar a Satanás en sus tinieblas malditas i en sus hediondas cavernas” (El Padre Padilla, 1884)
El alto clero católico mantenía serios anhelos políticos en relación al control de elementos fundamentales de la sociedad y que sólo a través del Estado podía realizarse: educación, ley de imprenta, matrimonio, cementerios, mantener las expresiones del protestantismo bajo control. Es así como Juan Rafael Allende retratará al clero católico y, en general, a la Iglesia como una institución que deseaba controlar al Estado y desde allí proyectar la idea de un Estado Confesional a la sociedad. El número 25 del Padre Cobos representará la caricatura La Iglesia tragándose al Estado (figura 1) señalando lo siguiente:
“Un día el diocesano Valdivieso / con hambre canina despertó, / Más no era su hambre, a fe, de pan i queso, / sino de cosa que hace tiempo olió / (…) / - Tengo hambre / - ¿queréis con una oveja desayunaros? / - No / ¿Queréis un buei? / - Todo eso mui atrás mi hambre deja / poco sería aun toda mi grei. / Deseo a la República tragarme, / con ella solo mi hambre saciaré (…)” (El Padre Cobos, 1875).
La confusión de la política con la religión católica no sólo se apreció en las aspiraciones políticas del alto clero sino también desde el mismo círculo de políticos nacionales. En 1887 se le otorgó al político conservador Carlos Walker Martínez el título de “Defensor de la Iglesia”. La burla no se hizo esperar y en el número 75 del Padre Cobos apareció la caricatura Les animo el perro (figura 2) aludiendo al manejo que el Arzobispo Casanova tenía de Walker Martínez para defender a la Iglesia de la arremetida del liberalismo y la democracia: “(…) No les temo a los demócratas, / ni a los masones les temo, / si en la próxima campaña / me disputan a mí el premio, / pues, si me veo perdido, / con animarles mi perro, / este arrasa con los rojos, / con los blancos i los negros, / i de todos ellos juntos / ni la polvareda dejo!” (El Padre Cobos, 1899).
Las alusiones a figuras de animales será recurrente en la obra de Juan Rafael Allende para referirse tanto a personajes de la política nacional como también al mismo clero. En 1888 se crea la Universidad Católica de Chile con el fin de educar a la juventud católica en una institución diferente a la Universidad de Chile. De esta manera, los valores católicos se mantendrían fuera del peligro del ambiente laico y secularizador de la época. En el número 637 del 13 de Abril de 1889, El Padre Padilla publicó una caricatura titulada Entran en dos i salen en cuatro (figura 3), aludiendo al afán de la élite conservadora por educar a la juventud bajo los valores católicos. La individualidad se pierde en la caricatura de Allende, pues es posible observar que aquellos que entran y salen de la Universidad Católica visten y lucen igual, primero como ovejas de Dios, y luego, como carneros obedientes al alto clero católico. Así “Entre aquellos caballeros / de aptitudes tan complejas, / de Dios las tiernas ovejas / se transforman en carneros. / Allí ofuscan la razón / del niño de modo tal, / que, cambiada su modestia / por la Santa Religión, / al salir de aquel camal, / esclama: ¡Soy una bestia!”. De lo anterior se desprende que Allende no pretendía erradicar la religión de la sociedad sino más bien terminar con la excesiva influencia del alto clero en la vida nacional. Por otro lado, muchos de los problemas sociales que nuestro protagonista vislumbraba en la sociedad eran atribuidos a los sacerdotes y obispos de la Iglesia. Un claro ejemplo de lo señalado es la ilustración publicada el 12 de Septiembre de 1893 en El Poncio Pilatos, nombrada La religión es un freno… para una bestia de carga (Figura 4) en donde, como bien señala Maximiliano Salinas, “(…) el pobre aparece víctima de la voracidad y la violencia del clero. El pueblo es sólo una bestia de carga para un clero privilegiado. Los caminos del pobre conducen a Roma pero de un modo humillante y explotador” (Salinas, 2001:141). Como hemos señalado anteriormente, para Allende, antes que llevar su misión espiritual y salvadora a la sociedad, el clero explotaba al pueblo para usufructuar de su producción y vivir una vida onerosa.
Las aspiraciones políticas del clero se convertirían en un obstáculo que alejaba a los sacerdotes de su verdadera misión. Así lo deja entrever Allende, tomando el rol del Papa León XIII, en una publicación del Poncio Pilatos el 26 de Abril de 1894:
“En el nombre de Dios Todopoderoso, a mis hijos de Chile salud, pesetas i mi bendición apostólica. (…) Por noticias reservadas que he tenido de los poquísimos verdaderos hijos de Cristo que en esa República quedan, se que ustedes han sacado los piés del plato en las últimas elecciones habidas en Chile. Amados hijos, nó porque os creais hijos del Leon del Vaticano, os creais con derecho para armar leonas en todas partes i a mi nombre. (…) I de este olvido para con el pobre prisionero del Vaticano no son culpables, por cierto, los impíos de esa tierra sino vosotros, mis queridos cachorros, que, por meter la mano hasta el codo en la política, no os acordaís ya de vuestro santo ministerio, que consiste en ganar almas para el Cielo i pesetas para el Vaticano. (…) Según revelación de mi tesorero, los mismo cuatros años van corridos sin que entre una chaucha chilena a mi tesoro”
En la referencia anterior encontramos una doble crítica que se refiere a la intromisión de los religiosos en la política, en este caso en las elecciones, y en la misión económica de los prelados nacionales que tenían por objetivo enviar dinero al pontificado. Lo importante de recalcar es que la crítica estaba orientada a frenar al clero en su arremetida en ámbitos que eran propios de la administración del Estado.
Se ha mencionado en este trabajo que el alto clero formaba parte de las antiguas familias coloniales que habían logrado acumular grandes riquezas, permitiéndoles vivir como ricos aristócratas. Siguiendo esta idea, la alta cúpula católica, bajo la mirada crítica de Allende, seguía el mismo patrón de comportamiento. Una de las críticas realizadas al alto clero era su diferencia de estilo de vida en relación a la pobre y humilde vivencia de Cristo. El 13 de Septiembre de 1884, El Padre Padilla publicará la caricatura Humilde entrada a Santiago de un discípulo de Jesucristo (Figura 5). En ella, el obispo de La Serena, José Miguel Orrego, hacía su entrada a la capital santiaguina en una lujosa carroza mientras era visto y homenajeado por una multitud de gente. Junto a la caricatura Allende escribe: “Cierto que Jesucristo / entraba a las ciudades en burro; / sin embargo, los tiempos han cambiado. / no son los tiempos de antes / estos tiempos esclavos del pecado. / Nosotros, de Jesús representantes, / cuando entramos a un pueblo, peregrinos, / entramos en buen coche y con librea (…)”. La caricatura aludida claramente realiza una referencia a la entrada de Jesucristo en Jerusalén, éste montado en un borrico y el Obispo Orrego montado en un carruaje de dos caballos.
IV. II - Entre fiestas y banquetes: la desbordada vida del clero católico
Uno de los temas que sobresalen en la obra de Allende son las alusiones a la comida y la fiesta. Como señala Salinas: “La relación entre comida, música y humorismo se encuentra a cada paso en el mundo de la vida mestiza de Chile. En cualquier ocasión donde ésta se exprese habremos de advertir esta relación fecunda y vitalizadora que proviene tanto de las tradiciones milenarias de los Andes como del antiguo Mediterráneo español” (Salinas, 2006:91). De esta manera, estudiar la obra de Allende necesariamente debe ir acompañado del estudio de la cultura cómica popular. En consecuencia, es posible apreciar en las caricaturas allendistas una expresión viva de la fiesta y humor popular, diferente a las manifestaciones festivas oficiales tendientes a consagrar “la estabilidad, la inmutabilidad y la perennidad de las reglas que regían al mundo: jerarquías, valores, normas y tabúes religiosos, políticos y morales corrientes” (Batjin, 2003:15). Así, en la obra de nuestro periodista encontramos características o imágenes propias de una fiesta popular: burla, sátira, inversiones, alegorías cómicas, abolición de privilegios, reglas, tabúes, etc., un segundo mundo y una segunda vida en el decir de Mijail Batjin, construido como parodia de la vida ordinaria (Batjin, 2003:16).
Juan Rafael Allende toma la imagen de la comida, principal simbolismo de la vida popular, y la utiliza para construir una crítica al alto clero católico chileno. De esta manera, estamos ante una inversión popular: El clero católico come en exceso, bebe de manera desmedida, tal como lo hace el roto, el pueblo. En tal sentido, la caricatura allendista mundaniza a la cara visible de la Iglesia, atribuyéndole aquellos vicios que hacían del bajo pueblo una masa incivilizada e irracional. La inversión se completa al presentar a aquellos personajes como inconsecuentes, ya que, por un lado, desarrollaban un discurso en donde prohibían y/o controlaban las expresiones corporales (comer, beber, tener relaciones sexuales) y, por el otro, ellos mismos caían en los pecados del cuerpo.
El 9 de Octubre de 1899 el periódico El Fígaro redactado por Eduardo Phillips Huneeus, publicó la caricatura titulada La transformación del Arzobispo Casanova (Figura 6), señalando lo siguiente: “Su Ilustrísimo llegó flaco, pálido y triste i a fuerza de banquetes está ahora a punto de reventar”. Los excesos de la vida popular también se percibían en la vida clerical: “[Nuestro] fraile era de un carácter vivo y atolondrado, y tan hábil para tamborear en el arpa una agitada ‘cueca’ como para bailarla. Sabía a la vez preparar unos ‘gloriaditos’ que despertaban el apetito de la sed hasta a los mismos muertos” (Allende, 1886:4). La misma misa se presentaba como una instancia para beber y comer en exceso olvidando el sentido católico del rito: Tanto a Baco amor profesa / El cura, que su divisa / Es embriagarse en la misa / Como se embriaga en la mesa. / En cuanto amanece Dios, / Saluda el día naciente / Con un trago de aguardiente… / Cuando no lo hace con dos. (Poncio Pilatos, 1894).
Las representaciones sobre la comida utilizadas por Allende para criticar al clero se presentaban bajo dos formas: Primeramente, se utilizaba para caracterizar la desbordada vida clerical, derivada de la riqueza económica que hacía del clero un verdadero grupo aristocrático, al menos en sus formas de vida. Y, por otro lado, se utilizaba para criticar el desinterés de la Iglesia en relación al hambre sufrido por el pueblo. Aunque la comida era parte fundamental de las fiestas populares, Allende llamó la atención sobre la hambruna que las clases populares debían soportar. En relación a las fiestas populares, Allende a través del Padre Padilla señaló:
“Los ricos tienen los teatros, el Cerro, la Quinta, Apoquindo, Viña del Mar, Valparaíso, Panimávida, Cauquenes, Chillán, Europa, el mundo entero, en fin… ¿Les disgusta el espectáculo de los bailes i chinganas en la pampa? Pues, la cosa es mui sencilla. No vayan a presenciarlo. Ya que los ricos ganan de un día a otro millones en el salitre, el cobre, el guano, los bancos i el cambio, dejen también que los pobres con sus ‘ventitas’ ganen una vez al año unos cuantos centavos para saciar su hambre i la de sus hijos desdichados” (El Padre Padilla, 1885).
Siguiendo la idea anterior, el 9 de Abril de 1891 El Recluta publicará la caricatura El Pan (Figura 7) dando a conocer la crisis económica vivida en el país, lo que se tradujo en el aumento del valor de productos como el pan y la carne, principales alimentos comprados por las clases populares. A diferencia de lo anterior, el 4 de Marzo de 1897 El Jeneral Pililo publicó la caricatura ¡Empezó el ayuno! (Figura 8), enfatizando la idea de que al clero nunca le faltaba alimento, más bien, siempre vivía en constante fiesta y banquetes. En esta última caricatura Allende alude también a la vida licenciosa de algunos eclesiásticos, pues se puede observar como curas y monjas compartían el alcohol y la comida de una manera muy cercana, situación que hacía sospechar de la castidad de los involucrados.
El 27 de Octubre de 1896, El general Pililo publicó la caricatura Y para nosotros, ¿Nada? (Figura 9) Con motivo del incendio en Guayaquil el año 1896, el Estado chileno decidió ir en ayuda de los damnificados enviando provisiones en grandes cantidades. Allende, a través de la caricatura, se pregunta si tanto interés de la élite por enviar alimentos a las víctimas, no ocurrirá lo mismo para salvar de la miseria a gran parte de la población nacional: “(..) –Resignate, pueblo, / el freno a tascar / y a tragar saliva, / que lo que es un pan / la Iglesia católica / no te lo dará”.
Humor y Secularización: Consideraciones finales
La vasta obra de Juan Rafael Allende puede ser vista como una manifestación de la cultura cómica popular urbana del siglo XIX. Sin embargo, para su mejor comprensión, es necesario analizarlo dentro del proceso de secularización que el país vivió durante aquel siglo. Así, lo cómico y lo serio coexiste en la obra de nuestro protagonista. Detrás de cada caricatura y detrás de cada motivo carnavalesco encontramos una férrea crítica al sistema político y religioso de la época. La caricatura allendista no sólo tendrá el fin de hacer reír sino transformar aquello intocable en algo más cercano, hacer del poder que oprime, algo cómico y ridículo.
Si consideramos lo señalado por Freud acerca del humor, es decir, la risa como un principio de liberación, “una alegría triunfante (que) representa la victoria del principio del placer” (Laguna, 2003:128), dicha victoria se consideraría como el resultado del sentimiento de frustración, ya que “los sueños se tornan ingeniosos y divertidos porque la senda más directa y cómoda para la expresión de nuestros sentimientos se encuentra obstruida” (Laguna, 2003:128). Siguiendo la idea anterior, la caricatura y la sátira política allendista se construyen en un universo cultural en donde no es posible realizar una manifestación más agresiva de lo que se quiere criticar. Sin embargo, si bien la caricatura no se presenta como agresiva, no por ello es menos enérgica. El peligro que trae este tipo de expresión radica en que algo formal, organizado y controlado, es atacado por algo informal, espontáneo y vital.
¿Por qué el temor hacia la prensa humorística caricaturesca? El peligro radica en la fijación de lo que se critica (vicios, costumbres, comportamientos) en una imagen (caricatura). Los personajes retratados eran todos personajes públicos que participaban en política o en religión. Muchas personas que leían las sátiras sólo podían fijar su atención en los nombres de aquellos personajes satirizados. Con la prensa de caricaturas se podía reconocer fácilmente a las personas burladas, los cuales eran objeto a diario de tales expresiones. De acuerdo a lo anterior, la caricatura allendista se convirtió en una de las preferidas de la población. Es más, en 1884 Allende afirmó que su diario El Padre Padilla era “el periódico de más publicación en Chile” (El Padre Padilla, 1884).
Dos veces excomulgado, la crítica allendista caló hondo en el alto clero católico, pues veía como a diario sus más célebres líderes eran objeto de numerosas burlas y representaciones caricaturescas. El gran peligro que traía la obra de Juan Rafael era su relación cercana con el mundo popular, que era interpretado por los sectores conservadores y clericales como un intento por subvertir y anarquizar a las masas. El 3 de Septiembre de 1891, el diario El Porvenir publicaba los siguiente: “Durante un buen número de años este malvado esplotó la ignorancia del pueblo i contribuyó a su entorpecimiento por medio de la caricatura que hacía circular en los arrabales de la capital… El asesino de la moral no podía quedar sin el castigo que merecen los corruptores de la sociedad”.
Claramente, como hemos apreciado a lo largo de este trabajo, la obra de Allende se caracterizará por su ardua labor crítica al sistema político-religioso del país durante el siglo XIX. Sin embargo, también hemos podido apreciar cómo Allende apelaba en sus discursos al despertar del bajo pueblo, enfocándose en sus problemas y malestares y haciendo culpable de aquellos al alto clero católico como también a la clase política chilena. El recurso por excelencia utilizado por Allende fue el humor, elaborando a través de él un discurso caricaturesco, con alto contenido secularizador, que se insertó en lo más profundo de las clases populares. En este sentido, el humor se transformó en una herramienta cultural de real importancia en la secularización de la sociedad, particularmente de los sujetos populares.
Si bien durante el periodo en el que Juan Rafael Allende desarrolló su trabajo no se presencia una concreta expresión de la opinión pública por parte de los sectores populares, su obra acercó el mundo popular a un medio tan elitista como lo fue la prensa escrita durante el siglo XIX. De tal modo, contribuyó a la posibilidad de que la opinión popular apareciera con mayor fuerza durante las primeras décadas del siglo XX, por ejemplo, a través de la prensa obrera.
Finalmente, Allende logrará despertar a las masas lectoras en sus publicaciones, creando un sentimiento de alivio pues, a través de la caricatura, se creará un mundo inverso, controlado por el humor del pueblo, principal medio de contestación popular. Así: “No hay en el mundo un medio más poderoso que la risa para oponerse a las adversidades de la vida y la suerte. El enemigo más poderoso queda horrorizado ante la máscara satírica y hasta la desgracia retrocede ante mí si me atrevo a ridiculizarla” (Batjin, 2003:20).
Anexos
Notas
1 “(…)lo que está en juego detrás de la opción republicana no es sólo el cambio de un régimen de gobierno, sino algo mucho más profundo. En efecto, el republicanismo implica una nueva cosmovisión política –maneras radicalmente diferentes a las tradicionales de concebir el poder y la sociedad- , a la vez que nuevas bases de legitimación del orden político” (Jocelyn-Holt, 1992: 208).
2 Cfr. Gabriel Cid-Alejandro San Francisco, “Nación y Nacionalismo en Chile. Siglo XIX”. Centro de Estudios Bicentenario, Santiago, 2009.
3 “Desplegadas por manos diligentes, las piezas de lana, linón, lino, crespón, muselina y raso en tonos blancos, cremas y celestes, llegadas del Viejo Mundo, lucieron su clara y etérea sutileza ante los ojos admirados de las mujeres criollas, mientras los comerciantes exhibían, para tentarlas, otros géneros de calidad exótica, como la <tela de araña>, el <coco> y el <quimón> (…) Los hombres lucieron, en cambio, las texturas lisas y elásticas del <mahón> y el <nankín>, del brin y el casimir inglés en colores blanco, tabaco, verde y azul marino. Las líneas de un corte simple y ajustado eran el más claro signo de estilo y elegancia” (Cruz, 2005: 345).
4 Dentro de este proyecto se buscaba la construcción de un camino de cintura con la intención de diferenciar la ciudad decente, es decir, los hogares de la élite, del arduar africano representado por los ranchos y pequeñas chozas de los pobres de la ciudad. (Collier y Sater, 1999:98)
5 “Los cataclismos naturales, desbordamientos de los ríos, lluvias torrenciales, temblores y terremotos, daban origen a las más clamorosas y exaltadas manifestaciones del sentimiento religioso, y a procesiones en que se hacía derroche de grandes clamores, muchas lágrimas y universales gemidos. El pueblo bajo no sólo creía a pie de juntillas en los milagros que se atribuían a todos los santos del calendario, son que veneraba con ingenuidad y creía con fervor en el poder milagroso que se atribuía a las imágenes…” (Donoso, 1946: 174).
6 En 1851, tras la guerra civil, Joaquín Larraín Gandarillas, vicario capitular de Santiago luego de la muerte de Valentín Valdivieso, señaló al respecto: “Yo espero que nuestros conservadores sacarán en la crítica época por que vamos pasando las ventajas que su posición les ofrece y que se ocuparán de preparar el país para las difíciles pruebas que, talvez, le aguarden. Pero no estará de más el que privada y públicamente se les repita que el socialismo y comunismo que minan las dos bases del orden social, esto es la autoridad y la propiedad, sólo pueden ser vencidos por la religión…” (Salinas, 2001:113).
7 La Colchona era un animal tipo oveja que rondaba las habitaciones de los campesinos, los cuales durante la noche dejaban en un tiesto restos de comida para calmarla. Según la mitología mapuche, la colchona era un tipo de bruja, especie de alma en pena, que logra subirse a la grupa de los desprendidos jinetes. Conocida también como La Viuda, su nombre procede etimológicamente de la palabra Calcha que significa “pelo o bello del pubis”, según el mapudungun.
8 “(…) la mayor parte de las sátiras escritas en el contexto de la Aufklärung, del Enlightenment o del Siècle des Lumières renuncia a la crítica de lo mundano ejercida desde un fundamento religioso, actitud predominante en la Edad Media y en el anterior siglo barroco, y se vuelve <<pragmática>>” (Uzcanga, 2001: 425).
9 En la década de 1840 nació El Liberal en cuyas páginas escribía Ventura Blanco Encalada: “Escritor ilustrado y novedoso, se dio a conocer de los expertos del arte del bien decir, con la entrega de varias obras literarias, que merecieron la mejor acogida en el mundo intelectual. Fundador de la Universidad de Santiago, fue el segundo decano de la Facultad de Humanidades (…)” (Blanco Manami, 2005:40). En la década de 1820 nace El Espectador Chileno redactado por el Diputado de Curicó (1831-1834) y Diputado suplente por Los ángeles (1824) Nicolás Pradel, quien Vicuña Mackena lo llamó joven intelijente, pero inquieto. (Vicuña Mackenna, 1863: 89). En 1839 se publica El Diablo Político redactado por el abogado y Diputado suplente del Elqui (1846-1849), Juan Nicolás Álvarez. En 1840 el Coronel Pedro Godoy dará luz al periódico Guerra a la tiranía, colaboró en El Siglo en 1844 y en 1845 en El Diario de Santiago. Lo que queda claro es la temprana oligarquización de los medios de prensa, principal motor de ideas en el Chile decimonónico.
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